P. Mario Arroyo

Cita en la Habana…juegos de Obispos

Cita en la Habana…juegos de Obispos

Podría haber pasado casi desapercibido, pues en realidad fue solo una escala, el histórico encuentro entre Francisco y Kirill, entre el obispo de Roma y el del Moscú, entre el Papa y el Patriarca de todas las Rusias. Eclipsado por la apoteósica visita a México, el breve encuentro tenido en La Habana, patrocinado por Raúl Castro, que cristalizó en un sencillo texto de treinta puntos podría parecer casi una anécdota. Sin embargo, por lo menos en este caso, las apariencias engañan, pues la ventaja de los textos es que quedan y tanto el encuentro como el documento pueden calificarse de históricos.

El contexto es importante para comprender la relevancia del suceso. Nunca en la historia se habían encontrado un Papa y un Patriarca Ortodoxo Ruso. Ha habido frecuentes encuentros entre el Papa y el Patriarca Ecuménico, el cual tiene una preeminencia de honor en la comunión ortodoxa, pero cuya feligresía, el resto de la antigua Constantinopla, es más bien exigua, pues vive en Turquía, país islámico. En cambio, el Metropolita ruso es cabeza de la Iglesia que engloba a dos de cada tres ortodoxos en el mundo. San Juan Pablo II siempre quiso tener un encuentro y nunca se abrió esa posibilidad; ahora Francisco lo ha conseguido.

Después de casi mil años de separación se ha dado un primer paso. Efectivamente los dos obispos son conscientes de que Cristo quiere la unidad de los cristianos, la cual se ha perdido “consecuencia de la debilidad y la pecaminosidad humana”. Por ello el propósito de la reunión es claro para ambos: “esperamos que nuestro encuentro contribuya a la obtención de la unidad mandada por Dios, por la que Cristo había rezado”. ¿Cómo conseguir esa meta? No se ve claro todavía, pero el primer paso es, sin duda, decisivo para lo que vendrá después. Por eso Francisco se refirió en rueda de prensa así a este encuentro: “La unidad se hace caminando: que, por lo menos, el Señor cuando venga nos encuentre andando”.

Ambos obispos son conscientes de las diferencias históricas, teológicas y culturales que cargan sobre sus espaldas, pero, con buena lógica, buscan más lo que tienen en común. Y realmente, si uno lee el breve texto de la declaración conjunta, sorprende la gama de temas en los que ambos pastores tienen interés, coincidencia y preocupación.  Por mencionar sólo algunos: la defensa de la identidad de la familia, fundada sobre el matrimonio monógamo entre un hombre y una mujer, abierta a la vida, que tan fuertemente está siendo cuestionada en el occidente desarrollado; la defensa de la vida desde su inicio natural hasta su término, también natural; la preocupación por la manipulación genética que no respeta el carácter sagrado de la vida humana; la necesidad de proteger a los cristianos perseguidos, principalmente en Oriente Medio y el Norte de África. Curiosamente, junto a esta persecución evidente, ambos pastores denuncian, valiente y proféticamente otra más solapada: “nos preocupa la situación que tiene lugar en tantos países, donde los cristianos enfrentan cada vez más la restricción de la libertad religiosa… vemos que la transformación de algunos países en las sociedades secularizadas, ajenas de cualquier memoria de Dios y su verdad, implica una grave amenaza para la libertad religiosa. Estamos preocupados por la limitación de los derechos de los cristianos, por no hablar de la discriminación contra ellos, cuando algunas fuerzas políticas, guiadas por la ideología del secularismo que en numerosos casos se vuelve agresivo, tienden a empujarles a los márgenes de la vida pública”.

En fin, el paso del tiempo, el cambio de circunstancias, la madurez eclesial alcanzada por ambas confesiones invitan a caminar juntos, superando prejuicios del pasado: “No somos competidores, sino hermanos: debemos arrancar de este concepto”. En este sentido invitan al diálogo interreligioso, “las diferencias en comprensión de las verdades religiosas no deben impedir que las personas de diversas religiones vivan en paz y armonía”. También descubren cómo providencialmente se ha abierto un misterioso camino hacia la tan ansiada unidad: “Creemos que los mártires de nuestros tiempos, procedentes de diferentes Iglesias, pero unidos por un sufrimiento común, son la clave para la unidad de los cristianos”

P. Mario Arroyo

Doctor en Filosofía

FOTO: AFP

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