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¿El celibato eclesiástico debe seguir?

¿El celibato eclesiástico debe seguir?

Muchas veces nos vemos expuestos a diversas opiniones, informaciones y a la vez desinformaciones, verdades y especulaciones en varios ámbitos; dentro de ello encontramos un asunto que suele salir como cuestionamiento con cierta frecuencia: el celibato en el sacerdocio (y como consecuencia en la vida consagrada). Lo cual lleva a no pocas personas a preguntarse qué es, por qué existe, si es bueno o no y, finalmente, si debe seguir como práctica en la Iglesia Católica. 

Trataremos de presentar el celibato desde una serie de preguntas que a veces se hacen las personas. Entonces, empecemos.

Las conductas de sacerdotes que tiene problemas con el celibato ¿Manifiesta que el celibato no sirve?

No es así; se trataría siempre de problemas personales y puntuales. Sería un error lógico generalizar, a partir de un caso problemático que el celibato es el problema; es lo que comúnmente se llama falacia de sobre generalización. Que uno del grupo realice algo, no quiere decir por conclusión que todos lo deban realizar; que uno del grupo tenga un problema no significa que todos tengan que tenerlo. La actitud errada de un sacerdote sólo muestra lo que un sacerdote vive y sus opciones personales erradas. Como la actitud errada de un esposo no descalifica el matrimonio, sino a ese individuo.

 Pero ¿Por qué la Iglesia obliga a algo que muchos no quieren?

La Iglesia, como cualquier institución, tiene sus reglas; reglas que además es importante notar (como lo veremos más adelante), son de inspiración divina, pues la Iglesia si bien es humana por sus miembros, es santa por estar fundada y asistida por Dios.

Estas reglas las saben los candidatos al sacerdocio a las cuales, libremente se comprometen sabiendo lo que ello implica. Hay siempre un riguroso examen para ver las intenciones, conocimiento y voluntad de los candidatos con respecto al celibato y a cada una de las reglas en cuanto al sacerdocio. El candidato al sacerdocio sabe bien lo que significa el celibato; sabe que es para siempre. Y así, libre y conscientemente lo asume y acepta. No hay coacción alguna. Por ende, uno que libremente se comprometió al algo, sabe que lo debe vivir fielmente siempre. Y sabe, cuando no lo cumple, que está en falta frente a lo que se comprometió.

Es falso además afirmar gratuitamente que son muchos los candidatos al sacerdocio o sacerdotes que no quieren vivir el celibato. La experiencia e historia nos dice más bien lo contrario, y afirmaciones como éstas, muchas veces son gratuitas y sin sustento.

Finamente, hay que recordar que esta norma se aplica a todo en la vida: al sacerdocio, al matrimonio, a los negocios, contratos y cualquier empresa humana. Es algo bastante sencillo de entender: fundarnos en la palabra dada como garantía de seguridad en el tiempo. Su incumplimiento, en cualquier ámbito, implica una infidelidad y por ende unas consecuencias y en algunas ocasiones unas penas. Si un candidato al sacerdocio no quisiera el celibato, primero él mismo no se comprometería libremente y a la vez, no sería aceptado al sacerdocio. Por ello el que incumple esta norma o se equivocó y fue infiel, lo sabe bien.

 Ahora bien ¿Acaso la Iglesia no inventó el celibato para tener más poder?

La respuesta es no. La Iglesia, objetivamente no gana nada con el celibato (este ganar en términos de poder, dinero, prestigio o alguna otra cosa humana). Gana a hombres que sabe se dedicarán de lleno a servir al Señor en las cosas que les mande. Es claro que el celibato, como lo vemos en la actualidad, es más un problema y una tensión para la Iglesia frente a mucha gente que no entiende y que critica; le sería más fácil a la Iglesia -si procedemos desde un querer agradar al mundo- dejarlo de lado. Pero la Iglesia, en contra de los problemas e incomprensiones que encuentra, sigue con ello no por estrategia humana, sino por inspiración divina.

Alguna vez se ha dicho que la Iglesia hace esto para controlar los bienes económicos y que no sean heredados por la  supuesta familia del sacerdote. Esto es bastante fácil de contestar. Los sacerdotes, por ejemplo, en sus parroquias no tienen bienes propios como la parroquia, la Iglesia, los artículos artísticos y demás cosas. Todo eso pertenece normalmente a un ente legal que tiene cada Obispado. Y así se da en mucho otros casos, como por ejemplo en las congregaciones religiosas. Los sacerdotes utilizan esos bienes de modo temporal, pero nunca se quedan con ellos, porque no son de ellos. Por ende, si estuvieran casados, su familia no heredaría nada de esto. Entonces la Iglesia, siguiendo esta lógica, no perdería nada y le daría lo mismo que el sacerdote esté o no casado. Este argumento es bastante superficial e inconsistente. Sino ¿Acaso el supuesto hijo de un sacerdote se quedaría con la Iglesia? ¿La supuesta esposa con sus casullas y la custodia de la Iglesia?  Creo que el asunto se responde por sí mismo.

  El celibato «es una norma que inventó la Iglesia tardíamente; eso nunca lo pidió Jesús»

Como muchas otras cosas que escuchamos, éste es un argumento falso fruto de la ignorancia (y esperemos, no de la mala intención de engañar con falsedades a la gente). Tratemos de no extendernos, pues si alguien quiere investigar y estudiar a fondo el asunto, hay muchos trabajos serios, históricos, bien fundamentados y sólidos sobre esto que el lector podría ver y quedar bastante satisfecho. Así que digamos lo esencial.

En un artículo que realicé sobre el tema para al Revista Teológica Limense el año 2004, mencionaba que cuando Jesucristo habló de la indisolubilidad matrimonial a sus discípulos, les presentó a la vez una doctrina novedosa y hasta ese momento desconocida: «Pero él les dijo: “No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido. Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda”»[1]. Este consejo que dio el Señor era para una entrega en aras de un amor universal. Un consejo que la Iglesia vio siempre como un don muy estimado e importante para aquel que quisiera consagrarse a las cosas del Señor en el sacerdocio. El Concilio Vaticano II, el último que se ha dado en la Iglesia, buscó ayudar a que la gente de hoy se acercara más a la fe, y dijo al respecto: «Cristo el Señor recomendó la perfecta y perpetua castidad por el reino de los cielos (cf. Mt 19, 12).  No pocos cristianos a lo largo de los siglos, e incluso en nuestro tiempo, la han acogido gustosos y la han practicado de una manera digna de elogio. La Iglesia la ha apreciado siempre muchísimo, de manera especial para la vida sacerdotal… Por estas razones, fundadas en el misterio de Cristo y en su misión, el celibato, que al principio se recomendaba a los sacerdotes, fue impuesto después por ley en la Iglesia latina a todos los que eran promovidos al orden sagrado.  Este sacrosanto Sínodo, aprueba y confirma de nuevo esta legislación en cuanto se refiere a los que se destinan al presbiterado»[2].

Jesús no dio una orden ciertamente, pero sí un consejo que la Iglesia acogió, entendió y poco a poco, desde de la práctica inicial, asumió como norma con el poder que tiene de atar y desatar. No se trató pues de un invento posterior de la Iglesia, y para ver esto con claridad basta recordar que algunos seguidores cercanos del Señor como San Juan[3], San Pablo[4] y otros, vivieron el celibato siguiendo el ejemplo del mismo Señor Jesús que fue célibe. Decir que los Apóstoles fueron todos casados es un error, pues del único que tenemos referencias en el Nuevo Testamento que fue casado, es de San Pedro. De ningún otro.

Pero es también importante ver que la Iglesia no lo normó como algo tardío. Además de lo que explícitamente dijo Jesús, de lo que vivieron sus Apóstoles y muchos cristianos al inicio de la Iglesia, hay que recordar que el celibato sacerdotal se normó bastante temprano en el Concilio de Elvira, que dice así: «Se ha decidido por completo la siguiente prohibición a los obispos, presbíteros y diáconos o a todos los clérigos puestos en ministerio: que se abstengan de sus mujeres y no engendren hijos; y quienquiera lo hiciere, sea apartado del honor de la clerecía»[5]. Esta norma, contrariamente como algunos ignorantemente dicen, no se dio tardíamente, sino entre los años 300 y 306 d.C. En este sentido, hay que mencionar también que la falsedad de la novela pseudo histórica del Código Da Vinci, trata de vulnerar el celibato del Señor Jesús sin ningún fundamento y con una notoria agenda anticatólica.

 Entonces ¿Por qué y para qué existe el celibato?

Jesucristo dio un consejo: vivir el celibato en orden a la disponibilidad total y consagración a la extensión del Reino de Dios. Es decir, buscando que sus Apóstoles y sucesores (y sus colaboradores directos, los futuros sacerdotes) puedan estar más disponibles y listos para la misión de evangelizar el mundo. No es pues un invento de la Iglesia, sino una recomendación del Señor que no todos entienden sino que, como dice Él mismo, entienden algunos: «No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido»[6].

No hay aquí un menoscabo del matrimonio, sino de un llamado particular que el Señor da a ciertas personas. Pues el sacerdote que no se casa puede, como dice San Pablo, preocuparse de las cosas del Señor y de la misión encomendada de manera total; estando casado, su primera responsabilidad sería su familia y esto limitaría que pudiera estar listo a todo tiempo para atender a las personas que lo necesiten. San Pablo lo expresa así: «Yo os quisiera libres de preocupaciones. El no casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor. El casado se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer; está por tanto dividido. La mujer no casada, lo mismo que la doncella, se preocupa de las cosas del Señor, de ser santa en el cuerpo y en el espíritu. Mas la casada se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su marido»[7].

A veces no se entiende, pero este tipo de vida y este sacrificio y renuncia, para el cual Dios da gracias y no todos pueden vivir, es en función del bien de las personas. Uno se hace célibe para poder ayudar más y a más personas. Sin ello el sacerdote probablemente no podría celebrar tantas misas, confesar a tanta gente, conversar con tantas personas, ir de aquí para allá a atender a enfermos, dedicarse a buscar el bien espiritual y material de los pobres. Estando casado, su tiempo sería poco y su accionar evangelizador sería reducido. «El sacerdote, que ofrece en el altar in persona Christi el sacrificio eucarístico, en la castidad celibataria se hace hombre para los demás, ejerciendo sin exclusividad su ministerio en una caridad universal. La obligación, entonces, no surge simplemente de una ley eclesiástica impuesta desde fuera, sino de la asunción libre y consciente del celibato casto después de años de oración, reflexión y preparación. La ley eclesiástica sostiene esta obligación asumida litúrgicamente»[8]. Esto es bastante claro y muchos que viven otras renuncias lo saben bien. Incluso para no católicos, como Mahatma Gandhi, que decía al respecto: «Es el celibato el que conserva joven a la Iglesia Católica».

Pero si tendríamos que buscar el fundamento más hondo, éste lo hayamos en la propia vida del Señor, el cual, Sumo Sacerdote, fue célibe. Es en el ejemplo de la vida del Señor que el sacerdote encuentra su fundamento último.

 «El celibato no es dogma, así que se puede cambiar»

Ciertamente el celibato no es un dogma, es decir, una verdad que se cree por fe y que no puede cambiar. Fue un consejo del Señor que la Iglesia entendió como importante. Y si no fuera importante ¿Por qué lo habría dado el Señor? ¿No será porque lo creyó necesario? De suyo no es esencial al sacerdocio, pero la Iglesia lo ve como fundamental para poder, como veíamos, estar disponibles. Por lo tanto sí, es una ley humana dada por la Iglesia, pero por ello no carente de fundamento bíblico y no carente de importancia y de una rica y fundada historia.

La norma dice así: «Los clérigos están obligados a observar una continencia perfecta y perpetua por el Reino de los cielos y, por tanto, quedan sujetos a guardar el celibato, que es un don peculiar de Dios mediante el cual los ministros sagrados pueden unirse más fácilmente a Cristo con un corazón entero y dedicarse con mayor libertad al servicio de Dios y de los hombres»[9]. Hay que recordar además que si bien en la Iglesia de Oriente los sacerdotes pueden ser casados, sólo los célibes pueden ser ordenados obispos; además debemos tener en cuenta que esta normatividad cambió, pues al inicio, hasta el siglo VII d.C., el clero oriental también vivía la disciplina del celibato.

«Son muchísimos sacerdotes que se casan y piden permiso al Vaticano. Por eso la Iglesia debe modernizarse y adecuarse a estos tiempos»

Los Obispos reunidos en un Sínodo el año 1971 abordaron el tema del celibato y se preguntaron ¿Se debería quitar como disciplina? Se decía que dejar de lado esta norma ayudaría a que hayan más sacerdotes. La respuesta casi unánime de los obispos fue negativa[10]. Y argumentaron lo siguiente: esto no resolvería el problema de las vocaciones; hay una experiencia problemática con estos casos en las iglesias orientales y protestantes; traería problemas sociales como el mantenimiento de la familia por parte del sacerdote que tendría que trabajar para mantener a la familia, dejando de dedicarse a su ministerio; daría lugar a dos categorías de sacerdotes; finalmente decían que el casado es difícil que pueda tener empuje misionero.

Decir que son muchísimos los que piden estas dispensas es una generalización. De la experiencia, uno ve que los casos son más bien aislados y un número muy reducido, muchos de ellos por problemas personales o situaciones delicadas que han vivido, no por una opción ideológica, sino para subsanar una situación irregular en la que ya se encuentran.

Finalmente es bueno preguntarse ¿Qué significa modernizarse? ¿Seguir las reglas de la moda imperante que muchas veces están cargada de anti valores? ¿Dejarse llevar por las opiniones del momento? ¿Acaso dejar el celibato significa un adelanto en el pensamiento humano? ¿No será más bien un capricho de la anti cultura relativista, permisiva y anti religiosa que muchas veces vemos por doquier? ¿No será que el celibato cuestiona a muchos, e incomoda la entrega de los sacerdotes? ¿Acaso los consejos del Señor ya no valen para el hoy?

  «Es hipócrita la Iglesia que habla del celibato y no lo vive»

Nuevamente hablemos de la sobre generalización. Primero, la Iglesia somos, por definición, Cristo Cabeza y el Cuerpo Místico que está formado por todos los fieles, es decir por los bautizados. Es decir, todos los católicos. No es exclusividad de los sacerdotes.

Segundo, la Iglesia es Santa por su origen, y pecadora por sus miembros.

Tercero, el pecado de uno ciertamente escandaliza a muchos (más cuando se trata de un pastor que está delante guiando y que debe dar más ejemplo y testimonio), pero no es señal que todos sean como él. Y es que uno no hace la norma ni por uno o dos se generaliza a todos. Y es que ¿Dónde quedan los miles de sacerdotes que sí son fieles? ¿Cómo meter en un mismo saco a unos pocos que han tenido problemas y han sido infieles en esta disciplina, con la gran mayoría de sacerdotes que si han sido fieles? ¿No es acaso injusto? Como sería injusto decir que todos los esposos del mundo son unos traidores porque unos cuantos han sido infieles a sus esposas.

La Iglesia, es decir las normas eclesiales, a lo largo de la historia han visto conveniente esta disciplina y con la experiencia de bendiciones y buenos ejemplos, así como la mala experiencia de algunos pocos, ha visto con su sabiduría, experiencia, y asistida por Dios, que esta normatividad es buena y necesaria también para hoy.

  ¿Un problema obliga a un cambio de disciplina?

Cuando un esposo es infiel una vez ¿Debe separarse para siempre de la esposa? ¿Hay posibilidad de que cambie? Cuando una esposa es infiel a su esposo ¿Debemos afirmar por ello que la monogamia en el matrimonio no sirve? ¿Hay que afirmar que mejor es tener varias esposas o varios esposos? ¿O que mejor cada uno tenga las relaciones que quiera con quien quiera sin ningún vínculo?

Cuando un joven consume drogas y se vuelve adicto ¿Hay que legalizar la droga porque el tenerla prohibida ha generado una reacción adversa de este chico y lo ha empujado a buscarla?

Cuando un violador persigue a una niña menor, la viola y la mata ¿Hay que aprobar que pueda tener cuando quiera relaciones con menores sin que esté penado? ¿Hay que cambiar las costumbres que nos parecen buena y lógicas?

Que un sacerdote sea infiel a su compromiso de celibato ¿Significa que este compromiso es malo y que debe abolirse porque le hace daño? ¿Que todos los sacerdotes tengan que dejarlo porque uno se equivocó?

 «El celibato hace daño al sacerdote, pues es anti humano»

Responsamos a esto con una cita del Papa Pablo VI: «No es justo repetir todavía, después de lo que la ciencia ha demostrado ya, que el celibato contra la naturaleza, por contrariar a exigencias físicas, psicológicas y afectivas legítimas, cuya realización sería necesaria para completar y madurar la personalidad humana: el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios (Gén 1,26-27), no es solamente carne, ni el instinto sexual lo es en él todo; el hombre es también, y sobretodo inteligencia, voluntad, libertad; gracias a estas facultades es y debe tenerse como superior al universo, ellas le hacen dominador de los propios apetitos físico, psicológicos y afectivos»[11].

 «Si un sacerdote no se casa, no puede hablar de amor»

¿Qué es el amor? ¿Es una exclusividad del matrimonio? ¿Se reduce al ámbito sexual? ¿Una persona que no tiene una vida sexual activa puede vivir el amor? ¿Y las tantas manifestaciones de amor diferente a una vida matrimonial?

El amor es Dios mismo. No es una invención humana, como lo dice el mismo Señor mediante San Juan: «En esto consiste el amor: no en que ustedes hayan amado, sino en que Dios los amó primero»[12]. Por ello la definición del amor la da Dios, no nuestras medidas humanas. Y al darla Dios, hay múltiples manifestaciones del amor. La más sublime y grande la define el mismo Señor con su propia vida: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos»[13].

Por ello decir que uno no puede entender ni vivir el amor porque no está viviendo un tipo de amor matrimonial, es recortar el amor; el matrimonio es una vocación hermosa y un ámbito privilegiado del amor, pero no la única ni la más importante manifestación del amor. Cada vida tiene un propio ámbito importante. Una mujer que no se casa por dedicarse a cuidar a sus padres ancianos y enfermos. Un hombre que no contrae matrimonio porque se ha dedicado a la enseñanza en una escuela rural durante toda su vida. Una anciana viuda desde los 40 años y que dedicó su vida a ayudar a su hija que joven tuvo hijos y cuidó así a sus nietos. Un esposo que al año de casado ve como su mujer queda cuadraplégica y dedica los siguientes 50 años de su vida a atender a su mujer postrado en una cama. Ellos ¿Acaso no viven el amor?

Estos y otros ejemplos nos llevan a preguntarnos ¿El amor es exclusivo del casado? ¿Sólo el casado sabe qué es el amor? ¿Acaso una de estas personas descritas antes no podrá hablarnos con profundidad y autoridad del amor? ¿Acaso alguno de ellos no podrá también definirnos qué es el amor?

El sacerdote entrega su vida en el celibato para vivir el amor y con autoridad y experiencia sabe también qué es el amor, por participar y vivir del amor de Dios. Y con ello tiene experiencia y autoridad para hablar de él. Y si no, habría que preguntarnos ¿El Señor Jesús, que fue célibe, no tenía acaso algo que decir sobre el amor a un matrimonio, aún sin Él haberlo vivido?

 «Si un sacerdote no se casa, no puede hablarle a una  pareja»

Si bien este cuestionamiento va muy relacionado al anterior, queríamos distinguirlo para poder especificar un poco más las respuestas.

Si para tener respuestas a cada cosa uno tiene que vivirlas ¿Entonces no nos sería acaso imposible hablarle a cualquiera? Porque ¿Quién entiende a un maestro? ¿Sólo un maestro? ¿Quién entiende a un policía? ¿Sólo un policía? ¿Quién entiende a un chico drogadicto? ¿Sólo un drogadicto? Hay en la vida verdades generales que son aplicables para todos, y si bien hay ciertas experiencias particulares por aprender, éstas no se conocen solamente por vivirlas sino también por estar cerca de ellas. Para comprender la pobreza no hay que ser pobre, basta ser sensible a ella. Si no, podríamos ponernos escépticos y decir también que un matrimonio no le puede decir nada a otro porque es diferente; siempre hay algo que decir.

Además la vocación del sacerdote no es sólo ir a las parejas; están los jóvenes, los enfermos, los moribundos, los hombres malos, los hombres ricos y pobres, los viudos, los ancianos. En general todos. Y como es evidente, todo eso no puede vivir el sacerdote. Y sería ilógico pedirle eso. Pero al estar en contacto con tantas realidades, como que aprende de ellas y gana experiencia en ellas.

Además las parejas no viven solo cosas que el sacerdote no vive, sino que muchas de sus realidades también las vive el sacerdote, como la vida espiritual, el amar a los demás, el perdonar, el comprender y muchas otras experiencias. Volvamos a algo ya visto: la vida de pareja no se reduce al plano sexual, aunque algunos miembros de la sociedad actualmente a veces lo vean así.

 Pero ¿Qué es el sacerdocio?

¿Es acaso una labor social? ¿Es una carrera? ¿Es una profesión? ¿Es algo que yo elijo a mi gusto? Uno escucha muchas cosas: que si el sacerdote se casa no pasa nada, que el sacerdocio es hacer bien a la gente, que todo somos sacerdotes, que las mujeres deberían serlo, que si este sacerdote deja sus hábitos no pasa nada y sigue siéndolo.

Hemos escuchado de todo, pero no hemos escuchado a Dios, que es el único que tiene autoridad para hablar.

Dice San Marcos en su evangelio, que Jesús «llamó a los que quiso»[14]. El sacerdocio no es una elección humana, sino una vocación, una llamada de Dios a algunos. No a los mejores, no a los privilegiados y a una casta superior, sino a los que Él quiere y por eso implica escucha y respuesta. El Cardenal Ratzinger decía al respecto: «No existe el derecho al sacerdocio. Esta misión no se puede elegir como si de un oficio o una profesión se tratase. Sólo se puede ser elegido por Él. El sacerdocio no figura en la lista de los derechos humanos. Nadie puede reclamar recibirlo. Jesús llama a los que Él quiere». Para ser de Él, seguirlo a Él y trasmitirlo a Él. No es pues una empresa humana.

Recordemos algunas claves de la lógica

En aras de poder razonar bien y andar correctamente en la vida, en el colegio y la universidad nos enseñaron lógica. Es decir, ver los procedimientos correctamente, sin errores de percepción, y así dejar el camino libre para llegar a la verdad. Sin embargo a veces nos es difícil ver las cosas con claridad y lógica.

Primero cuando se sacan conclusiones erradas de una premisa inválida.

Segundo, cuando generalizan, de un hecho, a todos. Es como decir que porque encontré un par de matrimonios que no eran fieles entre ellos concluya que el matrimonio no sirve o que todos son infieles e hipócritas.

En tercer lugar, es importante definir las cosas como son y no darles otro nombre. El problema de un sacerdote que, habiéndose comprometido al celibato libremente, luego lo niega con sus palabras y conductas, es un acto personal de infidelidad. No le cambiemos el nombre; es verdad que es duro, pero eso es: un acto personal de infidelidad a la palabra empeñada.

Preguntémonos ahora si procedemos con estas lógicas erradas ¿Entonces en qué termina todo? ¿En que la infidelidad matrimonial lleve a cancelar el matrimonio? ¿A que una que quedó embarazada de joven y quiere abortar deba abrir el paso a que todos cometan el mismo atroz crimen? ¿A decir que si los jóvenes ahora tienen a veces relaciones pre matrimoniales dejemos que las tengan siempre y abiertamente sin decirles nada?

 ¿El celibato es un problema en sí mismo?

Ya hemos dicho que no afecta en nada a la naturaleza humana. Que no hace daño, recorta nada, ni quita la capacidad de amar. Lo que pasa es que muchos lugares en la actualidad proceden desde una lógica sexualizada, movida por el placer por el placer a costa de todo y vulnerando cualquier norma, barrera y verdad. El mundo muchas veces se ha erotizado, y le incomoda que lo denuncien. Y el celibato es eso: una denuncia seria, fuerte y clara a este tipo de vida desordenada.

Si seguimos los criterios del mundo ¿Qué hace una pareja de esposos que no puede tener relaciones sexuales porque están separados por un viaje largo por trabajo? ¿O porque ella está embarazada?¿O alguno de los dos padece una enfermedad grave y duradera? ¿El matrimonio pierde su esencia? ¿Deben buscar una compensación? ¿Se harán daño y frustrarán al dejar de tener esta relaciones sexuales? ¿Tendríamos que entenderlos como unos animalitos que no tienen razón y libertad?

 La Iglesia la fundó Dios, no es obra humana

Un dato que es esencial es el origen de la Iglesia. Dios. Y es que sin Él no se entiende nada. Sin la fe, las cosas de la Iglesia parecerán absurdas y descabelladas. Es verdad que la fe no es irracional y que todo tiene una explicación, pero la fe va más allá, es meta racional, y necesita de elevarse y dejarse guiar por la gracia. Sino, como decía el Papa Juan Pablo II, no vuela, pues necesita el hombre de estas dos alas para volar. Por ello, quien sin fe y fuera de la Iglesia hable de las cosas de la fe, puede caer en error o no ver las cosas de modo integral y comprenderlas desde la fe.

El sacerdocio, su sentido y misterio, su vínculo con Jesucristo, su ser un don y no una opción o carrera, el celibato y su significado, son cosas que solo entienden quienes tienen fe, quienes se dejan iluminar la mente por el Señor, pues como Él mismo dijo, «no todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido»[15].

Finalmente, es importante entender que lo que está aquí en juego son cosas que necesitan fe para ser entendidas. No estamos ante un club de amigos, ante un estado o una institución humana, sino ante la Iglesia Católica, la única que fundó Jesucristo y que es, y será siempre, asistida por el Espíritu Santo.

P. Teullet / Infovaticana

 

 
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