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¡Fiesta de Santa Rosa de Lima, Patrona de América! (23 agosto)

¡Fiesta de Santa Rosa de Lima, Patrona de América! (23 agosto)

Perú Católico, líder en noticias.– El suboficial de arcabuceros Gaspar Flores, español cacereño, desposó a María de Oliva en 1577. La tercera de nueve hijos, nacida ya en Lima (1586), fue bautizada como Isabel, aunque por el aspecto de su rostro fue siempre llamada Rosa. Fue confirmada por Santo Toribio de Mogrovejo en Quives (1597), a unos 70 kilómetros de Lima, donde su padre administraba una mina de plata. Y ya desde muy chica dio indicios claros de su fu­tura santidad.

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En el Breviario antiguo se decía de ella: «Su austeridad de vida fue singular. Tomado el hábito de la Tercera Orden de Santo Domingo [en 1610], se propuso seguir en su arduo camino a Santa Catalina de Siena. Duramente atormentada durante quince años por la aridez y desolación espiritual, sobrellevó con fortaleza aquellas agonías espirituales. Gozó de frecuentes apariciones de su ángel custodio, de Santa Catalina de Siena y de la Virgen, Madre de Dios, y mereció escu­char de los labios de Cristo estas palabras: “Rosa de mi corazón, sé mi esposa”. Famosa por sus milagros antes y después de su muerte, el papa Clemente X la colocó en el catá­logo de las santas vírgenes».

Aún se conserva su casa en Lima, la habitación en que nació, hoy con­vertida en oratorio, y también la minúscula ermita, construida en la huerta de la casa por ella, ayudada por su hermano Fernando, en la que vivió una vida recogida, como terciaria dominica consagrada al amor de Cristo, y dedicada a la oración y a la penitencia. También se conserva junto a la casa la pequeña dependencia en la que ella recogía y atendía a enfermas reducidas a pobreza extrema. Su solicitud caritativa prestó atención preferente a la evangelización de indios y negros, y no pu­diendo realizarla personalmente, contribuía a ella con sus oraciones y sa­crificios, así como recogiendo limosnas para que pudieran formarse semi­naristas pobres. A veces era ayudada por San Martín de Porres.

Ella se negaba por humildad a aceptar el nombre de Rosa, hasta que la Virgen completó su nombre llamándola «Rosa de Santa María». Pero tam­bién hubiera podido ser su nombre «Rosa del Corazón de Jesús», pues el mismo Cristo la llamó «Rosa de mi corazón». Esta santa virgen dominica, aunque conservó su inocencia bautismal, se afligió con terribles peniten­cias, ayunos y vigilias, cilicios y disciplinas, como si hubiera sido la mayor pecadora del mundo, Y en ella se cumplió la palabra de Cristo, «los lim­pios de corazón verán a Dios» (Mt 5,8). Fue elevada a muy alta oración de contemplación mística.

En efecto, según declaró el padre Villalobos, Rosa «había alcan­zado una presencia de Dios tan habitual, que nunca, estando despierta, lo perdía de vista». Y el médico Castillo, íntimo confidente de la santa, ase­guró que Rosa se inició en la oración mental a los cinco años, y que a par­tir de los doce su oración fue ya siempre una contemplación mística uni­tiva. Tuvo éxtasis que duraban del jueves al sábado. No recibió de Dios Santa Rosa la misión de predicar a los hombres públicamente, pero su corazón ardió en este buen deseo, como se ve en este escrito dirigido a su amigo el doctor Castillo:

«Apenas escuché estas palabras [de Cristo, estando en oración], experimenté un fuerte impulso de ir en medio de las plazas, a gritar muy fuerte a toda persona de cualquier edad, sexo o condición: “Escuchad, pueblos, escuchad todos. Por mandato del Señor, con las mismas palabras de su boca, os exhorto: No podemos alcanzar la gracia, si no sopor­tamos la aflicción; es necesario unir trabajos y fatigas para alcanzar la íntima participa­ción en la naturaleza divina, la gloria de los hijos de Dios y la perfecta felicidad del espí­ritu”.

«El mismo ímpetu me transportaba a predicar la hermosura de la gracia divina. Me sentía oprimir por la ansiedad y tenía que llorar y sollozar. Pensaba que mi alma ya no podría contenerse en la cárcel del cuerpo, y más bien, rotas sus ataduras, libre y sola y con mayor agilidad, recorrer el mundo, diciendo: “¡Ojalá todos los mortales conocieran el gran valor de la divina gracia, su belleza, su nobleza, su infinito precio, lo inmenso de los tesoros que alberga, cuántas riquezas, gozos y deleites! Sin duda alguna, se entregarían con suma diligencia a la búsqueda de las penas y aflicciones. Por doquiera en el mundo, antepondrían a la fortuna las molestias, las enfermedades y los padecimientos, incompa­rable tesoro de la gracia. Tal es la retribución y el fruto final de la paciencia. Nadie se quejaría de sus cruces y sufrimientos, si conociera cuál es la balanza con que los hombres han de ser medidos”».

Esta es la Rosa mística, la que a los treinta y un años de edad, en 1617, después de pedir la bendición de sus padres y de signarse con la señal de la cruz, invocó tres veces el nombre de Jesús, y diciendo «Jesús sea con­migo», entregó su espíritu. Toda la ciudad asistió a sus funerales, en la convicción de que había muerto una santa. Beatificada en 1668, fue canonizada por Clemente X en 1671, que al mismo tiempo la proclamó Patrona de América, Filipinas y las Indias Occidentales. Fue la primera santa de América canonizada.

Lima, Ciudad de Santos

Lima, la Ciudad de los Reyes, un siglo después de su fundación (1535), ya pudo mejor llamarse la Ciudad de los Santos, pues asistió en cuarenta años a la muerte de cinco santos: el arzobispo Mogrevejo (1606), el fran­ciscano Francisco Solano (1610), y los tres santos de la familia domini­cana, Rosa (1617), Martín (1639) y Juan Macías (1645).

Estos santos, y tantos otros, como Mariana de Jesús, nacida en Quito (1618-1645) o la dominica sierva de Dios, Ana de los Angeles Monteagudo (1606-1686), peruana de Arequipa, son quienes, con otros muchos buenos cristianos religiosos o se­glares, escribieron el Evangelio en el corazón de la América hispana meri­dional. P. José María Iraburu.

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