Homilías

III Domingo de Cuaresma: Frente a la misericordia, conversión

III Domingo de Cuaresma: Frente a la misericordia, conversión

Examinando la historia de la Iglesia en los últimos años (posiblemente siempre fue así) nos damos cuenta que cada poco tiempo surge una forma concreta de animar la fe del pueblo de Dios.
Últimamente el Papa Francisco nos anima a descubrir la misericordia del Señor que nos protege y cuida.
Hoy en la liturgia nos vamos a encontrar con esta misericordia. Que nos ayude a comprender más a Dios y amarlo más.

Primera lectura
Moisés lleva sus ovejas más allá del desierto adonde solía ir. Se acerca al Sinaí. Ve una zarza que arde y no se consume. Observa. Se acerca. Dios le habla y él responde:
¡Aquí estoy!
Es la frase más “cristiana”. Es de Abraham, de Isaías, de María, de Jesús.
Esta actitud es una eterna pregunta para nosotros:
¿Dónde estoy?
(Te invito a meditarlo.)
Dice Dios a Moisés:
“He visto la aflicción de mi pueblo”.
Fácilmente se nos ocurre decirle a Dios que llama la atención el que se acuerde de sus promesas cuatrocientos años después…
Amigo, tú y yo no entendemos el tiempo porque no conocemos la eternidad. Dios, que sabe de eternidad, conoce los tiempos para cada uno y para cada pueblo.
Moisés entiende que Dios lo envía como mensajero, no como caudillo, pero le nace una pregunta lógica: “si ellos me preguntan cómo se llama, ¿qué les respondo?”.
Esto es lo mismo que preguntar, en el lenguaje bíblico, de quién se trata y qué autoridad tiene.
El Señor le dice: “Yo soy el que soy”; esto dirás a los israelitas: “Yo soy me envía a vosotros”.
Dios es el que es.
Es por sí mismo.
Nadie lo ha hecho ni debe nada a nadie.
Pero el Dios bueno se pone un “apellido” que lo hará familiar a los hebreos:
“Yahvé, Dios de vuestros padres, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob me envía a vosotros”.
Recordemos que dado el gran respeto que tienen los judíos a esa palabra nunca la pronuncian.
También nosotros, los católicos, por respeto, traducimos la palabra por “Señor”.

Salmo responsorial
El salmo responsorial (102) nos define, una vez más, el distintivo de Dios para abrir nuestro corazón a la confianza en su misericordia y así glorificar y bendecir a Dios por sus beneficios, por su perdón:
“El Señor es compasivo y misericordioso.
Bendice alma mía al Señor y todo mi ser a su santo nombre…
Él perdona todas tus culpas… y te colma de gracia y de ternura.
Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles”.

Segunda lectura
Pablo nos expone todas las maravillas que Dios hizo con su pueblo.
Sin embargo, lo perdieron todo y no pudieron entrar en la tierra prometida porque “…la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto”.
Los motivos fueron:
* Codiciaban el mal.
* Protestaron contra Dios y contra Moisés.
* No agradaron a Dios con su conducta.
Pablo nos advierte que debemos estar alerta para no caer como ellos, y termina con una severa advertencia para que no nos creamos seguros:
“El que se cree seguro, ¡cuidado!, no caiga”.

Evangelio
En el Evangelio Jesús nos invita a la conversión con estas palabras:
“Si nos os convertís, todos pereceréis de la misma manera”.
Nos presenta el ejemplo de la higuera, árbol bíblico como la viña, que ya conocemos:
“Un hombre tenía una higuera plantada en su viña y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró”.
Quería sombra y sabrosos higos. Pasó el tiempo y nada.
Entonces mandó cortarla, para poner otra, pero el viñador le contestó:
“Señor, déjala todavía este año; yo cabaré alrededor y le pondré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas”.
El Señor acepta.
Espera que tú y yo demos fruto pronto.
¿Vamos camino de darlo?

José Ignacio Alemany Grau, obispo

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