Homilías

IV Domingo de Cuaresma: Gustad y ved qué bueno es el Señor

IV Domingo de Cuaresma: Gustad y ved qué bueno es el Señor

En este domingo cuarto de cuaresma te invito a hacer una reflexión repitiendo muchas veces el estribillo del salmo responsorial (33):

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“Gustad y ved qué bueno es el Señor”.

Es cierto que Dios ha hecho multitud de maravillas con cada uno de nosotros.

Nos fijamos solo en los textos bíblicos de este día.

 

  • En la primera lectura, del libro de Josué, encontramos estos detalles:

– A los hebreos les prometió volver a su tierra y sus descendientes emprendieron el retorno después de cuatrocientos años.

– Los sacó de Egipto con una mano fuerte.

– Durante cuarenta años los alimentó con el maná, ese alimento que según la tradición popular a cada uno le sabía según lo que deseaba comer.

– Por fin llegan a Guilgal, en Canaán y celebran por primera vez la Pascua, según el ritual prescrito por Moisés. Aquel día pudieron comer los frutos de la tierra.

Como ya no era necesario el maná, desde ese día dejó de enviárselo el Señor.

 

  • En Pablo encontramos también “qué bueno es el Señor”:

– Dios nos hace criaturas nuevas.

– Nos enseña cómo la misericordia de Dios consiste en darnos a Jesús para reconciliarnos con el Padre a quien hemos ofendido.

– El apostolado de Pablo y de todo ministro sagrado, consiste en facilitar a los hombres la vuelta a Dios por medio de Cristo.

– Hermoso y valiente es el grito de Pablo hoy:

“En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios”.

Un tema muy especial y repetido por el Papa Francisco, sobre todo en este Año Santo de la Misericordia.

 

  • El Evangelio es un derroche de detalles de esta bondad:

Te invito a que hagas una lectura completa de esta bellísima parábola que nos ofrece San Lucas, el compañero del ciclo C, en el capítulo quince de su Evangelio.

Luego fíjate en estas pinceladas que entresaco y después de cada una de ellas, repite en tu corazón “gustad y ved qué bueno es el Señor”:

– El padre reparte su herencia antes de tiempo para complacer al pequeño.

– El hijo se va pero el padre lo espera siempre.

– Lo ve venir de lejos y echa a correr y “se lo come a besos”, según la traducción literal.

– No le deja completar la oración que había preparado para pedir perdón. El padre ya lo perdonó antes de que llegara, porque intuía que su hijo volvería.

– Le devuelve todo: el vestido, el anillo, la casa, las ovejas, la tierra, hasta las mesas y sillas… todo como antes.

– Celebra la fiesta con el signo más fuerte de cada año matando el becerro cebado.

– El mayor, que nunca conoció el corazón de su padre con quien vivió tantos años, no quiso entrar en la fiesta que todos estaban celebrando. El padre tuvo que salir también a buscarlo.

– El padre intenta convencerlo pero el corazón del que parecía el hijo fiel, es demasiado duro.

No tiene ni un rincón para el perdón y la misericordia.

El padre perdona las palabras de desprecio que le dijo el mayor:

“Vuelve ese hijo tuyo… no me has dado un cabrito”.

– Asegura al mayor que “todo lo mío es tuyo”.

Piensa, amigo, que esas son las palabras que Jesús dijo al Padre Dios en la última cena.

Finalmente lo invita (no lo fuerza) a entrar y unirse a la fiesta de la comunidad.

 

  • Amigo, después de esta pequeña lista, ¿no te parece que Dios es bueno de verdad?

“¡Qué bueno es el Señor!”

Con el salmo recemos:

“Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca.

Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre.

Contempladlo y quedaréis radiantes”.

 ¿Ya te has acogido plenamente a Él?

Él es el único bueno. Él te ama de verdad y tiene un lugar precioso en su casa para ti.

 

José Ignacio Alemany Grau, Obispo

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