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Monseñor Josemaría Ortega Trinidad, Obispo de la Prelatura de Juli por doce años

Monseñor Josemaría Ortega Trinidad, Obispo de la Prelatura de Juli por doce años
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Perú Católico, líder en noticias. Una tenaz etapa histórica que concluye. Cuando recibí la noticia del nombramiento de Monseñor Josemaría como Obispo de la Prelatura territorial de Juli, me apresuré a saludarle. No quise hacerlo por teléfono, sino por correo electrónico; así podría expresarle mis congratulaciones con más calma, y además, podría recordar algunos episodios y anécdotas de nuestra convivencia en el Seminario Mayor San José de la Prelatura de Yauyos.

La respuesta no se hizo esperar. Me agradeció mi carta. Pero a reglón ceñido me dio un mensaje que lo tengo grabado en mi mente: “Fernando quisiera contar contigo para que seas el rector del Seminario en Juli”.

A la sazón, yo estuve trabajando en el Seminario Mayor de la Diócesis de Huancavelica. La invitación estaba dada. Ahora era cuestión de hablar con el obispo de Huancavelica y con el de Yauyos; esta última jurisdicción es nuestra prelatura de origen. Gracias a Dios se dio el convenio de ayuda y de mutua cooperación entre las iglesias particulares de Juli y Yauyos.

Seminario Mayor

La prioridad en la Prelatura de Juli era la formación de los futuros sacerdotes. La tremenda escasez de clero hacia más urgente la dedicación plena a la “niña de los ojos” del obispo, cual es, el seminario mayor “Nuestra Señora de Guadalupe”. Desde el principio Mons. Josemaría nos dio en concretas pinceladas lo que debemos tener en cuenta para forjar un futuro sacerdote de Jesucristo: «que sean muy sinceros, que tengan una recia vida espiritual, que estudien mucho y bien, que tomen conciencia de lo que es y debe ser un sacerdote de Jesucristo. El sacerdote debe vivir una entrega total a Dios; debe ser consciente de vivir la castidad plena; que estén muy unidos al obispo y a sus hermanos sacerdotes; que sean obedientes y sean capaces de una gran disponibilidad en el servicio. Una cosa importante que traten bien a los fieles, sin ser tiranos, sino padres y amigos de sus feligreses». Y la conversación fue muy larga, pero vienen a mi memoria estas ideas madres.

La preocupación constante por el Seminario se evidenciaba cuando coordinaba con el rector para poder contratar profesores de varias diócesis para que el área intelectual en la formación integral sea, en lo posible, de un nivel alto.

Ya sabemos que no somos ángeles sino seres humanos con necesidades básicas. Por eso la atención constante de las necesidades materiales del seminario se hacía patente, cuando estaba pendiente de la parte administrativa.

Las visitas frecuentes al seminario era un motivo de alegría para todos nosotros. Su presencia para compartir los alimentos, y sobre todo, en las tertulias, como animaba a todos a seguir adelante, a perseverar en el camino emprendido, pues «el que empezó la obra buena en nosotros, Él mismo lo llevará a término». Pero claro, todos tenemos que poner de nuestra parte en la fidelidad al Señor, ya que como decía San Agustín: «has lo que puedas, pide lo que no puedas, y Dios hará que puedas».

Cada vez que ha ordenado a los actuales 27 clérigos (23 presbíteros y 4 diáconos) para nosotros era una gozada impresionante y un motivo para agradecer al altísimo por el don de la vocación sacerdotal de estos jóvenes. Y me decía: «vocaciones hay, solo hay que buscarlas. La mano de Dios no se ha acortado. Dios es el Señor de la historia. Su plan nunca dejará de cumplirse, a pesar de que los instrumentos no seamos aptos».

Ahora que podemos contar que somos 33 sacerdotes en la Prelatura, es motivo para decir: «Laus Deo». Pero también un acicate para seguir trabajando intensamente en la promoción de vocaciones.

Educación Católica

Monseñor Josemaría era consciente de por la manos de un docente pasaban los futuros profesionales. Todos los docentes, y en especial, lo docentes de educación religiosa, son formadores de la fe, la moral y la conciencia de sus alumnos.

El dicho popular dice: «Nadie da lo que no tiene». Era precisa la formación integral de los docentes: formación en la piedad, en la doctrina por el estudio y en la acción apostólica a través de la evangelización y la catequesis.

Los docentes de religión, han de conocer toda la doctrina cristiana; doctrina que está basada en la fuente constitutiva de la revelación (Sagrada Escritura y Tradición Divina) e interpretada auténticamente por el Magisterio de la Iglesia. A su vez, nuestros profesores han de tener una preparación de primera en el campo pedagógico. Y sobre todo, han de vivir lo que enseñan y predican, siendo ejemplo y signo de unidad en la sociedad, procurando demostrar esto en los ambientes donde viven y realizan su misión. Nuestros docentes deberán involucrarse con la pastoral educativa.

Estas eran las ideas básicas que proponía Monseñor Josemaría para la formación de los docentes de religión a través de la Oficina Diocesana de Educación de la Prelatura de Juli (ODEC JULI).

Y todo ello se ha procurado poner en práctica a través de la formación permanente en los retiros, en la formación de los terceros sábados de cada mes, en las capacitaciones a través de seminarios talleres a los largos de estos años.

Es importante destacar que hay que tener una trato personal con los docentes. No debe ser un trato general y desde lejos. Así lo han entendido ellos. Por eso, el acercamiento para buscar una dirección espiritual, para buscar los sacramentos, en especial de la confesión, fue creciendo, y luego se convirtió en algo natural. Ellos han tomado conciencia de lo que significa vivir en gracia de Dios.

Nuestro obispo apostillaba: «así, teniendo a Dios en el corazón, pueden dar de lo que tienen». Nos ha impulsado a seguir poniendo en orden las plazas de religión en los colegios públicos. Esta tarea se está realizando con éxito, gracias a Dios.

Evangelización y Catequesis

Monseñor Josemaría apenas llegó a la Prelatura de Juli, comenzó a realizar visitas pastorales a las parroquias, y también a los centros poblados y comunidades, las más cercanas de la sede, y igualmente, a las más alejadas. En muchos lugares no había sacerdotes. Llegaba a esos lugares, entraba al templo. Allí él tenía que hacer de secretario, de sacristán, de sacerdote confesor, y luego tenía que bautizar, confirmar, y hasta casar a esos feligreses que por tantos años esperaban a su pastor.

Un día una viejita se le acercó y le dijo: «por favor, mándanos un sacerdote; lo necesitamos, aunque sea para que nos acompañe a bien morir». Estas frases impresionaron su corazón. Por eso, ahora entiendo su especial empeño por la promoción de jóvenes sacerdotes en esta parte del sur del altiplano peruano.

Lo que él mismo practicó, nos animaba a hacerlo: a sentarnos en el confesionario para reconciliar las almas con Dios; y que, a su vez, nosotros mismos seamos asiduos en la búsqueda de este sacramento de la alegría, cual es, la confesión sacramental.

Se prodigó con su predicación a defender la familia y la vida.

Abrió caminos para que algunos movimientos apostólicos, como por ejemplo, el Movimiento de Retiros Juan XXIII, Bodas de Caná, la Legión de María, entre otros; pudieran también aportar con sus carismas propios el bien para los fieles.

Animó siempre que las congregaciones religiosas vivan con intensidad su entrega. Estuvo siempre pendiente de buscar ayudas para el sostenimiento de los miembros de las distintas comunidades presentes en la Prelatura.

Acción Social

Monseñor Josemaría siempre estuvo impulsando la acción social en su circunscripción eclesiástica, a través de Caritas Juli y del Instituto de Educación Rural (IER).

Una significativa labor fue la distribución -dentro del ámbito de la prelatura- de semilla de alfalfa, para promover a su vez que nuestra zona sea una productora de productos lácteos. Esto ayudó muchísimo para ir logrando los objetivos de nuestra gente, especialmente en las zonas rurales.

Con la ayuda de distintas organizaciones nacionales e internacionales Monseñor, impulsó el micro crédito, la ejecución de los muros trombe, de las cocinas mejoradas, de cosecha de agua, mejoramiento de los ganado lechero, de la creación de micro empresas en algunas comunidades sobre producción de leche y yogurts, etc.

Aquí la lista podría ser larga. Para muestra un botón: talleres para la fabricación de paneles solares y la arborización a lo largo y ancho del IER.

Cuidado de los Sacerdotes

Monseñor Josemaría quería que a los sacerdotes no les faltara la congrua sustentación. Y durante varios años procuró, incluso buscando ayudas económicas para que algo puedan amortiguar la escases material en una circunscripción eclesiástica difícil. A veces, pienso que, mientras, otras diócesis tiene «mucha carne» (en un modo decir) a esta Prelatura de Juli solo le toco «el hueso».

Pero eso, no amilanó a Monseñor, buscó los medios para hacer algunas casas parroquiales, construcción, refacción y remodelación de algunos templos.

Monseñor quería que los sacerdotes llegaran a todos los rincones de sus parroquias. Por eso se esforzaba por proveer de vehículos para atender pastoralmente a todos.

Pienso que una de sus obras materiales que hay que resaltar es la construcción de la casa episcopal. Antes el obispo vivía en el segundo piso de la curia. Era necesario una casa de obispo que también tenga habitaciones para recibir a cualquier sacerdote que quiera llegar con confianza a la casa de prelado. Hoy allí, los sacerdotes realizamos los retiros espirituales mensuales, los medios de formación, como la actualización permanente, los encuentros sacerdotales de todos, en especial de los sacerdotes jóvenes. Es un centro de reunión donde además de compartir los alimentos, vivimos unos gratos momentos de vida de familia.

Espíritu de Servicio

Podría hablar muchas cosas más. Pero el espacio es corto. Y quiero recordar las palabras que esgrimía Monseñor Josemaría para «convencerme» a venir a Juli, allá por años 2006: «Hay que servir a la Iglesia, allí donde ella quiere ser servida. Y si es preciso hay que ir a servirla, si ella nos lo pide, aunque sea en la punta de un cerro». Palabras que calaron en mi interior. Por eso aquí estamos, dispuestos a seguir el ejemplo de Monseñor Ortega. Estoy convencido que en él se cumplen estas palabras: «Hay que entregarse totalmente al Señor, dar nuestra vida, gastarnos por él, exprimirnos como un limón, hasta dar la última gota».

Y eso es lo que he palpado en estos años. Llevó su enfermedad con garbo, con altura, sin quejarse. Ahora entiendo lo que decía un santo: «la oración que más escucha el Señor es la del niño y la del enfermo». Mis ojos han visto como supo llegar la cruz de cada día. Él amaba estas tierras, quería seguir aquí, aún aunque eso le costara la vida. Pero el Señor sabe más.

¡Gracias Monseñor Josemaría porque nos ha enseñado con su ejemplo! Viendo su vida entiendo cómo debe ser un sacerdote y un obispo. A su lado he experimentado lo que es un hombre recio que por amor a la Iglesia, supo llevar la pesada carga de su ministerio.

¡Gracias Monseñor Josemaría porque he aprendido de usted lo que es ser «un sacerdote cien por cien, que solo habla de Dios»! Gracias porque he aprendido que debo ser apóstol que predica, no mis opiniones personales, sino la verdad de Cristo que está custodiada en el depósito de la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica. Gracias por enseñarnos que nuestra vida y ministerio sacerdotal tiene sentido de eternidad. Aprendí aquí, junto al lago Titicaca, que el evangelio se ha encarnado en todas las culturas; y que este evangelio no se debe «aguar», sino que debe transformar, corregir, e impulsar todas «las semillas del verbo». Aprendí lo que es la fortaleza para llevar a la grey a los verdes pastos de la verdad de Cristo. Aprendí a no claudicar ante los obstáculos y adversidades que no faltan. Aprendí a rezar a amar y llevar con paciencia la «persecución de los buenos».

Los laicos tienen una función fundamental en la Iglesia. Ellos tienen que insertarse en el mundo como columnas vertebrales, tienen que ser como levadura en medio de la masa. Y así poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas. Ellos tienen que estar metidos en el orden temporal.

¡Gracias por enseñarme que no debo clericalizar a los laicos! Gracias por enseñarme que el sacerdote no debe laicizarse. Cada uno en su sitio. Cumpliendo la función propia en el cuerpo místico de Cristo, en el pueblo de Dios.

Nos ha remarcado que debemos ser siempre sacerdotes, solo sacerdotes, cien por cien. Hay un muro sacramental. Todos los fieles pueden dirigir clases, charlas, pueden aconsejar, animar, y dar un buen ejemplo, pero nadie, mejor dicho, solo el sacerdote, por ejemplo «puede confesar y celebrar y confeccionar la eucaristía». Es un don maravilloso ser alter Chistus e ipse Chistus en el momento más sublime, cual es, en la Santa Misa.

Dice una poeta español: «amigo no hay camino al andar; cada caminante sigue su camino». El camino que ha trazado está muy claro: «trabajemos en la búsqueda de la santidad y en la identificación con Cristo». Solo entonces, el itinerario estará seguro de aquí a la eternidad, como solía evocar Mons. Ignacio María de Orbegozo y Goycoechea: «Per aspera ad astra» (Por los caminos dificultosos hacia las estrellas).

Fernando Samaniego Orellana

Vicario General de la Prelatura de Juli

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