Homilías

XXVI Domingo del tiempo ordinario: “¿el celo o los celos?”

XXVI Domingo del tiempo ordinario: “¿el celo o los celos?”

La palabra “celo” tiene raíz hebrea que recoge la idea de un líquido que entra en ebullición.
Esto nos hace pensar en el rojo del rostro de un hombre apasionado.
El celo puede venir del amor apasionado o de la envidia que surge en el corazón.

En la Biblia se lee que Dios es celoso y exige una adoración única, porque hemos sido creación suya y le debemos todo cuanto somos y tenemos.
En efecto, en Éxodo (20,5) leemos:
“Yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo el pecado de los padres en los hijos hasta la tercera y la cuarta generación de los que me odian. Pero tengo misericordia por mil generaciones de los que me aman y guardan mis preceptos”.
La lectura de hoy, en el libro de los Números, nos presenta cómo Dios “bajó en la nube, habló con Moisés y, apartando algo del espíritu que poseía, se lo pasó a los setenta ancianos”.

El texto indica que este profetizar de los setenta y dos ancianos no volvió a repetirse ya que otras traducciones distintas del texto dominical cambian la palabra “enseguida” de nuestro texto, por esta otra: “pero esto no volvió a repetirse”.
Hemos de tener en cuenta varios aspectos:
Josué aparece por primera vez en la Biblia. Él será el gran caudillo que suceda a Moisés aunque hoy es muy joven e impetuoso.
Pero lo más hermoso del texto es que cuando le dicen a Moisés que Eldad y Medad están profetizando en el campamento y que se lo prohíba porque no están con el grupo de los setenta, Moisés, el de corazón grande, respondió:
“¿Estás celoso de mí? ¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el Espíritu del Señor!”
Vayamos acumulando ideas para nuestra meditación: aquí hay “celos” y no “celo”.
“Dios es celoso”. Y Moisés también. En cambio Josué y el otro muchacho están celosos.
Será bueno que meditemos también cómo entre los seguidores de Cristo muchas veces se destruyen unos a otros y lo que es peor destruyen el plan de Dios con sus celos.

El salmo 18 nos dice que la obra maestra de Dios es la ley.
No olvidemos que este salmo pertenece al Antiguo Testamento, porque en la plenitud de la economía de la salvación es Jesucristo, Verbo encarnado, la obra maestra de Dios.
En el salmo leeremos “los mandamientos del Señor son rectos y alegran el corazón”.
El cumplirlo nos llena de santo celo.
El apóstol Santiago nos dice “ahora, los ricos, llorad y lamentaos por las desgracias que os han tocado.
Vuestras riquezas están corrompidas y vuestros vestidos están apolillados”.
Es bueno meditar todo el mensaje de hoy, pero también debemos recalcar que refiriéndose al juicio final, Santiago critica las injusticias y corrupción de los ricos que condenan y asesinan al inocente que no les ofrece resistencia y, con palabras muy duras que no dejan de hacer alusión a esos animales a los que se ceba para “beneficiarlos”, les dice:
“Os habéis cebado para el día de la matanza”.
(A esto aludía en mi reflexión de la semana anterior.)

Esta perspectiva escatológica (es decir, que se relaciona con el final de la vida) es una invitación para que todos nosotros meditemos cómo nos gustaría estar preparados para el encuentro con el Señor. Que nuestra preocupación no se limite a lo material que es perecedero.
El verso aleluyático dice: “tu Palabra, Señor, es verdad. Conságranos en la verdad”.
Está tomado del capítulo 17 de San Juan al que llamamos “la oración sacerdotal de Jesús”.
Aunque no son literales, la idea es clara. La verdad existe, la verdad es Cristo porque Cristo es Dios.
Le pedimos a Él mismo que nos consagre en esa Verdad para que no caigamos en la trampa de nuestro siglo, que llamamos “el relativismo” y que enseña que no existe más verdad que lo que gusta a cada uno.
Respecto al Evangelio, leemos que los apóstoles dicen a Jesús: “Hemos visto uno que echaba demonios en tu nombre y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros”.
Enseguida te has dado cuenta de que otra vez nos encontramos no con el celo por Dios y su mensaje, sino con los celos que siempre hacen daño. (Recordamos a Josué y al otro joven.)
Jesús con un corazón evidentemente más grande que el de Moisés, les advierte: “No se lo impidáis porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí”.
A continuación leemos otros pensamientos sueltos:
– Recompensa a sus discípulos hasta por un vaso de agua que han dado al necesitado.
– Al escandaloso “le convendría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y que lo arrojasen al mar”. (El escándalo es un pecado muy grave.)
– Con unas imágenes muy claras advierte Jesús que cuando está en peligro nuestro destino eterno hay que tomar las decisiones necesarias aunque nos puedan costar mucho:
“Si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida, que ser echado con los dos pies al infierno”.
Te invito a buscar en tu Biblia en el párrafo del Evangelio que hoy leerá el sacerdote, los versículos 44 y 46 del capítulo 9 de San Marcos. Si los encuentras escríbeme por favor.
Sé celoso movido por el fuego del amor y no con la envidia que brota de un corazón muy pobre.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

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