Homilías

XXXII Domingo del tiempo ordinario: “No se vaciará la olla”

XXXII Domingo del tiempo ordinario: “No se vaciará la olla”

No se vaciará la olla porque tuvo caridad en su estrechez.
Elías va más allá del territorio de Israel y llega a Sarepta, ciudad que pertenece a Sidón, lugar de paganos.
En la puerta de la ciudad encuentra a una viuda recogiendo un poco de leña.
Elías le pide agua. Luego le pide pan y la mujer se sincera con él:
“Te juro por el Señor, tu Dios, que no tengo ni pan; me queda solo un puñado de harina en el cántaro y un poco de aceite en la alcuza.
Voy a hacer un pan para mí y para mi hijo, nos lo comeremos y nos moriremos”.
El profeta le insiste:
“Prepáralo como has dicho, pero primero hazme a mí un panecillo y tráemelo”.
Y le hace la promesa de parte de Dios:
“Así dice el Señor, Dios de Israel: la orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra”.

La mujer se fió. Ayudó antes de ayudarse y, aunque pagana, recibió el milagro.
Jesús habló de esto, según el Evangelio de Lucas (4,25):
“Había muchas viudas en Israel en tiempo de Elías. Pero a ninguna fue el profeta sino a Sarepta”.
El salmo responsorial (145) es un himno de alabanza al Dios Creador, como repetiremos:
“Alaba alma mía al Señor”.
Los versículos que hoy tomaremos nos recuerdan al profeta Isaías (61,1ss) citado por Jesús en la sinagoga de Nazaret (Lc 4,18).
“El Señor da pan a los hambrientos, liberta a los cautivos… el Señor abre los ojos al ciego… sustenta al huérfano y a la viuda…”
Es claro que entre los socorridos por Dios está la viuda de Sarepta que hoy recordamos.
El salmo da doce títulos a Dios. Te invito a que los busques. Es como una letanía de su providencia: el Señor ama, el Señor guarda, el Señor abre los ojos…
La liturgia nos sigue presentado la carta a los Hebreos sobre el sacrificio de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote.
Hoy lo vemos penetrando en el santuario del cielo donde intercede por nosotros para siempre.
Los otros sacerdotes ofrecen muchas veces “sangre ajena” (de animales).
En cambio Jesús ofreció su propia sangre de valor infinito, una sola vez, ya que Él sigue viviendo porque resucitó.
El valor infinito del sacrificio de Cristo aprovecha a la humanidad desde la fundación del mundo hasta el momento de su vuelta, que llamamos la “Parusía”, es decir, la segunda venida de Jesús.

La lectura de hoy incluye también un pensamiento que nos debe servir para nuestra meditación personal:
“Por cuanto el destino de los hombres es morir una sola vez. Y después de la muerte el juicio”.
Una invitación importante en el camino final del año litúrgico.
El Evangelio nos habla también del valor del donativo de una viuda pobre.
Jesús muy observador, como siempre, oía cómo las monedas de los ricos caían sonoramente haciendo resonar la alcancía. En cambio llega una pobre viuda y su monedita, la más pequeña de las que había en el mercado, ni sonó siquiera.
Jesús ve, admira y comenta:
“Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”.
Pensemos cómo el orgullo farisaico quita el valor a sus acciones ante el Dios bueno que ve el corazón, lleno de vanidad e incluso aprovechándose del dinero de los otros, “llegando a devorar los bienes de las viudas, con pretextos de largos rezos”.
Una vez más tenemos una de las grandes lecciones de Jesús (según leeremos en el verso aleluyático) cómo son ante Dios dichosos los pobres de espíritu entre los cuales están las viudas de hoy.

Terminemos pensando cómo ante Dios son muchas veces más importantes la pequeñez y sinceridad de los pobres que los gestos y actitudes de los creídos.
Aprendamos una vez más que la humildad es la llave de la puerta del Reino de Dios.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

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