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Cristo nos sentó en la Morada Celestial (Efesios, 2,6), por el Dr. Johan Leuridan

Cristo nos sentó en la Morada Celestial (Efesios, 2,6), por el Dr. Johan Leuridan

Introducción: El Apóstol San Pablo da testimonio del ejemplo de su propia vida y de la vida de los cristianos. Él felicita a las nuevas comunidades cristianas por su fe en Cristo y el cambio de su vida.

 “Ustedes estaban muertos a causa de sus faltas y sus pecados. Con ellos seguían la corriente de este mundo y al soberano que reina entre el cielo y la tierra, el espíritu que ahora está actuando en los corazones rebeldes. De ellos éramos también nosotros, y nos dejamos llevar por las codicias humanas, obedeciendo los deseos y propósitos de la carne, gente reprobada como los demás. Pero Dios rico en misericordia: ¡con qué amor tan inmenso nos amó! Estábamos muertos por nuestras faltas y nos hizo revivir con Cristo: ¡por pura gracia ustedes han sido salvados! Con Cristo Jesús y en él nos resucitó y nos sentó en la morada celestial”. (Efesios, 2, 1-6).

“Doy gracias a mi Dios cada vez que me recuerdo de ustedes, es decir, en mis oraciones por todos ustedes en cada instante… Y si Dios empezó tan buen trabajo en ustedes, estoy seguro de que lo continuará hasta concluirlo el día de Cristo Jesús. Por eso, hermanos míos, a quienes tanto quiero y echo de menos, que son mi alegría y mi corona, sigan firmes en el Señor, amadísimos… Pido que el amor crezca en ustedes junto con el conocimiento y la lucidez para que puedan distinguir en cada instante.

Estén alegres en el señor, se lo repito, estén alegres y tengan buen trato con todos.

Así llegarán puros e irreprochables al día de Cristo., habiendo hecho madurar, gracias a Cristo Jesús, el fruto de la santidad” (Filipenses, 1-11).

  1. El Encuentro con Cristo cambia a la persona

El mundo actual entiende la vida a partir del utilitarismo y del egoísmo porque no entiende los gestos como actos justos o gratuitos. La mal entendida “igualdad” como nivelación hacia debajo de las personas no permite seguir los valores que irradia las personas que destacan por sus valores. Al contrario, en la cultura actual predomina el culto al dinero, la viveza, la vulgaridad, la corrupción, la mentira, la belleza sin verdad, y el sexo sin amor. Las autoridades se desentienden la importancia de los valores en la vida del hogar. Ya San Pablo señalaba esta realidad en su tiempo: libertinaje, el hombre viejo destruido por sus pasiones, mentiras, enojo sin perdón, robo, palabras malas, disgustos, arrebatos, enojos gritos, ofensas, maldad, fornicación, codicia, disparates y tonterías (Efesios, 4, 22- 5,5). Figuras ideales como Confucio, Buda, Cristo, Gandhi y Homero, fundadores de culturas no son tan reconocidas como antes por la mentalidad materialista de la modernidad.

La gran diferencia con la ética de otros pensamientos está en que el cristianismo arranca siempre con una invitación de Cristo al “cambio” o “conversión” de la persona para poder cumplir con los valores del encuentro. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o por una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una persona que da un nuevo horizonte a la vida, y, con ello, una orientación decisiva. El hombre no puede conocerse verdaderamente a sí mismo sin compararse con el ejemplo de Cristo. “Después que tomaron preso a Juan, Jesús fue a Galilea y empezó a proclamar la Buena Nueva de Dios. El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca. Renuncian a su mal camino y crean en la Buena Nueva (San Marcos, 1, 14). “Muy por el contrario, empecé a predicar, primero a la gente de Damasco, luego en Jerusalén y en el país de los judíos y por último en las naciones paganas. Y les pedía que se arrepintieran y se convirtieron a Dios, mostrando en adelante los frutos de una verdadera conversión (Hechos de los Apóstoles, 26,20). “Dios anuncia la paz z su pueblo y a sus amigos y a los que se convierten de corazón” (Salmo, 84). “O Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame, por dentro con un espíritu firme” (Salmo 50). En su última aparición a los apóstoles Jesús dijo: “Todo estaba escrito: los padecimientos del Mesías y su resurrección de entre los muertos al tercer día. Luego debe proclamarse en su nombre el arrepentimiento y el perdón de los pecados, comenzando por Jerusalén, y yendo después a las naciones, invitándolas a que se convierten (Lucas, 24, 46-47).

El nuevo mandamiento del amor que Cristo anunció en la última cena es una ley interna que el Espíritu infunde en nosotros. La ley del amor es la ley del hombre nacido de nuevo (Juan,3:5). Nuestra vida recibe un sentido nuevo. Toda nuestra vida con sus logros y fracasos tiene sentido. Él está aquí en y entre nosotros.  Su presencia nos transforma. Nos transformamos en personas que aman.  Decidimos quedarnos en su amor.  “Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo he cumplido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor” (San Juan, 15,10).

“La fe cristiana, poniendo el amor en el centro, ha asumido lo que era el núcleo de la fe de Israel, dándole al mismo tiempo una nueva profundidad y amplitud” Benedicto XVI, encíclica, Deus Caritas est, 2006, párrafo 5).

Revístanse, pues, del hombre nuevo, el hombre según Dios que él crea en la verdad, justicia y santidad (Efesios, 4, 24).

2. El encuentro con Cristo se derrama a todos que realizan el bien.

Cristo realizó un encuentro con personas cuya experiencia será transmitida durante la historia por otros encuentros a partir de los primeros apóstoles. Entonces, la idea fundamental de la Iglesia es un encuentro con Cristo y con los otros creyentes.

Una teoría, ideas grandes pueden provocar asentimiento o negación, pero el encuentro con Cristo cuestiona a mí mismo y me obliga a reflexionar sobre mí mismo y sobre mis relaciones con los demás.  Jesús enseña y muestra una vida diferente. Las verdades en la relación interpersonal se logran por compartir la vida del otro. La sintonía se construye con el tiempo por la convivencia. La vida del buen ejemplo de otra persona es un instrumento de conocimiento y cambio. Las leyes coaccionan la libertad, pero los ejemplos transforman el corazón. La perfección del hombre no está en la mera adquisición de conocimientos sino también en una relación de vida de entrega y fidelidad hacia el otro.

El encuentro se realiza en la forma de seguir. Esta persona es el destino del mundo. Por lo tanto, el seguimiento es la actitud más razonable ante el acontecimiento de Cristo. “Como hijos amadísimos de Dios, esfuércese por imitarlo. Sigan el camino del amor, a ejemplo de Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros” (Efesios: 5,1). “El que quiera servirme, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Y al que me sirve, el padre le dará un puesto de honor” (San Juan, 12,26). “Ya saben cómo imitarnos, pues no vivimos sin control ni regla mientras estuvimos entre ustedes” (Tesalonicenses, 3,7). “Sean imitadores míos, hermanos, y fíjense en los que siguen nuestro ejemplo” (Filipenses, 3,17). “Esto es muy cierto, y todos lo pueden creer, que Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales soy yo el primero. Por esa razón fui perdonado, para que en mí se manifestara en primer lugar toda la paciencia de Cristo Jesús, y fuera así un ejemplo para todos los que han de creer en él y llegar a la vida eterna” (Timoteo, 1, 15). 

La acción del Espíritu Santo influye en nosotros y podemos seguir el ejemplo de vida que nos dio Cristo y conocer los valores que dan lazos fuertes entre las personas.  La Iglesia de los fieles será una comunidad del amor y de los derechos. La presencia de Cristo en todos nos da la dignidad. No somos un átomo perdido en el universo.

San Pablo lo expresa de la siguiente manera: “El encuentro con Dios llama a un pensar y actuar diferente. Si me permiten una advertencia en Cristo, una exhortación afectuosa, algo que proceda del Espíritu y que me sugiere la ternura y simpatía, entonces colmen mi alegría poniéndose de acuerdo, estando unidos en el amor, con una misma alma y un mismo proyecto. No hagan nada por rivalidad o vanagloria. Que cada uno tenga la humildad de creer que los otros son mejores que él mismo. No busque nadie sus propios intereses, sino más bien preocúpese cada uno por los demás. Tengan unos con otros los mismos sentimientos que estuvieron en Cristo Jesús. Él compartía la naturaleza divina y no consideraba indebida la igualdad con Dios; sin embargo, se redujo a nada y se hizo semejante a los hombres” (Filipenses,2: 1-5).

En Cristo Jesús Dios es todo generosidad para con nosotros, por lo que quiere manifestar en los siglos venideros la extraordinaria riqueza de su gracia. Ustedes han sido salvados por la fe, y lo han sido por gracia. Esto no vino de ustedes, sino que es un don de Dios; tampoco lo merecieron por sus obras, de manera que nadie tiene que sentirse orgulloso. Lo que somos es obra de Dios: hemos sido creados en Cristo Jesús con miras a las buenas obras que Dios dispuso de antemano para que nos ocupáramos en ellas” (San Pablo, Carta a los Efesios, 2,7-10).

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