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Una economía humana, por P. Johan Leuridan Huys

Una economía humana, por P. Johan Leuridan Huys

En el artículo anterior “El Vacío ético del Liberalismo y del Socialismo” llamamos materialistas a las ideologías del liberalismo y del socialismo porque definen al hombre como un subproducto de la economía. En el presente artículo analizamos la importancia de la ética para la economía. 

  1. Tengo la posibilidad de juzgar mi vida

El hombre tiene la capacidad, la libertad, de superar la naturaleza y la historia. La libertad permite transcender al materialismo. También transciende la ciencia que se limita al entorno material. “¿Para qué sirven nuestras protestas si están inscritas de toda eternidad en la realidad de la misma manera como las cosas a las cuales se oponen? (Luc Ferry). Con más razón la libertad transciende las ideologías y sobre todo la ideología que algunos, por ignorancia, consideran ciencia.

Es importante observar que el verdadero humanismo no se limita a dominar el mundo material. Los fines, los deseos, las necesidades y la felicidad no son exclusivamente materiales. La persona es inteligente y libre. Tengo un espacio interior propio. Puedo reflexionar sobre mi mismo. Soy un ser espiritual y trasciendo lo material. La libertad es del orden espiritual. Tengo también deseos espirituales. Soy libre porque puedo elegir, pero la libertad es más que poder elegir. Por la libertad una persona debe decidir sobre su propia realización. Por la libertad la persona tiene la capacidad de decidir sobre su destino. La persona se auto-determina. La persona es fuente de sus propios actos. En la persona consciente la libertad se vuelve creativa y responsable. Al reflexionar sobre nosotros mismos encontramos los valores en nuestra conciencia. Aristóteles fue el primero en descubrir que el hombre debe escoger entre el bien y el mal. La decisión está dentro del sujeto. De esta manera las normas no son exteriores o impuestos. La consecución de la paz y la justicia depende de una conciencia y actitud previa a las obligaciones y responsabilidades. Para poder realizarse la libertad necesita cumplir con los valores o normas. Por ejemplo, un estudiante necesita imponerse tiempo para estudiar, una relación de pareja necesita respeto y colaboración mutua, una obra no se puede terminar sin horas de dedicación etc.

La interacción entre intelecto y ética permite constituir una familia, trabajar para sí mismo y para los demás, participar en la política y contribuir al bien común. No se puede dejar todo en manos del Estado porque el Estado es de todos y todo es de todos.

2.- La Iglesia y los Principios de la Economía.

Lo que sigue es una breve lectura de las encíclicas sociales de los Papas.

La Iglesia valora la actividad económica. El mercado es el mejor instrumento para el desarrollo económico. La sociedad no debe protegerse del mercado, pensando que su desarrollo contradice las relaciones humanas. El problema es que el mercado puede orientarse en sentido negativo, pero no por su propia naturaleza sino por una ideología que no lo respeta o por egoísmo y corrupción.

Un Estado que no se rigiera según la justicia se reducirá a una gran banda de ladrones, dijo una vez San Agustín. La justicia es un concepto filosófico de la ética.  Por lo tanto, existe una prioridad de la ética sobre la técnica y la superioridad del espíritu sobre la materia. En este punto política y fe se encuentran porque la fe es un acto libre que me da una orientación sobre la vida. La Iglesia no puede sustituir al Estado, pero debe despertar las fuerzas espirituales, que siempre exige renuncias, sin las cuales la justicia no puede prosperar. La sociedad necesita la presencia de Dios  en la esfera. La justicia y la caridad deben ser los principios desde las micro-relaciones hasta las más grandes macro-relaciones económicas, políticas y sociales. Las ideologías terminen en dictaduras. En la historia comprobamos la posición radical del socialismo donde la Iglesia o movimientos de oposición son perseguidos, encarcelados o son reducidos a la marginación por violencia policial mientras que la relación entre el liberalismo y la Iglesia o otros movimientos discrepantes  se realiza por debate.  Sin embargo, en la situación actual el liberalismo ha sido reemplazado por la competitividad entre los grandes poderes económicos mundiales que imponen a los países una sociedad tecnócrata del hombre productor y consumidor. Refugiarse en nacionalismo no es una solución. Los conflictos actuales son de carácter moral en contra del relativismo.

El mercado no puede resolver todos los problemas sociales. De las tres instancias, el mercado, el Estado y la sociedad civil, este último es el más apropiado para promover la gratuidad, pero el Estado debe promover y apoyar también a las empresas que trabajan con gratuidad. La “ciudad” del hombre no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes sino, antes y más aun, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión.

La globalización no es ni buena ni mala. Será lo que la gente haga de ella. Oponerse ciegamente a la globalización sería una actitud errónea, preconcebida, con el riesgo de perder las múltiples oportunidades de desarrollo que ofrece y la posibilidad de una gran redistribución de la riqueza a escala planetaria como nunca se ha viso antes; pero si se gestiona mal, puede incrementar la pobreza y la desigualdad. A pesar de que se ha colaborado con países en vía de desarrollo podemos comprobar que partes de la humanidad parecen sacrificables en beneficio de una selección apoyada por una tendencia tecnócrata que favorece a un sector humano digno de vivir sin límites. Se necesita instituciones internacionales, designados entre los gobiernos, y dotados de poder para sancionar. La globalización, como todos los gobiernos, debe ser de tipo subsidiario y solidario. Es el antídoto contra cualquier forma de asistencialismo y particularismo social. La ayuda principal que se debe a los países en vías de desarrollo es permitir y favorecer el ingreso de sus productos en los mercados internacionales.  La riqueza de los países está en la exportación porque su mercado interno es muy pequeño. Finalmente, el desarrollo es imposible sin hombres rectos, sin operadores económicos y agentes políticos que sienten fuertemente en su conciencia la llamada al bien común.

           Conclusión

El amor y la justicia, que engloba todas las virtudes, van juntos, pero la justicia y todos los valores y obligaciones vienen del amor. “Jesús le dijo: Amarás al señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el gran mandamiento, el primero.  Pero hay otro muy parecido: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Toda la Ley y los Profetas se fundamentan en estos dos mandamientos (Mateo, 22, 37-40). “Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que le había llegado la hora de salir de este mundo para ir al Padre, como había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (San Juan, 13,1). Entregó su vida y el amor venció a la muerte.

Necesitamos la oración para entrar en la vida espiritual. Todo es del hombre, porque el hombre es sujeto de su existencia; y a la vez es de Dios, porque Dios es el principio y el fin de todo lo que tiene valor y nos redime: “el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es suyo, ustedes de Cristo, y Cristo de Dios” (I Corintios, 3,22-23). Todo proviene de la caridad de Dios, todo adquiere forma por ella, y a ella tiende todo.

Por P. Johan Leuridan Huys

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