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El matrimonio y la familia como Iglesia doméstica, por Johan Leuridan Huys

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¿Cómo invocarán al Señor sin haber creído en él? Y ¿cómo podrán creer si no han oído hablar de él? Y ¿cómo oirán si no hay quien proclama? Y ¿cómo proclamarán si no son enviados? (Romanos, 10, 14). Ni los gobiernos, ni los Congresos nacionales, ni el Poder Judicial, ni los medios de comunicación, ni las universidades, ni muchos colegios, ni muchas escuelas anuncian a Cristo. ¿Dónde oiremos de la existencia de Cristo?

El primer ámbito que la fe ilumina en la ciudad de los hombres es la familia. El cambio del mundo empieza con la familia y con los más cercanos. “La palabra central de la revelación, “Dios ama a su pueblo”, es pronunciada a través de las palabras vivas concretas con que el hombre y la mujer cuando declaran su amor conyugal. La espiritualidad del amor familiar está hecha de miles de gestos reales y concretos. Dios tiene su morada. Cristo va al encuentro con ellos para incorporarlos en su vida y darlos la gracia de amar y hacer el bien. La salvación de la persona y de la sociedad humana y cristiana se halla estrechamente ligada con la felicidad misma de la comunidad conyugal y familiar” La familia cristiana es decisiva para la educación en la fe. El testimonio de fe y de amor entre los padres, originado en el amor de Cristo a la Iglesia, se transmite a los hijos. Esta familia es la iglesia doméstica. “Las madres transmiten a menudo también el sentido más profundo de la práctica religiosa: en las primeras oraciones, en los primeros gestos de devoción que aprende un niño… Sin las madres, no sólo no habrá nuevos fieles, sino que la fe perdería buena parte de su calor sencillo y profundo. Queridísimas mamás, gracias, gracias por lo que son en la familia y por lo que dan a la Iglesia y al mundo” (Francisco, 2016 174). La familia es la iglesia doméstica porque es el lugar donde se aprende a orar.

La educación en la comunión familiar es un servicio fundamental a la sociedad porque sus hijos se incorporen en la sociedad como ciudadanos honestos, dedicados al estudio en los centros educativos, comprometidos con su trabajo, respetuosos de las leyes, promotores del bien, de los derechos humanos y de la dignidad de todos.  Sin estos grandes valores de verdad, bien y belleza en la familia, el único muro de contención del desorden que queda es el despotismo del Estado.

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El Concilio vaticano afirma que un problema muy urgente en el mundo actual es el matrimonio y la familia amenazada por el poderoso mensaje materialista de la ideología de la tecnología que eliminó todas las culturas y logró hacer un ser humano homogéneo, materialista sin conciencia de los verdaderos valores que unen las personas. Se entiende tolerancia como no tener una convicción propia. La comunión entre Dios y los seres humanos, contenido fundamental de la revelación y de la experiencia de la fe de Israel, encuentra una significativa expresión en el matrimonio entre hombre y la mujer que incluye cuerpo, instinto, sentimiento, afectividad, aspiración del espíritu y voluntad. El Espíritu que infunde el Padre renueve nuestro corazón y hace el varón y la mujer capaces de amar como Cristo nos amó.  Hombre y mujer se casan para pasarlo bien. San Pablo dice en la primera carta a los Corintios, 7, 32-34: “El esposo se preocupa de agradar a la esposa y la esposa se preocupa de agradar al esposo”. “En su unión de amor los esposos experimentan la belleza de la paternidad y de la maternidad; comparten proyectos y fatigas, deseos y aficiones, aprenden a cuidarse el uno al otro y a perdonarse mutuamente. En este amor celebran sus momentos felices y se apoyan en los períodos difíciles de su historia de vida… la belleza del don recíproco y gratuito, la alegría de la vida por la vida que nace y el cuidado amoroso de sus miembros, desde los pequeños a los ancianos, son sólo algunos de los frutos que hacen única e insustituible la respuesta a la vocación de la familia, tanto para la Iglesia como para la sociedad (Francisco, 2016: 88). Trescientos años antes de Cristo, el filósofo Aristóteles, decía que el matrimonio es agradable cuando ambos, marido y esposa, son ecuánimes y tengan dignidad. Dignidad significa que ambos tengan la práctica de las virtudes o valores.  La actitud del amor traerá todas las otras virtudes del dar a cada uno lo suyo (justicia), aprender a luchar en la vida (fortaleza) y saber controlar sus deseos y pasiones (templanza).  Los motivos del interés mutuo son el amor familiar y la pertenencia (Aristóteles, Ética Nicómaco, VIII, 12). Aristóteles afirma al respecto de la educación en valores “No es de poca importancia, contraer desde la infancia y lo más pronto posible tales o cuales hábitos, por el contrario, es éste un punto de muchísimo interés, o por mejor decir, es todo” (Aristóteles, Ética Nicómaco, 2005: II,1).

Todos los documentos de los Papas y del Concilio manifiestan que la persona humana tiene una innata y estructural dimensión social y que el matrimonio y la familia son el fundamento de la sociedad como instancia primera y decisiva. La preocupación por   la familia no se da solo en la Iglesia Católica, sino también en otras Iglesias y en filosofías del ateísmo porque todos consideran que la familia es el fundamento de la sociedad. Estamos en una situación opuesta a la educación tradicional donde hubo una exageración de imposición de normas que debilitó la personalidad de los niños y de los jóvenes. No se sentían seguros y adquirían un pensamiento negativo de sí mismos. Pensaban siempre en sus errores y se imaginaban que los demás los estaban observando y criticando. Los otros serían mejores. Desarrollaban una conciencia exclusiva de culpabilidad.

La educación consiste en evocar la libertad. Deben aprender a manejar su libertad.

Hoy en día, lo principal en la familia es el afecto, es decir, padres que aman a sus hijos e hijos que aman a sus padres. Los niños que llegan al mundo son bienvenidos por sus padres y se sienten acogidos y en confianza. Reciben la confianza de su existencia. La crítica de Aristóteles a Platón que considera que todos los hijos son hijos de todos los padres, consiste, en afirmar que, a estos hijos, les faltaría el afecto y la pertenencia. Serían hijos de nadie.

En segundo lugar, el amor de los padres con los hijos no se manifestará por decretos y comunicados sino por el ejemplo entre varón y mujer. Siempre somos ejemplos, para el bien para el mal. Los ejemplos de entendimiento mutuo entre los padres. Los padres invierten mucho dinero en las necesidades de los hijos en lugar de satisfacer comodidades para ellos mismos. El ejemplo añade el poder atractivo de los sentimientos al poder directivo de la norma que se limita a la coerción. Las normas son un bien y las pueden aprender en familia por el mensaje afectivo del sacrificio de los padres. El apoyo de las emociones a la teoría es decisivo para lograr la maduración de los hijos. El amor y los buenos ejemplos son necesarios para que los hijos adquieran una “estima de sí mismos” porque la mayor parte de nuestro comportamiento la copiamos de los demás. Los dan la capacidad de hacer frente a los problemas que se les presentará.

En tercer lugar, los niños necesitan aprender la obediencia. Este afecto ayuda a entender el sentido de la disciplina. La educación supone también órdenes. El afecto ayudará a los niños entender el sentido de las normas. El niño debe aprender que él no el es centro del mundo. Los niños necesitan aprender la obediencia. El “no” debe ser “no” y el “si” debe ser “si”. Sin obediencia, los niños no respetarán al profesor en el aula ni a sus compañeros ni las leyes del país.  

Las virtudes deben ser aprendidas y practicadas. Los padres acompañan a sus hijos en sus comportamientos y pensamientos con afecto, apoyo, consejo y también crítica y sanción cuando es necesario. El buen comportamiento se aprende en la práctica de la vida. Se trata de educar el comportamiento práctico y aprender a evaluar todos los elementos de las situaciones para poder tomar la decisión adecuada. Por el testimonio de amor entre los padres y de los padres con los hijos la persona aprende a valorar la vida, la libertad, la paz, la justicia, el respeto, la amabilidad, la lealtad y el agradecimiento. Los padres enseñan a los hijos como deben vivir, como deben comportarse con otras personas. Las virtudes no son espontaneas, sino son fruto de ejercicios. En la familia, se aprende a controlar emociones de egoísmo, envidia, odio, resentimiento, narcisismo, alcoholismo, deseo de humillar a otros, crueldad y drogas. El amor que mutuamente se dan y reciben en la familia crea la pertenencia. Esta experiencia es solo posible en la familia. El afecto, los ejemplos y las orientaciones de los padres son el modelo que servirán a los hijos para lograr también ellos un buen matrimonio.

Los niños no solo reciben consejos e instrucciones sobre ética, sino, sobre todo, logran un buen comportamiento por imitar los buenos ejemplos de sus padres. Los padres aman a sus hijos y de esta manera los hijos aprenden a amar.  Se construyen las emociones sociales de los niños en las relaciones emocionales con sus padres. La moralidad no llegaría a existir si no es también por las emociones, las cuales resultan cruciales para que se la mantenga. El desarrollo de las emociones en la fase de la niñez, explica mucho de su comportamiento posterior en la sociedad.  

  • Dominico. Doctor en teología. Miembro honorario de la Sociedad peruana de Filosofía. Ex decano de la USMP.

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