Un testimonio hermoso, por Johan Leuridan Huys
Presentamos un texto de un misionero del año 1945 cuando se la evangelización estaba en las primeras etapas.
La región del Alto Uele se encuentra en el NordEste de la República democrática del Congo. La capital es Isiro, pero tiene un enorme río que se llama Uele. El pueblo le canta Uele, Uele, maliba, makasi (río grande). Si uno quiere juzgar sobre la el trabajo misionero en Congo, debe, en primer lugar, mirar a la situación que precedía. Era un mundo de animismo y superstición que fue dominado por el poder del mal. Este mal, según su convicción, había sido traído a la sociedad por algunos seres humanos, portadores de la mano mala: “Likundu”.
Calamidad, desgracia, enfermedad, muerte no existen por algo, sino por alguien. No se puede detener o evitar el “Likundu”, pero se puede buscar y señalar quien lo tiene. El oráculo, el “Benge” podrá indicar a la persona. El ikundu es, en el caso de las mujeres, un órgano en el estómago y transmitido de madre a hija. Comúnmente, la persona señalada acepta su destino. Se abandona la casa porque en ella vive el espíritu malo (las casas era chozas). Excepcionalmente, hay protesta. Una vez, una mujer acusada, marginada por todos, se cansó de esto. Ella convocó a testigos, cortó el estomago de su pequeña hija y dijo: busquen, no encontrarán nada, tampoco conmigo.
Esta superstición fue causa de mucho odio y venganza. Era la causa de un malestar permanente. Uno nunca sabe lo que va a ocurrir y cada uno pueda, cualquiera día, resultar ser acusado por el “Benge”. El evangelio trajo paz y tranquilidad en esta situación. Alguna vez pregunté a un anciano si la vida no era más fácil antes de la llegada de los misioneros porque ellos trajeron normas exigentes de comportamiento. El contestaba con convicción: “de ninguna manera, ahora tenemos tranquilidad”. La fe ha vencido la calamidad más grande, la muerte. Antes, ocurría, con frecuencia, que se llevaba al moribundo hacia otro lugar donde no vivía otra gente, para que la muerte no entraría en el pueblo. Hasta en los hospitales: donde alguien estaba moribundo, los enfermos pedían permiso para dejar la sala. Ahora he comprobado, a menudo, que los otros enfermos se acercan para rezar a la cama del moribundo cuando el sacerdote administra el sacramento.
En la frescura del atardecer se me acerca a la casa de nuestra misión, un hombre, parece un gigante. Su nombre es Dungu. “Padre, dice él, ya no me va. Ya son tres semanas que estoy dando catequesis, pero todos son niños. Con ellos no se puede hablar y trabajar. Esto no es vida. Déjame regresar a mi casa. Yo regreso cuando hay adultos para la catequesis.” Le dije que lo comprendía y él se fue. Algunos días posteriores fui de visita a una capilla en la selva profunda. Después de la oración en la noche, nos seguimos conversando. De repente, todos se callan. Escuchamos de lejos el ruido de un tambor. ¿Que está pasando? Se trata de una chica de nosotros, dice el catequista. Ya no es una niña. Ella viene todos los días para la enseñanza. Tiene un gran deseo para el bautismo. Pero, ha caído enferma. Sus dos hermanos la han llevado para que muera muy lejos. Yo dije, vamos por allá. No, padre, es muy lejos. Primero, debemos pasar por un bosque y después cruzar un agua y la noche está muy cerca. Bueno, iremos mañana.
El sol estaba muy alto cuando llegamos al agua. Era un charco, estancado, apestando. Mis dos compañeros entraron en el agua que les llegó hasta las caderas. Ahora, me toca a mí. Pero, aparece de improviso el hombre- gigante, Dungu. Sin decir nada, me pone encima de sus hombros y me lleva a la otra ribera. Un poco más lejos vemos una pequeña choza de ramas y hojas. Dos hombres están a la entrada, los hermanos. Quiero entrar, andando a gatas, pero hay un humo adentro y no veo nada. Pido que traigan a la chica afuera. Es un esqueleto viviente, probablemente por la enfermedad del sueño. Pero, con un rostro muy bello. Yo la saludo y pregunto si desea el bautismo. Ella ya no podía contestar, pero toda su existencia apareció con un gozo profundo como nunca he visto. Era el 22 de noviembre y la llamé Cecilia. Después de su bautismo ella quedaba con los ojos cerrados en una belleza sobrenatural y tranquilidad, tan cerca de la muerte. La mantenía agarrada de la mano y no podía alejarme de ella, hasta que uno de los jóvenes me dijo que era tiempo para regresar. Le di la bendición y me iba.
Encontré el gigante, esperándome, cerca del charco de agua. Después escuchamos el tambor. Comunicaba que ella había fallecido. Era, como escuché, el órgano de Cecilia desde el cielo. (Testimonio del misionero Jozef Leuridan).

Dominico. Doctor en teología. Miembro honorario de la Sociedad peruana de Filosofía. Ex decano de la USMP.

