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La Iglesia no apoya el divorcio ni la violencia doméstica

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Una mirada pastoral a un problema urgente
El P. Tomas Agustín Beroch aborda con claridad la realidad de la violencia doméstica y divorcio en la Iglesia, recordando que ningún sacramento justifica poner en riesgo la vida. La Iglesia defiende la indisolubilidad, sí, pero nunca a costa de la dignidad del cónyuge. Por ello, ante agresiones graves, la separación física puede convertirse en un acto de legítima protección, siempre en comunión con la enseñanza del Magisterio.

El testimonio que ilumina la doctrina
El sacerdote relata el caso de una mujer golpeada por su esposo. Con un toque de humor inteligente —de esos que ayudan a ver la verdad sin perder la caridad— señala que si “ya te rompió dos costillas”, lo prudente es alejarse. El mensaje es contundente y plenamente eclesial: el matrimonio es una alianza de amor, no una cárcel de violencia.

Indisolubilidad no es sinónimo de silencio
La Iglesia no respalda el divorcio, pero distingue con precisión entre divorcio civil y nulidad matrimonial. La nulidad no “rompe” un matrimonio: declara, tras un proceso serio, que nunca existió un vínculo válido. Esta claridad doctrinal no contradice la necesidad de proteger a la víctima; al contrario, orienta una pastoral que une verdad y misericordia.


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