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Virgen de Lourdes: Aparición y un milagro al niño asmático

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Acompáñame a leer y revivir una historia real.
No es una leyenda. Es un milagro.

Ocurrió un 11 de octubre de 1997 al promediar las cinco de la tarde, cuando yo tenía once años.
Desde que nací padecí asma severa por 11 años. Respirar nunca fue algo automático para mí.

Muchas noches no podía dormir.
Otras tantas las pasé en un hospital, conectado a un inhalador, esperando que el aire volviera y me permitiera seguir viviendo.

Para mí, respirar no era un acto simple.
Era una lucha cotidiana. Era sobrevivir.

De muy pequeño, muchas veces entre llantos, espasmos y ahogos, acompañado siempre de mi mamá y de mis medicamentos, sobre todo el ‘spray de inhalador’, le pedía a Dios que tuviera compasión de mí.

En medio de esas noches largas, con el pecho apretado y el miedo rondando, me hacía las mismas preguntas una y otra vez:
¿Por qué a mí?
¿Por qué yo?
¿Por qué a mi familia?

La respuesta de Dios era siempre la misma…
un silencio absoluto.

Mi mamá llevaba en la cabeza una lista interminable de cosas que yo no podía comer, oler o beber. Curiosamente, casi todo lo prohibido era lo que más me gustaba. Vivíamos atentos, midiendo, cuidando, evitando.

Doctores, enfermeros, personal de salud y muchas otras personas pasaron por mi vida… y yo por la de ellos. Probamos todos los medicamentos habidos y por haber. Ellos hicieron todo lo que estuvo en sus manos.

Pero había algo que nadie lograba hacer…’Curarme del asma’.

Mi madre era —y es— una mujer de fe.

En muchas tardes tranquilas, sin apuro, me hablaba de Dios, de Jesusito y de la Virgen María. Siempre con ternura. Siempre con una seguridad que a mí, siendo niño, me parecía imposible.

Me repetía que yo era especial. Que Dios iba a obrar en mí. Que era su engreído. Que mi vida, desde el inicio, ya era un milagro. Y decía —aunque suene jalado de los pelos— que al llamarme Franco ‘Jesús’, por llevar el nombre de Jesús, estaba llamado a llevar un poco de luz y salvación a mi entorno.

Un día al caer la tarde me regaló una estampa del tamaño de la palma de la mano, ya algo viejita, donde aparecía una mujer: la Virgen María. Desde ese momento esa imagen me acompañó. Me gustaba mirarla. Le hablaba bajito. Le pedía que me sanara, porque ya estaba cansado.
Cansado de llorar.
Cansado de no recibir consuelo.
Cansado de saber que, tarde o temprano, volvería al hospital.

Mi fe se estaba agotando.
La esperanza y el dinero en medicamentos, también.
Y la paciencia… ya estaba en rojo.

En aquel tiempo, mi mamá solía escuchar y ver una Misa de Sanación celebrada por un padrecito español. Yo la observaba desde lejos: se le iluminaban los ojos, se enganchaba, seguía cada palabra con una fe que conmovía.

Ese sacerdote era el padre Manuel Rodríguez Rodríguez. En esos años, muchas personas daban testimonio de sanaciones, incluso de enfermedades consideradas científicamente incurables. Las Misas se realizaban en el distrito de San Miguel (Lima) todos los sábados a las siete de la mañana. Nosotros vivíamos en La Molina. Era, más o menos, una hora de camino.

Un día, mamá tomó la decisión.
Íbamos a ir a una Misa de Sanación un sábado por la mañana.
Nos despertaríamos a las cinco de la mañana y tomaríamos el micro al amanecer.

Yo, con la lógica simple de un niño, pensé: si es una Misa de sanación, van los enfermos y se sanan. Me parecía lo más obvio del mundo. Así de fácil.

Pero antes de salir, mamá me miró fijamente y me dijo algo que no olvidé nunca:

—Vamos porque siempre hemos querido ir. No esperes una sanación. Vamos porque será una experiencia bonita, porque estaremos con Jesusito y veremos de cerca al padre Manuelito. No condicionemos nuestra fe a un milagro. Lo que nos mueve es el amor, no el interés.

Sin quererlo, mamá pinchó mi globo de esperanza.

En ese momento me dolió.

Pero con el tiempo…
entendí.

La primera vez que fui a la Misa de Sanación me gustó mucho.
Había muchísima gente.
Personas enfermas, algunas con dolencias más graves que la mía, y aun así… felices.

Felices porque ofrecían su sufrimiento a Dios.

Muchos lloraban. Otros cantaban. Algunos simplemente cerraban los ojos con una paz que yo ni mi asma entendíamos.

Desde lejos, vi al famoso padre Manuel. Me sorprendió su vitalidad, su manera de celebrar, su fe viva. Era —y sigue siendo— un sacerdote que celebra la Misa de Sanación todos los sábados a las siete de la mañana en el mismo lugar.

Lo que más me impactó fueron los testimonios. Personas con saco y corbata, hablando sin vergüenza, diciendo que Dios los había sanado de cáncer, sida, parálisis, enfermedades incurables.

Yo entré a esa iglesia sintiéndome enfermo.
Y salí sintiéndome sano… al menos por dentro.

Sano de la mente.
Sano del corazón.

Veía personas en situaciones mucho más duras que la mía, y aun así sonreían. Pensé que estaban locas.

Pero no.

Estaban locas de amor por Jesús.

Para no aburrirlos, así pasaron casi dos años. Íbamos a la Misa de Sanación con frecuencia. Hicimos amigos. Mi mamá hacía apostolado incluso a los taxistas. Se integró con personas de los grupos del padre Manuel.

Todo parecía cambiar.
Todo… menos una cosa.

Mi asma seguía intacta.
Mis malas noches también.
Y la desesperación no se iba.

Hasta que llegó uno de esos días malos. Pero este fue el peor de todos.
De esos en los que respirar cuesta más de lo normal.

Mamá me dijo que iba a salir un rato. Que me quedara en casa porque estaba mal. Tal vez fue a comprar medicamentos. Tal vez simplemente a resolver lo que se podía. El dinero, como tantas veces, también brillaba por su ausencia.

Me quedé solo, echado en mi cama.

Y rompí en llanto.

No un llanto suave.
Uno de esos que salen desde lo más hondo y dicen: ya basta.
De esos que te desgarran el alma voz, la vida, y que te arrancan hasta la última lágrima.

Quería respirar.
Quería vivir.
Estaba cansado… muy cansado.

Cómo sonarían mis silbidos y mi malas noches sin dormir, que al día siguiente las vecinas le decían a mamá: «¡pobre tu hijito, lo hemos escuchado en la madrugada!»

Sentí que mi fe se había agotado.
Y, mirando esa estampita de la Virgen María, solo pude decirle que cuidara de mi mamá.

Esa noche ya no pude más.

Terminé usando el inhalador en el Hospital de Policía.

Me sentía derrotado.

Como un niño… sin fuerzas.

En mi cabeza habían dos frases que nunca voy a olvidar: «Franquito, eres especial, el preferido de Jesusito», dicho por mamá. Y «Mi Franco Franquito, tú eres de Dios, la Virgencita es tu verdadera mamita y te cuida», me lo decía la directora del colegio donde estudié primaria y donde había ganado todos los concursos de poesía a la Virgen María.

Pasó un buen tiempo hasta que, un día, mamá me dijo que iríamos nuevamente a la Misa de Sanación.
Pero esta vez sería diferente.
Sería por la tarde.
Un miércoles, a las cuatro.

Así fue.

Llegamos y la iglesia estaba llena. No entraba nadie más. Era una Misa especial porque se celebraba a la Virgen de Lourdes.
La gente cantaba, alababa, sonreía. Se respiraba alegría.

Llegó el momento de la imposición de manos. La hice junto a mi mamá. Nos tomamos de la cabeza, como se hace.

El padre Manuel comenzó a orar nombrando cada parte del cuerpo humano, desde la cabeza hasta los pies. Parecía un médico del alma y del cuerpo.

Y entonces dijo:

—Jesús, sánanos… pasa por la laringe, la faringe, el pecho, los bronquios… por quienes sufren de cáncer al pulmón, por los que padecen enfermedades de las vías respiratorias… ‘por los que tienen y sufren del asma’.

En ese instante, mis manos comenzaron a temblar.
No sé cuánto tiempo pasó. Tal vez quince segundos.

Al temblar, despeiné a mamá sin querer. Ella, con la voz quebrada por la emoción, solo me decía:
—Sigue rezando, hijito… no saques las manos.

Me asusté un poco.
Pero por dentro estaba tranquilo.
Mudo.
Como un corazón recién operado.

Salimos de la Misa y durante todo el camino a casa no dijimos una sola palabra.

Al llegar, mi papá cometió una imprudencia monumental: trajo chocolatada helada. Algo completamente prohibido para mí.

Yo tenía mil preguntas en la cabeza. No sabía qué había pasado. De todas las Misas a las que había ido, era la única en la que había sentido y vivido algo así.

Dentro de mí había apenas un 0.0001 % de esperanza de haber sido sanado.

Para comprobarlo, tomé la chocolatada helada.

¡No pasó nada!

No tosí.
No me ahogué.

Ese 0.0001 % se convirtió en 10 %.

Para estar seguro, hice la prueba definitiva: a las once de la noche me metí a la ducha con agua helada.

Si venía el asma, todo seguiría igual.

Pero no pasó nada.

Mamá me miró a los ojos y me dijo con una certeza que no admitía dudas:
—Franquito… ¿sabes lo que ha pasado, no? ¡La Virgencita te ha sanado, hijito!

Se había acabado todo sufrimiento, se había ganado la guerra, ya no más noches sin dormir, ya no ver hospitales, ya no ver a mamá desesperada, ya no oír a mi pecho silbar ni ahogarse.

Terminamos en el jardín, empapado, porque hicimos que mi papá me bañara con la manguera, a chorros, con ropa y todo.

Estaba feliz.

Creo que fue mi primera sonrisa verdadera.
Pero esta vez… sano.

Esa estampa viejita que me había acompañado desde pequeño era la Virgen María. En ella dejé mi fe, mis gritos, mis lágrimas. Me consoló, me dio paz, me acompañó. Era como mi peluche de cabecera, como un tesoro que me conectaba con Dios.

Esa noche la miré y lloré. Lloré tanto que la empapé. Lloré pidiendo perdón por tantas cosas, por rendirme, por reclamar, por tirar la toalla de la fe.

Entre lágrimas solo quedó una pregunta:
¿Quién eres tú?
¿Qué Virgen (advocación) eres?

Al día siguiente fui a la parroquia y le pregunté al sacerdote. Me respondió con naturalidad:
—¡Es la ‘Virgen de Lourdes’!

Volví a casa con una alegría imposible de explicar.

Esa estampa que me acompañó en mis ahogos, en mis noches de hospital, era la ¡’Virgen de Lourdes’!

Su fiesta era el 11 de febrero.
El día de la Misa en que me sanó.
Yo tenía once años.

Todo empezó a encajar.
Nada era casualidad.

Conocí más sobre esta devoción. Supe de Santa Bernardita, la vidente de Lourdes, que también sufrió asma en su infancia.

¿Coincidencias?
No. Eso se llama ¡Milagro!

Desde esa tarde del 11 de febrero, nunca más tuve asma.
Nunca más un ataque.
Nunca más hospital.

Han pasado muchos años.
Y lejos de olvidarlo, esta historia vuelve a mí cada vez con más claridad, como si el tiempo no la gastara, sino que la afilara.

Mi madre —que me acompañó en todo ese calvario— sigue caminando a mi lado, ahora con el paso más lento, pero con la misma fe firme. «Hijito, ahora prepárate, porque Diosito y la Virgencita te van a pedir algo grande para que hagas», me dijo el mismo día de la sanación. Me pregunto…si eso grande sería lo que es hoy ‘Perú Católico’.

Mi estampita sigue conmigo, más arrugada, más gastada, pero intacta en lo que importa.

Y mi antiguo compañero de batallas, el inhalador,
ese que me devolvía el aire por minutos…
se quedó donde debía quedarse:
en el recuerdo.

Y cómo olvidar a mis doctorcitas que me vieron crecer con el sufrimiento del asma.

Fui. Les conté.
Y les regalé las medicinas que me quedaron para que se las dieran
a quienes no tienen cómo comprarlas.

Se miraron entre ellas, como si buscaran una explicación médica que no aparecía en ningún manual.
Y solo dijeron:

—¡Esto es un milagro!

Vi sus ojos medios encharcados.
Y entendí que a veces los médicos también necesitan creer.

Salí del consultorio sin inhalador en el bolsillo.
Sin ese sonido de emergencia que me acompañó tantos años.
Sin esa sombra que parecía no querer irse.

Pero no salí solo.

Salí con una certeza:
Dios no siempre hace ruido cuando actúa.
A veces solo respira por ti… hasta que un día te das cuenta de que ya puedes respirar solo.

Y entonces entiendes que el milagro no fue dejar el asma.
El milagro fue aprender a confiar mientras la tenías.

¿Y dónde está la aparición de la Virgen?

La ‘Virgen de Lourdes’ sí se apareció. No con estruendo ni luces deslumbrantes, sino en lo cotidiano que sostiene la vida. Se apareció en la paciencia de los doctores, en la ternura incansable de mi mamá, en el corazón generoso de mi tío que me llevaba de madrugada en su auto al hospital. Se apareció en esas boticas que, aun cerradas, nos abrían la puerta para atendernos. Se apareció en cada gesto silencioso de cuidado. Y también en esa estampita pequeña, que fue mi gruta personal, el lugar donde dejé mis lágrimas como agua de manantial, mi miedo y mi fe temblorosa. Allí estuvo ella. Siempre estuvo. No lejos. No tarde. Siempre.

Hoy 11 de febrero de 2026 queda gritar: ¡Viva la Virgen de Lourdes, patrona de los enfermos y consuelo de los afligidos!

Por: «Franco…el que sueña viajar a Francia para visitar la Gruta de la Virgen de Lourdes».


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