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Cuando los hijos ya no llaman: vivir el abandono con fe

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Para muchas personas mayores, uno de los dolores más profundos no es la enfermedad, sino el silencio. Los hijos crecieron, formaron su propia vida y, poco a poco, las llamadas se hicieron escasas. Esta ausencia puede vivirse como abandono y provocar tristeza, preguntas y un sentimiento de vacío difícil de expresar.

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La fe cristiana no ignora este dolor. Sentirse olvidado no es falta de fe ni motivo de culpa. Al contrario, es una herida real del corazón que Dios conoce y comprende. La Sagrada Escritura recuerda que, incluso cuando los vínculos humanos fallan, Dios no abandona jamás a sus hijos.

Vivir esta situación con fe no significa justificar la indiferencia ni negar el sufrimiento. Significa llevar ese dolor a Dios con sinceridad, sin máscaras. Decirle al Señor lo que duele, lo que se extraña y lo que se espera es ya una forma de oración profunda y verdadera.

En medio de este silencio, la fe invita a descubrir nuevas formas de presencia. Dios se hace cercano en pequeños gestos: una palabra amable, una visita inesperada, la comunidad parroquial o incluso en la fuerza interior para seguir adelante. La soledad no define el valor de una persona.

Aceptar esta etapa también puede abrir un camino interior de sanación. No siempre es posible cambiar a los demás, pero sí es posible cuidar el propio corazón, evitar el rencor y pedir la gracia del perdón. Perdonar no borra el dolor, pero lo libera de convertirse en amargura.

La oración, sencilla y constante, ayuda a transformar el sentimiento de abandono en confianza. Rezar por los hijos, incluso cuando no llaman, es una forma de amarlos sin exigir, poniéndolos en manos de Dios y descansando en Él.

Vivir el abandono con fe no es resignarse, sino confiar en que el amor de Dios llena los vacíos que otros no pueden llenar. En esa certeza, el corazón herido puede encontrar paz y seguir viviendo con dignidad y esperanza. Muchas veces los hijos no están, pero Dios manda como ángeles y como nuestros hijos a otras personas.

Reflexión de La Abuelita Católica