Los católicos perfectos vs los católicos justicieros, por Francoscomentarios
Entre perfectos y jueces: las trampas del ego dentro de la Iglesia. El católico “perfecto” no peca. Sirve siempre para que lo miren. Habla de humildad con tono de superioridad. El “justiciero“, en cambio, no se equivoca nunca. Conoce todos los errores de la Iglesia, excepto los suyos. Ambos tienen algo en común: les cuesta arrodillarse y decir: “Señor, ten piedad de mí, que también soy pecador”. Empecemos.
Primero están los ‘católicos perfectos’.
Los reconoces fácil: siempre están donde hay cámara. Si el padre levanta la hostia, ellos levantan la barbilla. Se persignan con una elegancia casi coreográfica… pero mirando de reojo si alguien los está mirando.
Siempre salen en la foto.
Siempre tienen cara de estampita recién plastificada.
Camina lento y levitando, mirando a cada costado para que los vean y saluden.
Por poquito no estiran su brazo y te dan una bendición, dejando colgada la muñeca
para que le des una reverencia y un besito.
Se persignan bonito.
Cierran los ojos con técnica.
Sonríen humilde… pero calculando el ángulo.
Algunas se ponen velo o hábito para llamar la atención con su cara de ‘yo no fui’,
pero con un letrero grande: «Mírenme lo puritana que soy; aprendan, pecadores».
Son los ‘sabelones’ de la parroquia, saben más que el cura y el Papa juntos. No necesitan seminario, ya se graduaron en Opinión Pontificia con honores propios. Y escuchan al padre predicar la homilía… solo para detectar en qué se equivocó.
Y son ellos mismos los que les encanta la foto con el padrecito y subirla a las redes sociales
y que les escriban ‘frases espirituales’ en sus fotos:
“qué edificante eres”, “qué lindo te ves y hablas”, “reza por mí”, “aconséjame”.
El problema no es que hagan cosas buenas.
El problema es ‘por qué las hacen’.
No buscan almas.
Buscan aplausos, hinchar el pecho y ganar ‘likes’ en redes sociales.
Son los ‘modélicos’ que nunca fueron y que a la fuerza se proponen serlo,
porque precisamente esa es la razón de ellos: «Parecer lo que no son».
No quieren el Reino de Dios.
Quieren su pequeño reino, casi casi fundar su secta como un pastor evangélico.
Jesús fue clarísimo:
«sepulcros blanqueados».
Blancos por fuera.
Vacíos por dentro.
La caridad no necesita reflector.
La humildad no se anuncia.
El amor verdadero no posa.
Por supuesto, ellos NUNCA se equivocan.
Y pobre de ti si les enseñas o corriges: dejarán de saludarte con esa sonrisita hipócrita,
te indispondrán ante los demás, te bajarán el dedo, no más volverán ser como antes.
Ellos son casi casi nivel ‘Jesucristo’; casi santos en vida que sudan agua bendita
y que, por supuesto, eres tan poca cosa a su lado que no te darían ni una gotita suya.
Ahora vayamos al otro extremo.
Los ‘católicos justicieros’.
Viven con el dedo índice listo para disparar. A ellos, al nacer, no se les otorgó su partida de nacimiento
sino un doctorado en derecho para jueces con todos los poderes para destrozar al prójimo. De hecho al nacer, primero salieron sus lenguas y después el cuerpo.
Señalan al Papa.
A los obispos.
Al párroco.
Al coro.
Al que comulgó “raro”.
Al que se vistió mal.
Hablan de herejías como si repartieran multas espirituales.
Deciden quién se salva.
Quién va al infierno.
Quién ya se perdió.
Quién es “verdadero católico”.
Ellos, como ‘jueces extraordinarios y perfectos’,
quieren quitarle la ‘chamba’ a Dios
en ser jueces en el juicio final.
Pero hay algo curioso.
No visitan enfermos.
No acompañan al que sufre.
No cargan al caído.
No evangelizan.
Solo señalan.
Con palabras pueden destruir honras en segundos, de hecho lo hacen.
Y creen que están defendiendo a Dios.
El perfecto busca aplausos.
El justiciero busca control.
Ambos buscan protagonismo.
Y Cristo queda al costado. En la banca de espera.
La fe no es vitrina.
La fe no es tribunal.
La fe es relación.
Es conversión diaria.
Es reconocer el propio pecado.
Es bajar el dedo acusador.
Sí, hay errores en la Iglesia.
Sí, hay incoherencias.
Pero el remedio nunca ha sido el ego disfrazado de virtud.
El remedio siempre ha sido la santidad.
Callada.
Incómoda.
Real.
El verdadero católico es el que sirve sin cámara.
El que corrige con caridad.
El que primero se revisa el corazón.
La Iglesia no necesita actores.
Necesita santos.
Y los santos no hacen ruido.
Hacen luz.
Y esa luz SIEMPRE apunta a Cristo.
Recemos por todos nosotros.
Sí, por todos.
Porque somos Iglesia peregrina.
No Iglesia perfecta.
No Iglesia jurado.
Iglesia en camino.
Tal vez alguna vez estuvimos en esa foto buscando aprobación.
Tal vez alguna vez levantamos el dedo demasiado rápido.
Tal vez ahora mismo estamos ahí… y ni cuenta nos hemos dado.
Por eso no escribo para juzgar.
Solo Dios es perfecto.
Solo Dios juzga.
Nosotros apenas aprendemos a caminar sin tropezar tanto.
Decir que algo debe cambiar no es condenar.
Es amar lo suficiente como para querer que crezca sano.
Pero cuidado…
Una cosa es corregir con caridad.
Y otra muy distinta es instalarse en el bando del perfecto o del juez.
Porque en el fondo, ninguno existe.
No hay “católico versión impecable”.
No hay “católico versión tribunal supremo”.
Solo existe el católico de Cristo.
El que sirve.
El que ama.
El que perdona.
El que cae.
Y sí… el que peca.
Pero se vuelve a parar.
Porque la Iglesia no está hecha de impecables.
Está hecha de débiles pero perdonados.
Y ya lo dijo el Maestro, con esa firmeza que desarma multitudes:
“El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”.
Así que mejor levantemos:
La mirada.
La oración.
La misericordia.
Y caminemos juntos.
Con humildad.
Con verdad.
Con esperanza.
Porque somos Iglesia…
pero todavía estamos aprendiendo a ser como Cristo.
Y solo sacándonos la máscara de ‘perfectos’ y tirando el martillo de ‘jueces’
podremos dejar irradiar y transmitir a Jesús.
La corrección fraterna no nace del orgullo o querer ser más que el otro,
sino del amor que se atreve a decir la verdad para sanar.
Es una obligación de todo católico hacerla.
Porque quien corrige… ama mucho. Y quien caya algo sabiendo que está mal… peca de omisión.
Por: «Franco…el que iba a hacer una corrección fraterna pero se acordó de empezar por él mismo».

Periodista y director de Perú Católico. Escribe en su sección Francoscomentarios, un espacio donde la fe piensa, opina y no se queda callada.

