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¿Por qué la Iglesia?, por Johan Leuridan Huys

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No hay vida cristiana sin Iglesia. El ser humano tiene una dimensión personal y una dimensión social. La conversión personal a Cristo necesita ir acompañada de la dimensión de la compañía de otras personas que se convirtieron. El evangelista San Juan explica cómo se puede reconocer a la Iglesia en el mundo. Leemos en Juan, 13,34: “Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse los unos a los otros como yo los ha amado. En esto reconocerán todos que son mis discípulos: en que se aman unos a otros.”   Leemos en I Juan, 4,11: 11-12: “Queridos Hermanos: Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos uno a otros. A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud”. La familia es la primera Iglesia, la Iglesia doméstica. Los padres transmiten su amor a los niños y los hablan del amor de Dios y los ángeles.

Leemos en el documento del Concilio Vaticano II que “el Señor quiso santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados entre sí, sino organizándolos en un pueblo que Le reconociera en la verdad y Le sirviera santamente. Él eligió, como pueblo suyo al pueblo de Israel, con el que estableció una alianza, pero como preparación había de cerrarse la alianza en Cristo, Dios hecho hombre, convocando a una nueva alianza entre los judíos y todas las naciones que se constituyera no según la carne, sino en el Espíritu, un nuevo pueblo de Dios, constituido por Cristo para una comunión de vida, de caridad y de verdad.” La elección empieza con una persona, Abrahán, para una salvación universal. Ya podemos leer en Génesis, 17,5: “No te llamarás más Abram, sino Abraham, puesto te tengo destinado a ser padre de una multitud de naciones.” La comunidad de los cristianos en el Nuevo Testamento se comprende como un pueblo, que sucede a Israel en la elección y la Alianza. Israel tenía la promesa, pero se cumple con Cristo con quién nace la Iglesia. Israel daba testimonio del Mesías que vendrá, pero la Iglesia testimonia que el Mesías vino. La salvación ya está otorgada y ofrecida a todas las naciones. Cristo envió los apóstoles y quiso que los obispos fueron sus sucesores juntos con el sucesor de Pedro, fundamento de la unidad de fe. La Iglesia sinodal es una expresión de la unión entre obispos, sacerdotes y laicos. 

Formamos un solo cuerpo. Leemos en I Corintios, 12, 12-13: “Las partes del cuerpo son muchas, pero el cuerpo es uno; por muchas que sean las partes, todas forman un solo cuerpo. Así también Cristo. Hemos sido bautizados en el único Espíritu para que formemos un solo cuerpo, ya fuéramos judíos, o griegos, esclavos o libres. Y todos hemos bebido del único Espíritu.”  Leemos en I Corintios, 10, 16-17: “La copa de bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? ¿Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Así, siendo muchos formamos un solo cuerpo, porque el pan es uno y todos participamos del mismo pan.” Leemos en Colosenses, 1, 17-20: “El existía antes que todos, y todo tiene en él su consistencia. Y él es la cabeza del cuerpo, es decir, de la Iglesia, él que es el principio, el primer nacido entre los muertos, para que estuviera en el primer lugar en todo. Así quiso Dios que “el todo” se encontrara en él y gracias a él fuera reconciliado con Dios, porque la sangre de su cruz ha restablecido la paz tanto sobre la tierra como en el mundo de arriba. Leemos en Efesios, 3, 16-19: “Para que les conceda, según la riqueza de su gloria, ser poderosamente robustecidos por la acción de su Espíritu en su interior; para que cristo habite, mediante la fe, en su corazón; para que, arraigados y cimentados en el amor, sean capaces de captar, con todo el pueblo santo, cuál es la anchura y largura, y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede todo conocimiento, para que sean llenos de toda la plenitud de Dios.”  

Esta Iglesia es un misterio de Dios. El Dios trino y uno, es el fundamento de la Iglesia. El Padre manda el Hijo al mundo y él manifiesta que Dios es amor. El Hijo traslada el don gratuito del amor a la humanidad, obrado por el Espíritu. Leemos en Juan 15,9: “Como el Padre me amó, así también los he amado yo, permanezcan en mi amor.” Leemos en Efesios, 1, 4-5: El Padre “en Cristo nos eligió antes de la fundación del mundo, para estar en su presencia santos y sin mancha. En su amor nos destinó de antemano para ser hijos suyos en Jesucristo y por medio de él.”. Cristo nos reveló su misterio e inauguró en la tierra el reino de los cielos. 

El día de Pentecostés, fue enviado el Espíritu Santo, para dar a todos los cristianos el acercarse al Padre, por Cristo. Leemos en Hechos, 1,5: “Ya les hablé al respecto, les dijo: Juan Bautista bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días.” Leemos en I Corintios, 2,10: “Pero a nosotros nos lo reveló Dios por medio de su Espíritu, pues el Espíritu escudriña todo, hasta las profundidades.”

  • Dominico. Doctor en teología. Miembro honorario de la Sociedad peruana de Filosofía. Ex decano de la USMP.

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