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¿Puede Jesús resucitar nuestra esperanza desde los muertos?

¿Puede Jesús resucitar nuestra esperanza desde los muertos?

El Cardenal Michael Czerny, Subsecretario de la Sección Migrantes y Refugiados del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral comparte esta reflexión sobre el último año vivido por la humanidad, con la presencia de la pandemia y la agudización de crisis ya existentes: pobreza, desigualdad, negación a acoger a los migrantes, atentados contra la dignidad y la vida humana. Insiste en la necesidad de un compromiso solidario, en “una cultura del cuidado, que ponga en el centro la dignidad humana y el bien común”.

Ciudad del Vaticano

El texto que se muestra a continuación fue publicado en el periódico vaticano L’Osservatore Romano.

La Cuaresma, con sus llamadas a la penitencia y sus costumbres de privación, puede parecer larga. Refleja los 40 días que Jesús pasó en el desierto al principio de su ministerio ayunando y luchando contra la tentación (Mc 1,13). Pero durante meses hemos sentido que la Cuaresma comenzó el Miércoles de Ceniza de 2020. Eso fue el 26 de febrero, y el 11 de marzo la Organización Mundial de la Salud declaró que el COVID-19 era una pandemia. Y esta situación, como sabemos, se ha arrastrado sin descanso durante más de 400 días hasta esta Pascua de 2021.

“El año pasado estábamos más conmocionados”, recuerda el Papa Francisco, pero “este año estamos más puestos a prueba”.[1] Desde el principio, la pandemia ha sido muy dura para muchos, y todavía sigue pesando sobre todos nosotros.

Así que, si miramos hacia atrás, hacia una Cuaresma verdaderamente dura de más de 400 días, ¿cómo podemos concebir y abrazar una Pascua de manera adecuada, proporcional y oportuna? ¿No debería esta Pascua ser de alguna manera, diez veces “la longitud y la anchura, la altura y la profundidad” (Ef 3,18) de una Pascua ordinaria?

Nuestra primera respuesta podría ser: “¡Ah, si pudiéramos recuperar la Semana Santa de 2019!”. ¡Si pudiéramos volver a la vieja normalidad! Pero no. Como insiste el Papa Francisco, “después de una crisis no se puede salir iguales; o salimos mejores, o salimos peores. Esta es nuestra opción”.[2] Así que la manera en la que estaban las cosas antes no es una opción viable.

“El anuncio de la Pascua no muestra un espejismo, no revela una fórmula mágica ni indica una vía de escape frente a la difícil situación que estamos atravesando. La pandemia todavía está en pleno curso, la crisis social y económica es muy grave, especialmente para los más pobres”.[3]

En efecto, no podemos evitar sentirnos desorientados y desalentados, no solo por el COVID-19, sino aún más por los problemas económicos, sanitarios, políticos y medioambientales, las injusticias de toda la vida y cada vez más graves, que se siguen destapando y magnificando. Una triste y vergonzosa “normalidad” que heredamos de antes del COVID es la incapacidad, como comunidad global de naciones y compañías farmacéuticas, de asegurar una distribución equitativa de la vacuna.

Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la Organización Mundial de la Salud, se hizo eco en Twitter del mensaje pascual Urbi et Orbi: “Me uno a Su Santidad @Pontifex en su llamado del domingo de Pascua por la #VaccinEquity [distribución equitativa de la vacuna] y en animar a los países con acceso a los suministros de vacunas a no olvidar a sus vecinos menos afortunados. ¡Solidaridad!”.[4]

Pero, a decir verdad, “volver a la normalidad” nunca es el camino correcto, y menos aún después de lo que hemos vivido estos últimos dieciséis meses. En algunas ciudades aparecieron grafitis que dicen: “No volvamos a la normalidad porque la normalidad era el problema”. No hay que sentir nostalgia por un despreocupado retorno a nuestra existencia pre-COVID haciendo un superficial suspiro de alivio por haber terminado, por fin, nuestra larga Cuaresma.

En la Sección Migrantes y Refugiados del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, los dos primeros pasos que siempre destacamos son acoger a quienes se acercan a nosotros en su condición de amenazados y protegerlos para que no sufran más daños.

La pandemia ha ampliado la necesidad de acogida y protección a muchas, muchísimas más personas. Sin embargo, una gran cantidad de países y comunidades han restringido la acogida y no protegen a muchos de sus habitantes ni a los que están en tránsito.

Por ejemplo, los trabajadores peor pagados de los sectores más afectados de la economía —restaurantes, hoteles, cruceros, destinos turísticos, espectáculos— se ven repentinamente desamparados y abandonados a su suerte. Quienes viven en condiciones de hacinamiento y en zonas vulnerables se enfrentan a una elevada exposición a la infección por coronavirus. Hemos visto las estremecedoras condiciones de muchos centros de asistencia prolongada para ancianos y hemos sido testigos del elevado número de muertes que se producen en ellos. Los trabajadores migrantes se han enfrentado a restricciones que les impiden llegar a su lugar de trabajo, o luego no pueden regresar a casa por falta de dinero o por el cierre de las fronteras.

Además, los desplazamientos dentro de las naciones y a través de las fronteras no han sido interrumpidos por la pandemia. “Lamentablemente, entre aquellos que por varios motivos están obligados a dejar la propia patria, hay siempre decenas de niños, niñas y jóvenes solos, sin la familia y expuestos a muchos peligros”. El Santo Padre ruega: “Hagamos que a estas criaturas frágiles e indefensas no les falte el cuidado debido y los canales humanitarios preferenciales”.[5]

Otra amenaza global que la pandemia no ha interrumpido es el cambio climático. La aparición del COVID-19 fue repentina y específica; el cambio climático es un caso de larga duración que comenzó su curso moderno con la revolución industrial. A pesar de las diferencias, se combinan en su relevancia ética, social, económica, política y global. Afectan a todos los habitantes de la Tierra, y sobre todo a la vida de los más pobres y frágiles.

La respuesta no debe ser una de rechazo, sino de acogida; no debe ser de abandono, sino de protección. Estas crisis combinadas “apelan a nuestra responsabilidad de promover, con un compromiso colectivo y solidario, una cultura del cuidado, que ponga en el centro la dignidad humana y el bien común”.[6]

¿Es esto esperar demasiado? ¿Podrá la humanidad en 2021 confesar sus propios pecados y enmendar los comportamientos destructivos sobre los que la pandemia arrojó su despiadada luz? ¿Tenemos, como decimos los católicos, un “firme propósito de enmienda”? Cuando el Papa Francisco dedica un capítulo de Fratelli tutti a “La mejor política”, ¿creemos que esto es remotamente posible? Sí, sabemos con quién debemos solidarizarnos, pero estamos confundidos sobre en quién podemos confiar.

Así y todo, hay signos de esperanza. La Sección Migrantes y Refugiados ha tomado conocimiento de muchas iniciativas y actos de excepcional compasión para aliviar la situación de personas muy necesitadas durante la pandemia.

El espíritu del Buen Samaritano, cuya historia es central en la encíclica Fratelli tutti, está vivo en muchos lugares. Han surgido verdaderos santuarios y escuelas de solidaridad, tanto en persona como en línea: “En medio de la crisis, una solidaridad guiada por la fe nos permite traducir el amor de Dios en nuestra cultura globalizada […] tejiendo comunidad y apoyando procesos de crecimiento verdaderamente humano y solidario”.[7] Y así, nuestra esperanza, aunque golpeada durante la pandemia, no está perdida; la vacuna es como la buena noticia de la Resurrección que restaura y transforma: “siempre es posible volver a empezar, porque siempre existe una vida nueva que Dios es capaz de reiniciar en nosotros más allá de todos nuestros fracasos”.[8]

Incluso los discípulos se escondieron acobardados tras la crucifixión. Pensaron que nada bueno podría volver a suceder. Y hasta cierto punto, podríamos decir que estaban siendo “racionales”, “sensatos” o “lógicos”. Pero la lógica de Dios es que nada es imposible con su ayuda. Por eso, buscamos el poder de la Resurrección para que nos ayude a fortalecer nuestra determinación y a profundizar nuestra esperanza.

La Pascua nos enseña a renovar nuestra fe en Dios Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, a quien podemos implorar con confianza: “Envía tu espíritu y serán creados, y renovarás la faz de la tierra” (Sl 104,30). Pensemos en la enorme alegría pascual de creer tanto como para despertar una conversión efectiva que podría desacelerar, detener y eventualmente revertir la crisis climática. La enorme alegría pascual de una nueva forma de ver las cosas, de tal manera que las vacunas contra el COVID se distribuyan equitativamente y se administren eficazmente para dar a todos la inmunidad y la seguridad de una verdadera familia. La enorme alegría pascual de vivir Fratelli tutti y acoger a nuevos miembros en nuestras comunidades y parroquias, en nuestras escuelas y economía, en nuestra cultura y sociedad.

“Cristo resucitado es esperanza para todos los que aún sufren a causa de la pandemia”,[9] para que todos “caminemos una vida nueva” (Rom 6,4). Lo que la Pascua nos debería provocar —siempre, pero especialmente este año— es un impulso resonante y memorable de fe y esperanza: “¡No tengan miedo!”. El Señor Resucitado está con nosotros. Vaticano.

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