Homilías

XXXI Domingo del tiempo ordinario: “Yo te amo Señor”

XXXI Domingo del tiempo ordinario: “Yo te amo Señor”

Visitando la tierra de Jesús observamos que, en la puerta de cada habitación del hotel había un pequeño estuche llamado “Shemá” (o “Mezuzá”) porque contiene en su interior las famosas palabras bíblicas:
“Escucha Israel, el Señor nuestro Dios es solamente uno,
amarás al Señor tu Dios con todo el corazón,
con toda el alma, con todas tus fuerzas”.

El Shemá es la plegaria diaria del judío piadoso. Hoy nos la presenta la liturgia en el libro del Deuteronomio (6,2-6), de esta manera:
* Invitación a toda la familia para guardar los mandamientos.
* Habla de las promesas de Dios a los antepasados de Israel.
* El versículo 4 es el famoso Shemá que expresa la profesión fundamental de la fe judía, la fe monoteísta del pueblo de Dios: “Escucha Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es solamente uno”.
(La palabra shemá significa “escucha”.)

* En el versículo 5 está el mandamiento principal, el más importante de todos:
“Amarás al Señor tu Dios…”
* Finalmente pide que: “estas palabras que yo te mando hoy estarán en tu corazón”.
Esto indica que el amor de Dios es lo primero que hay que tener en cuenta antes que cualquier otra ley, antes de legislar.
Cumpliendo estos mandamientos te irá bien.

El salmo responsorial (18) es una bella oración de acción de gracias a Dios llena de amor hacia Él. Nos ayuda a hacer preciosos actos de amor a nuestro Creador:
“Yo te amo, Señor”.
Y le asigna diez títulos:
“Tú eres mi Fortaleza, Señor, mi Roca, mi Alcázar, mi Libertador, Dios mío, Peña mía, Refugio mío, Escudo mío, mi Fuerza salvadora, mi Baluarte”.
A este Dios maravilloso lo invocamos con el salmista, seguros de que nos librará de nuestros enemigos.
El salmo, que es muy largo, termina con esta hermosa invocación que recoge precisamente el salmo responsorial:
“Viva el Señor, bendita sea mi Roca, sea ensalzado mi Dios y Salvador”.

Los exegetas ven en la última frase una alusión a la victoria que Dios da a Jesucristo:
“Tú diste gran victoria a tu Rey. Tuviste misericordia de tu ungido”.
Continuando la liturgia con la presentación de Cristo sacerdote en la carta a los Hebreos, hoy nos lo describe como el sacerdote más grande “que está sentado a la derecha del trono de la Majestad en los cielos”.
Nos da algunas características especiales de Cristo sacerdote:
* Los otros sacerdotes eran muchos porque tenían que morir, pero Jesús, como permanece para siempre, “tiene un sacerdocio que no pasa”.
* Vive para interceder por nosotros y por eso puede salvar a todos los que acuden a Él.
* Estas son algunas de sus cualidades: Santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y encumbrado sobre el cielo.
* Él se ofreció una vez y para siempre y como su sacrificio era de valor infinito no necesita repetir multitud de sacrificios.
* Ese es Jesús, el único sumo y eterno sacerdote, que se ofreció por todos y nos salvó a todos.
Será bueno que con sencillez de corazón, al menos en este día, demos gracias a Jesús, el sacerdote que se sacrifica por nosotros: ¡gracias Jesús!
El Evangelio nos habla de un escriba que había escuchado la discusión anterior entre Jesús y los fariseos.
Y admirado del Señor se acercó a preguntarle: “¿Qué mandamiento es el primero de todos?”
Jesús le contesta con el Shemá, que es lo que hemos compartido hoy en la primera lectura del Deuteronomio:
“Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”.
Para Jesús el amor a Dios debe ir siempre acompañado del amor al prójimo. Por eso el Señor recuerda el Levítico 19,18 donde se enseña: “Amarás al prójimo como a ti mismo”.
Es de advertir que como el Señor hablaba en el ambiente del Antiguo Testamento no descubrió la profundidad del nuevo mandamiento: “Amaos unos a otros como yo os he amado”.
El verso aleluyático nos advierte que si amamos a Dios, guardaremos su Palabra y como recompensa seremos amados por Él y habitará con Jesús dentro de nosotros.
Quede claro para todos, el mensaje de este domingo: la primera obligación de toda criatura es amar a Dios.
Terminemos repitiendo gozosos: “Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza”.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

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