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Si Jesucristo fuera Presidente del Perú, por Francoscomentarios

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Imagina que este domingo electoral gana Jesucristo, el ‘Bravo’ de los bravos. ¡En primera vuelta! Todos viendo el ‘flash’. Titular de portada: «Jesús es elegido Presidente del Perú».

Sí, así, sin campaña, sin paneles, sin encuestas trucadas.
¡Jesús Presidente del Perú! en el día en que ‘curiosamente’ celebramos al ‘Señor de la Divina Misericordia’.

Entonces, primer día de gobierno.

Mensaje a la nación:
amor al prójimo, verdad, justicia, perdón, cero corrupción. Da al César lo que es del César (paga tus impuestos).

Todo perfecto.

Ahora… pasamos a la realidad:

El lunes, alguien se cola en la fila del banco.
El martes, otro mete “una ayudita” para agilizar un trámite.
El miércoles, un católico insulta a otro en redes “por el bien del país”.
El jueves, alguien miente… “pero chiquito nomás”.
Y el viernes, ya estamos diciendo:
“Bueno, pero tampoco hay que ser tan radical, pues…”

Y Jesús… Presidente.

¿Te das cuenta?

Nos encanta imaginar un líder perfecto…
pero no soportamos vivir como Él propone.

Porque el problema del Perú —y esto duele decirlo y escribirlo—
no es solo quién gobierna…

es cómo vivimos.

Siempre esperamos que alguien nos solucione la vida, que nos dé de comer, que nos regale plata, educación o medicina.

Ahí sí estamos en primera fila.

Pero cuando aparece la palabra “trabajo, esfuerzo”…
a muchos les sale roncha… y empieza la picazón.

Y si no tenemos plata, decimos: “por este gobierno estoy así”.
Y si no tenemos trabajo: “por los corruptos de la política”.
Y si hay tráfico: “por estos políticos todo está así”.

A todo le echamos la culpa a los demás…
porque nuestra esperanza está en ellos, y no en Cristo ni en nuestras propias fortalezas y perseverancia.

Jesús ya estuvo aquí… y no vino en campaña, vino en sandalias.

Caminó entre la gente, sin escoltas ni discursos preparados.
Se detuvo con los que nadie miraba.
Tocó al enfermo que todos evitaban.
Le devolvió la vista al ciego, la esperanza al cansado, la dignidad al que ya se sentía perdido.

Miró a los ojos… de verdad.
No como político, sino como quien te conoce por dentro.

Perdonó.
Sanó.
Amó… hasta el extremo.

Y aun así…

no todos le creyeron.
Muchos lo criticaron.
Algunos se burlaron.
Y uno de los suyos… lo vendió.
Finalmente, lo mataron colgándolo en la Cruz.

Entonces, siendo sinceros —pero sinceros de verdad—

ni siquiera con Jesús gobernando el Perú
esto cambiaría automáticamente.


Y de hecho lo vacan aquí en Perú, ni lo duden.

Porque el problema nunca fue falta de luz…
sino falta de querer abrir los ojos.

El cambio no empieza en Palacio,
empieza en el corazón.

En ese pequeño momento donde decides no mentir.
Donde eliges hacer lo correcto aunque nadie te vea.
Donde dejas de echarle la culpa a todo… y empiezas a responder con tu vida.

El Perú no se transforma por decreto.
Se transforma por decisión.

La tuya…
y la mía.

Entonces, claro… llegan elecciones…
y la olla hierve.

Hierve fuerte.

Se queman amistades, se rompen familias,
y —lo más triste—
se dividen católicos.

Porque ahí aparecen los nuevos “apóstoles” de las redes sociales:

“católico de izquierda”
“católico de derecha”

Como si la fe fuera camiseta de clásico.
Como si el Evangelio tuviera color político.

No, pues.

Eso no existe. Muchos católicos (laicos, sacerdotes, religiosos, obispos, cardenales) han caído en esas etiquetas que crean división y que no existen en el Magisterio, Biblia, Catecismo ni Doctrina de la Iglesia Católica.

Existe el católico… a secas. Y punto.
El que sigue a Cristo, no a una etiqueta.

El que puede tener opinión política, sí…
pero no convierte su ideología en credo.

Porque cuando haces eso…
dejas de anunciar a Cristo
y empiezas a defender banderas.
Incluso curas con sotana dando lástima en sus TikTok o programas en redes sociales pidiendo a la gente votar por uno o no votar por el otro.

Y ahí se nos mete la politiquería en el alma…
como humedad en pared antigua:
silenciosa, fea, desagradable al olfato y difícil de sacar.

Y terminamos peleándonos entre nosotros,
los que comulgamos el mismo Cuerpo,
los que rezamos el mismo Padre Nuestro.

Como si Jesús hubiera dicho:
“Ámense los unos a los otros… excepto en elecciones”.

No.

Vemos católicos que han salido a los mítines con gorros, polos, banderolas,
pero el domingo ni van a la iglesia que está a cuatro cuadras de casa.
Y menos gritan que ‘Jesús ha resucitado’.

Hacemos tanta bulla para elegir presidente…
como si estuviéramos eligiendo al salvador del país.

Y al final…
en meses —o semanas—
ya estamos hablando de vacancia.

Es como enamorarse un domingo…
y querer terminar el lunes.

Mucho ruido.
Poca paciencia.
Cero conversión.

El Perú necesita buenos gobernantes, claro.
No solo que en campaña electoral se acuerden de esa frase bendita: “amor a los pobres”, y después guarden esa frase entre los fajos de sus sueldos hasta las próximas elecciones.

Necesitamos, con urgencia, algo más profundo:

peruanos convertidos día a día, codo a codo, hombro a hombro.

Gente que no necesite cámaras para ser honesta.
Que no espere leyes para ser justa.
Que no cambie de valores según el candidato.

En resumen —y aquí va la verdad sin filtro—
ni aunque Jesucristo fuera Presidente…

este país cambiaría si nosotros seguimos siendo los mismos.

Que el ‘outsider’ seas tú mismo…
y que ganes las elecciones.

Pero no las de un país,
sino las más importantes:

las que decides cada día
entre el bien y el mal,
en tu vida…
y en la de los demás.

Que este domingo electoral, Dios derrame en abundancia gracias y bendiciones a nuestro querido Perú.

Y si quieres ganar sí o sí algo este domingo, que sean las indulgencias plenarias del Domingo ‘Fiesta del Señor de la Divina Misericordia’: CLICK AQUÍ.

Por: «Franco…el que leyó los 35 planes de gobierno de los candidatos y se quedó dormido».