El Sacerdote que se siente superior al laico y dueño de la parroquia, por Francoscomentarios
Hay sacerdotes que no solo se creen importantes, se creen imprescindibles. Se adueñan de la parroquia como si la parroquia viniera con escritura pública incluida en la ordenación. Destruyen lo que el sacerdote anterior ha hecho y dividen a la comunidad.
Dicen “las malas lenguas” que la sotana tiene poder, pero el que verdaderamente tiene poder es Dios y su infinito amor para todos: laicos, religiosos, consagrados, presbíteros y demás. ¡Por todos!
Pero hay de aquellos que respingan su nariz y todo les es inferior, o que por “destacar” hacen cambios hasta maliciosos porque simplemente alguien lo hace mejor que ellos.
Señores, de esos curas hay, y muchos, tanto en nuestro querido Perú como en el mundo.
Sonará rarísimo, pero pareciera que quisieran destruir la Iglesia en todo sentido, como si fuera su misión dividir, aniquilar, borrar.
Se olvidaron del amor, del servicio, de la caridad, de aplaudir a otro que hace las cosas mejor que ellos, y son tan inferiores que deben hacer esto para “llamar” la atención. Su ego y sus complejos los aniquilan. Pero eso no solo es lo peor, porque el demonio reina en su interior, sino que destruyen la comunidad de fieles y crean un ambiente frío, pálido, sin color y sin sabor a Cristo.
Se adueñan de todo, cambian a su antojo, sin sentido, sin cristiandad. Como quien decide destruir por maldad.
Se creen superiores porque andan con los obispos, cardenales; o el otro extremo, si “nadie de la jerarquía le da bola”, trata de hacerse un “nombre” vomitando su amargura porque cree que merece ser obispo, cardenal o hasta Papa.
Y si no eres de su círculo… no existes.
Si no piensas como él… estás mal.
Si propones algo… lo apaga.
Si destacas… te baja.
Y si vienes con algo bueno que dejó el cura anterior… lo borra.
Hay sacerdotes que destruyen lo que encuentran.
Llegan…
y en vez de discernir… arrasan.
Cambian todo.
Eliminan todo.
Invalidan todo.
Como si lo anterior no valiese.
Como si años de servicio…
fueran un error que hay que borrar.
No construyen.
Imponen.
No continúan.
Reinician.
No cuidan.
Controlan.
Y claro… todo en nombre de “ordenar”.
Esa palabra que a veces suena tan bonita…
pero se usa como martillo.
Botan “a dedo” a personas de los grupos parroquiales porque simplemente no les gustan, o porque son muy cercanos al cura que se fue. Creo que debieron ser políticos, hubiesen encajado perfecto bajo su lema “divide y gobierna”.
Un sacerdote me decía: unos entran al seminario por vocación y otros por “ocasión”… y cuando decía “ocasión”, se llevaba los dedos a la boca varias veces, como quien dice: entraron solo a comer, tener techo… y ser servidos.
Pero la Iglesia no es un proyecto personal.
No es un lienzo en blanco para el ego del padre de turno.
Es una historia viva.
Es comunidad.
Es memoria.
Esa “maldad” mata iniciativas.
Apaga vocaciones.
Divide comunidades.
Y lo más triste…
ridiculiza la fe.
La vuelve un juego de poder.
Una cosa tensa.
Una experiencia donde servir a Dios
termina siendo sobrevivir al carácter del padre.
Perdón… pero hay que decirlo así…
Eso no es autoridad.
Eso es ego con sotana.
Porque la autoridad en la Iglesia no es para controlar.
Es para servir.
Y cuando alguien usa su lugar para imponer, excluir y construir su grupito de elegidos…
no está reflejando a Cristo.
Está reflejando otra cosa.
Más humana.
Más pobre.
Más triste.
La Iglesia enseña que el sacerdote no es dueño de la comunidad, sino servidor de Cristo y administrador de los misterios de Dios. Su misión nace del sacramento del Orden, por el cual actúa in persona Christi, es decir, en la persona de Cristo Cabeza, no en nombre propio. Por eso, su autoridad no es para imponerse, sino para edificar, santificar y guiar al Pueblo de Dios con caridad y humildad, siguiendo el ejemplo de Cristo, el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas.
Asimismo, el Derecho Canónico recuerda que los pastores están obligados a ejercer su ministerio buscando el bien espiritual de los fieles, escuchándolos y fomentando la comunión eclesial, no actuando de manera arbitraria o autoritaria. El sacerdote es cooperador del obispo y está llamado a servir, no a dominar, reconociendo que la Iglesia no le pertenece, sino que es de Cristo. Su tarea no es controlar a los fieles, sino acompañarlos, discernir con ellos y ayudarlos a crecer en la fe.
Jesús no tenía “su gente favorita”.
No armó club VIP.
No dijo “estos sí, estos no”.
Al contrario…
Se acercaba al que no caía bien.
Al que no encajaba.
Al que nadie quería.
Y encima…
lavaba pies y tocaba leprosos.
No levantaba murallas.
Y aquí viene lo incómodo…
Muchos laicos se quedan callados.
Por miedo.
Por respeto mal entendido.
Por evitar problemas.
Y el ambiente empeora en silencio.
Porque cuando nadie dice nada…
el abuso de autoridad se siente validado.
Ojo… no es faltar el respeto.
Pero tampoco es aguantar todo.
Porque la Iglesia no es cuartel.
Y el sacerdote no es dueño.
Es servidor.
Y si se olvida…
hay que recordarlo.
Con caridad… sí.
Pero también con verdad.
Porque mientras uno cree que está “manteniendo el orden”…
puede estar alejando almas.
Y eso…
ya no es un detalle.
Al final… todo se reduce a algo bien simple:
El sacerdote no está para que la gente gire alrededor de él. La sotana no lo hace más que tú; al contrario, te anima, te aconseja, te ayuda de hombro a hombro. A veces caemos en falsos respetos. Y en muchas ocasiones los endiosamos como ‘seres superiores, superdotados, casi nivel Dios’ y ahí también contribuimos a que se la crean.
Hermanos, el sacerdote está para llevarnos a Dios.
Y cuando alguien ocupa ese lugar para brillar, controlar o imponer…
no está construyendo Iglesia.
Está construyendo su pequeño reino.
Y esos reinos…
no duran.
Porque lo que no se levanta sobre Cristo…
se cae solo.
Ojalá algún día…
en vez de entrar a parroquias donde todo es “no”…
entremos a lugares donde se respire algo distinto.
Donde te miren como hijo… no como estorbo.
Donde servir no sea un privilegio condicionado…
sino una alegría compartida.
Porque la Iglesia no necesita dueños.
Necesita pastores…con olor a oveja.
Por eso, oremos por todos los sacerdotes para que sean imitación de Cristo, que enseñen a amar, perdonar. Oremos por los que están haciendo las cosas a semejanza de Cristo, y también por aquellos que tienen la sotana como disfraz.
Recuerden que estos malos elementos están de pasada por tu parroquia, algún día los tienen que cambiar sí o sí. No es consuelo, pero algo alivia saberlo.
Y, sobre todo, todos nosotros estamos por Cristo; no vamos a la Iglesia porque nos cae bien o mal el padre. Él es humano. Nosotros vamos por lo divino.
Y, si no puedes ni aguantarlo de tan solo verlo, tienes, al menos en Lima, otra parroquia a no más de 15 minutos.
Lo importante es tu vida espiritual y que no mezcles la indiferencia o maldades del cura con el amor de Dios.
Pienso que quizá es mejor colgar la sotana antes de seguir haciendo daño a miles de almas que solo quieren encontrarse cara a cara con Cristo misericordioso, no con sus complejos, frustraciones y maldades…A veces menos es más.
“Así también ustedes, por fuera parecen justos ante los hombres, pero por dentro están llenos de hipocresía y maldad”, Jesús.
Cuando un sacerdote se cree dueño… ya dejó de ser padre.
Por: «Franco…el que vio más ego que Eucaristía y más complejos que vocación».

Periodista y director de Perú Católico. Escribe en su sección Francoscomentarios, un espacio donde la fe piensa, opina y no se queda callada.

