Señoras y mayorcitas: los motores de la Iglesia que nunca se apagan y pocos reconocen
Las señoras y las abuelitas son columnas de rocas vivas de la evangelización. Esa es una verdad que muchas parroquias saben, pero no muchos la dicen ni la aceptan. Son el alma y motor de la Iglesia en el Perú y en el mundo. Ellas son diamantes puros.
Las estadísticas señalan que el 70% de vida parroquial son mujeres. Están presentes en casi todos los grupos parroquiales y tienen una capacidad para organizarse extraordinaria.
Parece que tienen 7 vidas, pasan los años y siguen asistiendo a sus grupos parroquiales sin desfallecer.
Los fines de semana participan de sus grupos y de la Santa Misa.
Llegan puntuales, rezan el Santo Rosario por la mañanita, participan del coro, de las lecturas, de la colecta, de adorar al Santísimo y turnarse.
Donde hay necesidad, ahí están ellas como hormiguitas trabajadoras por el reino de Dios. Son casi invencibles porque incluso muchas de ellas durante la semana también se reúnen y participan hasta del lonchecito.
Y son las que siguen ahí cuando todos ya se fueron: acomodando las flores del altar, ordenando los cancioneros, velando por todo como quien imita a María Santísima en el servicio… siempre sirviendo a los demás, siempre amando a los demás.
Porque mientras algunos pelean en redes y se creen ‘puritanos’…
ellas cargan la Iglesia en la tierra.
Sí, cargan.
No con discursos…
con las manos.
Sin sueldo.
Y si hay actividad…
no piden permiso, son las primeras en resolver:
🥟 tamales calientitos
🍗 pan con pollo
🍢 anticuchos
🍩 picarones
Venden todo y de dónde sea sacan dinero y llegan a la meta en sus actividades. Un poco más y venden hasta el padrecito. Son buenas administradoras.
Todo con el fin de recaudar fondos para las miles de necesidades de su parroquia, que es en realidad su casa, ellas sienten que están sirviendo directamente a Dios. Y así es.
También se convierten en las “mamás” o “abuelitas” de los padrecitos.
Las que los engríen.
Las que les preguntan si ya comieron.
Las que aparecen con su táper de comida o de algún dulcecito.
Las que lo cuidan…
y a veces lo sobrecuidan.
Las que lo acompañan…
y sí, también las que de vez en cuando
le deslizan su propinita en un sobre al padrecito,
para sus gustitos. A veces son billetitos y otras veces moneditas, dejando de lado muchas veces algún gustito para ellas mismas. Son ahorrativas.
Porque no solo sostienen la parroquia…
también sostienen a los que la guían.
Porque cuando el padre convoca a toda la feligresía para algún evento o necesidad, ellas responden de inmediato.
Aunque sea a las 5 o 6 de la mañana para rezar y organizar el Rosario.
Aunque haga frío y lluvia.
Aunque el cuerpo ya no dé como antes.
Ahí están.
Rosario en mano.
Fe intacta.
¡Están en todas!
Mientras muchos siguen en la cama…
ellas ya están rezando por todos.
Pues hacen lo que muchos ya no hacen:
Evangelizan.
Aprenden.
Sostienen.
Son testimonio.
Y sobre todo…
aman a Dios.
Y sí… también tienen su “don especial”
Porque son las primeras en servir…
pero también las primeras en enterarse.
Saben quién vino, quién no vino,
quién se confesó…
y quién está a dos pasos del infierno.
Pero ojo…
detrás de ese “chismecito parroquial” que tanto criticamos a algunas…
hay algo que muchos ya perdieron:
pertenencia.
Porque ellas viven su propia vida cristiana estando en la ‘cancha’…
Sin likes.
Sin aplausos.
Sin micrófono.
Mientras otros exigen “una Iglesia más esto” o “menos aquello”…
ellas simplemente son Iglesia en salida, con errores y con aciertos,
pero al fin y al cabo en lucha cristiana, con zapatos desgastándose por Dios y por el prójimo.
Porque cuando el entusiasmo se enfría…
cuando los jóvenes se distraen…
cuando los hombres desaparecen…
ellas se quedan.
Firmes.
De rodillas.
Fieles.
Con sus pasos lentos…
con sus rosarios ya gastados por los años…
Ahí está escrita la vida misma.
Son rostros donde el tiempo no solo pasó…
formó.
Porque en cada arruga hay una historia…
y en cada historia, una cruz.
Pero no cualquier cruz:
cruces que, con el Señor, se fueron transformando.
No en peso…
sino en vida.
Pero su fe no es de la noche a la mañana…
Les pregunto: ¿Quién no ha entrado a sus casas antiguas del Perú y ha visto el cuadro del Sagrado Corazón de Jesús reinando en la pared?
Grande. Presente. Mirándolo todo. Viejito y desgastado. Pero llenito de amor y de plegarias.
Hablamos mucho de que el Perú es católico…
pero hay que aterrizar esa frase.
Porque ese “Perú católico” no es un concepto.
Tiene rostro.
Y ese rostro…
son ustedes forjadoras silenciosas
de que este país no se caiga a pedazos.
Porque donde otros siembran división,
gritos, peleas, discordia…
ustedes siembran fe.
Y eso —aunque no salga en ‘El Comercio’, ‘Trome’ o en ‘Cuarto Poder’—
es lo que realmente sostiene a una nación.
Somos herederos de esa fe que viene desde nuestras madres y las abuelas.
De esas bellas abuelitas que fueron nuestras primeras maestras:
las que nos llevaron a Misa,
las que nos enseñaron a rezar,
las que metieron a Dios en la casa.
Y la vida da una vuelta hermosa…
Porque esos nietos, ya grandes,
terminan llevando a esas mismas abuelitas…
aunque sea en silla de ruedas o sujetándolas con su bastón.
Eso deja huella.
Marca el corazón.
Se queda en un rosario…
o en cada domingo de Misa.
La verdad duele… pero es hermosa:
Si un día faltaran estas bellas señoras…
muchas parroquias cerrarían en semanas.
Son el pulmón de la Iglesia.
Y siempre siguen en busca de Dios. Por ejemplo, es enternecedor y hermoso ver cómo, en cada congreso formativo de ‘Perú Católico’, son ellas las primeras en anotarse para seguir creciendo y profundizando en la fe. Eso habla… y susurra esperanza, amor, un deseo sincero de conocer más a Dios. Más que sentirse sabias, buscan enamorarse más de Dios, y créanme que Dios de ustedes.
Hoy les rindo homenaje…
a todas aquellas ‘jóvenes del ayer’ que siguen a Cristo, y que embellecen más la Iglesia.
A ellas que no se han bajado del camino.
Y que quieren estar… hasta el final gastándose por Jesús en sus parroquias.
A ustedes les digo en nombre de todo el pueblo de Dios: ¡Mil millones de gracias!
Porque mientras estén…
la Iglesia tendrá vida.
Y cuando ya no estén…
dejarán una huella en el alma como herencia de fe.
Herencia que vale más que una casa y muchas cuentas bancarias.
¿Y cómo no quererlas…
con esos “gallos” de medianoche en los cantos de la Iglesia?
Muchas desentonadas… sí.
Pero también valientes.
Porque mientras otros se quedan callados por vergüenza…
ellas cantan.
Sin miedo.
Sin filtro.
Sin afinador.
Y lo mejor de todo:
a Dios le agrada.
Que es lo único que realmente importa.
Así que sigan…
con sus gallos,
con sus voces,
con su manera tan suya de alabar.
Sigan haciendo “ruido”…
de ese que no molesta,
de ese que despierta y también ‘catanea’ nuestra propia existencia.
Son ustedes…
las flores de la Iglesia que no se marchitan.
No abandonen sus parroquias, no abandonen al padrecito, no nos dejen nunca, porque recuerden que ustedes están por Jesús que da un amor supremo, paz y sanación interior.
Perdonen si alguna vez las hicimos sentir menos o no les dimos o damos el lugar que se merecen.
Y yo estoy seguro de algo…
Que cuando este mundo pase…
cuando todo se apague…
allá, en el cielo, habrá justicia.
No la de los aplausos de aquí,
no la de los reconocimientos humanos…
sino la verdadera.
La de Aquel
a quien ustedes siguieron sin cansarse…
o incluso cansándose, no tiraron la toalla ni el bastón.
La de Jesús mismo.
Y será Él mismo a quien ustedes tanto adoraron en cada Santísimo expuesto
quien las mire,
quien las llame a cada una por su nombre…
y les diga abriendo sus brazos,
sin micrófonos ni escenario…
“Gracias por tanto… gracias por no soltarme nunca. Mereces entrar a la Casa de mi Padre por la eternidad”.
Por: «Franco… el que cree, sin lugar a dudas, que las ‘señitos’ entrarán primero al Reino de los Cielos».

Periodista y director de Perú Católico. Escribe en su sección Francoscomentarios, un espacio donde la fe piensa, opina y no se queda callada.

