Día de la Madre: “Mamá solo hay una… y no es para siempre”, por Francoscomentarios
“Y un día, sin estar preparados y quizá a medianoche, mamá dejará este mundo y nunca más estará sentada en ese lugar de siempre”. Hónrala hoy y todos los días que le queda.
Y entonces, si parte, las lágrimas ya no podrán abrazarla.
Ni escucharla.
Ni devolver el tiempo.
Porque hay tristezas, enfermedades, depresiones y soledades que quizás pudieron aliviarse cuando ella todavía estaba aquí… con un abrazo, una visita, una conversación o simplemente haciéndole sentir que seguía siendo importante.
Y sí…Un día mamá dejó de caminar rápido.
Pero nadie dijo nada.
Simplemente empezó a subir las escaleras más despacio.
A cansarse más temprano.
A pedir ayuda para cosas que antes hacía sola.
A quedarse callada mirando recuerdos.
A emocionarse cuando sus hijos la visitaban un rato más de lo normal.
Y quizás lo más triste es que muchos hijos ni siquiera notaron cuándo ocurrió.
Porque la vida siguió.
El trabajo siguió.
El celular siguió.
Las preocupaciones siguieron.
Ella siguió siendo esa columna que sostiene con el corazón y oraciones.
Y mientras el mundo corría… mamá fue envejeciendo en silencio.
La misma mujer que un día nos cargó en brazos.
La que se quitó cosas para dárnoslas a nosotros.
La que soportó preocupaciones, noches sin dormir y lágrimas escondidas para que sus hijos estuvieran bien.
Ahora espera algo muchísimo más sencillo:
tiempo.
Cariño.
Presencia.
Porque llega una edad en que las madres ya no esperan grandes regalos.
No necesitan lujo.
No necesitan aparentar nada.
Muchas solamente quieren que sus hijos las abracen más seguido.
Que las llamen.
Que se sienten a conversar sin mirar el reloj.
Que las acompañen a Misa.
Que recen juntos.
Que las hagan sentir importantes todavía.
“Un día mamá no estará en su silla, solo en tu corazón”
Hay mamás mayores que esperan toda la semana una visita que nunca llega.
Y aun así siguen diciendo:
“Hijito, no te preocupes… yo estoy bien”.
Aunque por dentro extrañen profundamente.
A veces creemos que amar a mamá es darle cosas materiales.
Pero quizá el regalo más grande para una madre anciana es sentir que todavía ocupa un lugar importante en el corazón de sus hijos.
Mirarla a los ojos.
Escucharla repetir las mismas historias mil veces
Tomarle la mano.
Caminar despacio a su lado.
Preguntarle cómo se siente.
Y darle algo que vale más que cualquier regalo caro:
tiempo verdadero.
Porque llegará un día en que la silla donde se sentaba quedará vacía.
Y entonces entenderemos que aquellos momentos simples eran en realidad los más valiosos de toda la vida.
Por eso, si todavía tienes a tu mamá contigo…
abrázala más fuerte.
Visítala más seguido.
Tenle paciencia.
Llévala a Misa.
Y cuando reces por la noche, dile a Dios algo muy sencillo:
“Señor, cuida muchos años más a mi mamá”.
Hay hijos que llegan el Día de la Madre con peluches, chocolates y flores para tomarse fotos con ellas y subirlas a sus estados de WhatsApp, Instagram o Facebook… pero durante el resto del año casi nunca llaman, no visitan y ni siquiera saben cómo se siente realmente mamá.
Y algunos hasta les regalan el celular último modelo, lleno de tecnología que ellas ni entienden… pero ni con eso las llaman después.
Y también están aquellos hijos que casi nunca estuvieron presentes… pero cuando mamá ya está dentro de un ataúd, lloran desconsolados y llegan con las rosas más costosas cuando en vida ni un pétalo dieron. Ni una medicina, ni una visita, ni unos minutos de atención.
Y ahí el corazón entiende demasiado tarde algo doloroso:
el amor que no se da a tiempo… deja heridas que duran toda la vida. Arrepentirse no sirve de mucho.
Y hay de los otros hijos que dieron todo por ellas en vida y que hoy cambiarían carros, casas, joyas y todo el dinero del mundo… por volver a escuchar la voz de su mamá una sola vez más.
Y eso lo pueden entender profundamente quienes hoy ya no tienen a mamá.
Porque ese vacío nunca vuelve a llenarse del todo.
Es una herida silenciosa que uno aprende a cargar para siempre.
Y quizás el único consuelo que queda es mirar hacia atrás y saber que, dentro de nuestras limitaciones, intentamos darle amor, tiempo, compañía y gratitud mientras todavía estaba aquí.
Poder decirle:
“Gracias, mamá… por tanto.”
Y también:
“Perdón… por tan poco.”
Pero incluso después de la muerte, el amor verdadero no desaparece.
Permanece.
En los recuerdos.
En las enseñanzas.
En la fe.
Y en ese vínculo invisible que sigue uniendo a una madre y a sus hijos más allá de esta tierra.
Porque fue ella quien nos enseñó a amar.
Y será ese mismo amor el que, si Dios lo permite, nos volverá a reunir algún día en la eternidad.
Y quizás por eso los regalos más valiosos para una mamá no son los que tienen precio.
Ni la ropa de marca.
Ni las rosas que se marchitan después de unos días.
Porque los regalos más hermosos son aquellos que nacen del amor… y permanecen delante de Dios.
Una oración hecha con el corazón.
Una Santa Misa ofrecida por ella.
Su nombre llevado hasta Fátima.
Y un detalle espiritual que le recuerde cuánto significa para sus hijos.
Porque hay regalos que emocionan unos minutos…
pero hay otros que abrazan el alma y llevan a Dios.
Por eso, si este ‘Día de la Madre’ quieres darle algo auténtico, diferente y profundamente espiritual, hemos preparado un regalo muy especial para que la sorprendas:
una Santa Misa por mamá en Fátima, un bello diseño de ‘Pergamino Mariano’ con su nombre y el tuyo que nunca olvidará, además de un libro digital sobre la Virgen María para seguir acercando su corazón a nuestra Madre del Cielo…
🎁👉 ANOTA a mamá y RECIBE todos sus regalos dando ¡CLIC AQUÍ!
¡Feliz día a todas las mamitas que han leído este artículo!
✍️ Por: «Franco…el que cree que a mamá no se le ama un ‘solo día’, sino todos los días de la vida».

Periodista y director de Perú Católico. Escribe en su sección Francoscomentarios, un espacio donde la fe piensa, opina y no se queda callada.

