Golpe de pecho solo los domingos, por Francoscomentarios
Hay un sonido muy conocido en Misa.
No es la campanita.
No es el órgano desafinado.
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Es ese toc-toc discreto —pero convencido— del golpe de pecho en el “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”.
Ahí somos campeones mundiales.
Nos golpeamos el pecho con fe, con ritmo, casi con técnica. Algunos hasta con emoción. Y uno dice: “Caray, qué humildad la de este pueblo”.
El problema es que, saliendo del templo… la humildad se queda sentada en la banca.
Porque el lunes, ese pecho que el domingo era penitente, se vuelve inflado.
Inflado en el tráfico.
Inflado en la chamba.
Inflado en la casa.
Inflado con el mozo, con el vigilante, con la señora que se demora, con el que piensa distinto.
El domingo pedimos perdón.
El lunes repartimos juicios.
El domingo decimos “Señor, no soy digno”.
El lunes somos expertos en decirle a todos cómo deberían vivir.
Y ojo, no hablo de los demás.
Hablo también de mí.
Porque este artículo no se escribe mirando desde arriba, sino desde el mismo banco donde me siento.
Nos encanta el gesto externo.
Porque es más fácil golpearse el pecho que revisar el carácter.
Más sencillo pedir perdón en coro que pedirlo en casa.
Más cómodo confesar pecados genéricos que corregir el mal genio concreto.
Jesús nunca tuvo problema con los gestos…
Tuvo problema cuando el gesto no coincidía con la vida.
La fe no se demuestra por la fuerza del golpe,
sino por la suavidad del trato después.
Por cómo hablamos cuando nadie nos escucha rezar.
Por cómo tratamos al que no puede devolvernos nada.
Por cómo reaccionamos cuando algo no sale como queremos.
Tal vez el golpe de pecho no debería quedarse en el pecho.
Tal vez debería bajar a las manos,
a la lengua,
al corazón.
Porque un cristiano no se mide por lo bien que se acusa el domingo,
sino por lo poco que acusa el resto de la semana.
Y no se trata de ser perfectos.
Se trata de ser coherentes… aunque sea un poquito más cada día.
Que el “por mi culpa” no sea solo un momento litúrgico bonito,
sino una actitud cotidiana, humilde, real.
Aunque duela.
Aunque cueste.
Aunque nos quite la razón alguna vez.
Porque de nada sirve golpearse el pecho con fuerza
si seguimos pisando al prójimo.
Por: «Franco…el que se golpeó el pecho el domingo y el lunes le quedó morado».

Periodista y Columnista en ‘Perú Católico’. Dice lo que muchos fieles piensan, pero no se atreven a decir. Sus artículos son los más leídos por su mensaje, acompañado de la sinceridad y el humor.

