www.perucatolico.com

“Mi padrino es el Papa León: me dio mi nombre y siempre lo he querido”

papa leon ahijada peruana 2

‘Perú Católico’ ha tenido la bendición de conversar con Mildred Camacho, ahijada del ahora Papa León XIV, el primer Papa peruano de la historia. En medio de un momento profundamente significativo para la Iglesia y para el país, su testimonio ofrece una mirada íntima y cercana a la dimensión humana, espiritual y familiar de quien hoy guía a la Iglesia universal.

Lejos del titular y del protocolo, Mildred comparte recuerdos, vivencias y reflexiones que nacen desde la fe, la gratitud y el respeto profundo. Su relato nos permite conocer no solo el vínculo que la une a su padrino, sino también cómo ese ejemplo de servicio, humildad y entrega ha marcado su vida desde la infancia hasta hoy.

Canal de WhatsApp de Perú Católico
Recibe gratis nuestras publicaciones en tu WhatsApp.

En esta entrevista, Mildred nos habla de su historia personal, de su familia, de su camino como mujer y madre, y de lo que significa acompañar, desde la oración y el corazón, a quien siempre ha admirado y que hoy carga con la responsabilidad pastoral más grande de la Iglesia. Un testimonio sincero que refleja cómo la fe se vive en lo cotidiano y cómo el amor por la Iglesia se transmite de generación en generación.

A continuación, compartimos esta conversación especial, que nos invita a mirar al Papa León no solo como Pontífice, sino también como pastor cercano, y a descubrir cómo su testimonio sigue tocando vidas dentro y fuera del Perú.

Mildred, gracias por estar con nosotros en Perú Católico. Hoy muchos te conocen como la ahijada del Papa León, pero detrás de ese título hay una historia de familia, fe y vida cotidiana. Queremos que nos cuentes quién eres tú, de dónde vienes y qué ha significado para ti, a lo largo de los años, tenerlo como padrino y hoy verlo como Papa.

Buen día, gracias por la entrevista. Soy natural de Chulucanas, una ciudad ubicada a aproximadamente tres horas de Chiclayo. Tengo 29 años, soy madre de dos niñas y actualmente me dedico al hogar. Estudié Terapia Física y Rehabilitación en la Universidad Católica de Chulucanas, pero debido al cuidado de mis hijas decidí dedicarme plenamente a ellas, y me siento muy feliz haciéndolo.

Soy la ahijada del ahora Papa León, y algo que he repetido a todos los medios desde el primer día es que mi orgullo por él ha existido desde siempre, desde que era muy pequeña.

Recuerdo que cuando tenía cinco o seis años, aun sin saber leer, mi papá me llevaba a las cabinas de internet. Allí imprimía las cartas que él me enviaba por correo, junto con las fotos de sus viajes, y yo las llevaba al colegio para mostrarlas con orgullo: “Miren, él es mi padrino, está viajando”. Hay una imagen que recuerdo con mucha claridad: una foto suya en el Vaticano junto a Juan Pablo II, que yo mostraba con entusiasmo diciendo: “Miren, él es mi padrino”.

En ese entonces, muchas personas no me prestaban mayor atención; lo tomaban con naturalidad y seguían con lo suyo. Sin embargo, mi orgullo por él siempre estuvo ahí.

La diferencia entre antes y ahora es que hoy muchas personas también lo reconocen como Papa y comparten conmigo esa alegría. Pero el orgullo y la felicidad que siento por él no han cambiado: han estado conmigo desde que tengo uso de razón, porque mi papá toda la vida me habló de él con profunda admiración.

¿De qué manera los consejos o palabras que él te ha dado han influido en tu vida espiritual?

El consejo que siempre me ha dado es que viva con alegría y que lo tenga presente en sus oraciones. Ese mensaje, sencillo pero profundo, me ha acompañado en distintos momentos de mi vida.

Las pocas veces en que he tenido la oportunidad de coincidir con él en persona, solía quedarme en silencio. Sabía perfectamente frente a quién estaba: no solo era mi padrino, sino también la persona que más admiraba desde pequeña. Tenerlo delante de mí me imponía un profundo respeto.

Mientras él conversaba con mi papá, en mi mente se repetían una y otra vez las mismas preguntas: ¿qué le hablo?, ¿qué le digo?, ¿y si digo algo que no le gusta? Pensaba y repensaba qué decirle, pero al final ese respeto y admiración terminaban por dejarme callada.

¿Qué significó para ti crecer teniendo su figura como padrino?

Mi padrino ha sido una influencia muy importante en mi vida. El hecho de que él sea mi padrino y, además, una figura tan significativa dentro de la Iglesia, ha marcado profundamente mi manera de ser y de vivir mi fe.

Yo me considero una persona católica y, en la medida de lo posible, también practicante. Desde siempre he sentido el deseo de destacar en algo, no por vanidad, sino porque quería que él pudiera sentirse orgulloso de mí. Sin embargo, aunque me siento profundamente honrada de ser su ahijada, muchas veces no me siento merecedora de ello.

Ahora, con su nombramiento como Papa, ese sentimiento se ha intensificado. Más que orgullo, lo que experimento es una especie de pudor o respeto profundo: no siempre siento estar a la altura de lo que significa ser su ahijada ni de todo el mérito que él representa.

He seguido de cerca su trayectoria a través de las noticias: sus estudios, los títulos que fue recibiendo y, sobre todo, su entrega como persona al servicio de la comunidad. Todo eso siempre lo he admirado profundamente. Desde mi propia realidad y con los medios que he tenido, he tratado de seguir su ejemplo, no para igualarlo, sino para vivir de acuerdo con los valores que él encarna.

Durante la pandemia, por ejemplo, junto con mi familia realizamos actividades solidarias para ayudar a personas que lo necesitaban, como la entrega de canastas de víveres. De alguna manera, aquello que él ha hecho a gran escala, yo he intentado reproducirlo en lo pequeño, desde donde me ha sido posible.

Más que hacerlo para honrarlo directamente, lo he hecho para mantener coherencia con mi fe y con mi identidad como católica. No se trata de una obligación, sino de una convicción profunda: el catolicismo nos llama a ser amables, a apoyarnos, a querernos y a vivir en comunión, como una sola Iglesia.

¿Guardas algún recuerdo o detalle especial que él te haya obsequiado?

No he tenido muchas oportunidades de conservar recuerdos materiales con él, porque desde muy joven, cuando ya conocía a mi papá y aceptó ser mi padrino, su vida estuvo marcada por los viajes constantes, tanto por el Perú como por el mundo, debido a su labor pastoral. Por eso, las veces en que hemos coincidido han sido pocas y, en su mayoría, de manera casual.

Generalmente, me enteraba de que tendría alguna misa o actividad con poca anticipación, y ese era el momento en que lograba coincidir con él. Él venía por trabajo y yo procuraba ir muy temprano, incluso madrugando, para poder saludarlo aunque fuera unos minutos antes de sus celebraciones y, al finalizar, despedirme brevemente.

Así ocurrió varias veces cuando le tocaba celebrar misas en Chulucanas o en Morropón, una ciudad ubicada aproximadamente a una hora. En esas ocasiones, hacía todo lo posible por llegar temprano, encontrarme con él antes de la misa y acompañarlo también al final, aunque solo fuera por diez minutos.

No hemos tenido una convivencia cercana en el sentido cotidiano, y eso lo comprendo plenamente por la naturaleza de su trabajo. Sin embargo, su afecto siempre lo he sentido de otras maneras. Por ejemplo, el hecho de que me diera mi nombre en honor a su mamá; que aceptara ser mi padrino de bautismo incluso antes de que yo naciera; que me recibiera antes de cada una de sus misas cuando coincidíamos; o que aceptara participar en el reportaje de Vatican News, permitiendo que se recopilaran testimonios de las personas que han caminado junto a él, son gestos que hablan de su cercanía y de su cariño.

Tal vez no han sido muestras de afecto directas o constantes, pero se entienden plenamente a la luz de su misión. Él siempre le ha pertenecido al mundo: ha viajado, ha servido, ha estado dispuesto a participar y a trabajar por el bien de la comunidad. Nunca he pensado que, por ser su ahijada, él debía ser solo para mí. Al contrario, toda su vida ha estado entregada a la comunidad cristiana, y ese espacio y esa labor siempre los he admirado y respetado profundamente.

¿Qué te han contado tus padres y tu familia sobre el momento en que aceptó ser tu padrino y el día de tu bautismo?

Lo que sé de la relación entre mi padrino y mis padres me lo ha contado principalmente mi papá. Él me comenta que se conocieron cuando mi papá tenía alrededor de 16 años, mientras estudiaba en Trujillo. Mi padrino, que entonces tendría aproximadamente entre 30 y 32 años, ya realizaba labor pastoral en el norte del país. Esto ocurrió a inicios de los años 80, alrededor de 1985, cuando él llegó a Chulucanas.

Tiempo después, volvieron a coincidir en Trujillo, ya que mi padrino continuaba su labor allí y mi papá se trasladó a esa ciudad para realizar sus estudios universitarios. Fue en ese mismo contexto, cuando mi papá tenía aproximadamente entre 21 y 25 años, que conoció a mi mamá, quien también estudiaba en Trujillo.

Cuando mi mamá quedó embarazada, mi papá ya le había propuesto a mi padrino que fuera mi padrino de bautismo, procurando coordinar las fechas para poder coincidir. Yo fui bautizada el 17 de agosto, exactamente una semana después de cumplir mi primer año de vida. Sin embargo, la relación y el afecto ya venían desde antes.

Durante el embarazo, mi papá le hizo una petición muy especial a mi padrino, a quien entonces conocíamos como Padre Robert. Para honrar la memoria de su mamá, que ya había fallecido, le preguntó si le parecería correcto que yo llevara el nombre de ella. Mi padrino aceptó con mucho cariño e incluso —según me cuenta mi papá— escribió mi nombre cuidadosamente en un papel, deletreándolo para evitar errores, ya que era un nombre poco común en esa época.

Por eso, siento que mi mayor muestra de afecto por parte de él la recibí incluso antes de nacer: me dio mi nombre y aceptó ser mi padrino.

La última vez que pude verlo fue el año pasado, el 10 de agosto, fecha que coincide tanto con el aniversario de la Diócesis como con mi cumpleaños. A pesar de estar muy ocupado, se tomó unos diez minutos para recibirme, conocer a mis hijas y saludarnos. Ese gesto, para mí, también es una muestra profunda de cariño.

El afecto no siempre se expresa con palabras como “te quiero” o “te extraño”. A veces se manifiesta en algo aún más valioso: el tiempo que una persona decide dedicarte. El tiempo es algo que no se recupera, y cuando alguien lo entrega, está dando mucho de sí.

¿Qué virtudes viste siempre en él y cuáles reconoces hoy como Papa? ¿Qué mensaje o expectativa tienes frente a su pontificado para la Iglesia universal?

Si tuviera que destacar cinco virtudes de él, más allá de su inteligencia —tanto intelectual como emocional, forjada a través de años de estudio y formación—, diría, en primer lugar, que es una persona profundamente amable. Tiene una gran calidad humana y una cercanía que se siente de inmediato.

Cuando estás en su presencia, experimentas una sensación muy particular: una especie de calor, de cariño, casi como un abrazo. Uno se siente acogido, protegido y en calma. Transmite paz. Tiene una presencia serena y una energía muy bonita, una aura que reconforta.

Además, posee un sentido de lo correcto muy bien definido. Es una persona católica en toda la extensión de la palabra, completamente entregada a su vocación y con objetivos claros. Esa coherencia entre lo que cree, lo que vive y lo que enseña es algo que siempre he admirado profundamente.

Me llena de alegría y esperanza saber que hoy tenemos un Papa que ha caminado de la mano con el pueblo, que conoce de cerca las realidades y dificultades que vivimos, no solo en el Perú, sino en toda Latinoamérica. Estoy convencida de que podrá impulsar grandes cambios dentro de la Iglesia, desde adentro, y que todo irá mejorando.

Esto ya se percibe en la forma en que las personas lo están recibiendo: con el corazón abierto. La alegría, la tranquilidad y la paz que él transmite están traspasando las pantallas y llegando a los hogares de muchas familias, no solo católicas. Incluso personas de otras confesiones —agnósticas, evangélicas o mormonas— me han escrito para felicitarme, porque sienten que estamos viviendo una especie de fiesta compartida. Aunque no compartan la misma fe, comparten la alegría y reconocen en él a una persona especial.

Yo siempre he estado orgullosa de él; toda mi vida he celebrado en silencio cada uno de sus pasos y avances desde casa. Pero hoy ese orgullo se amplía, porque somos muchos más los que lo acompañamos, lo apoyamos y oramos por él.

Mildred, gracias por compartir tu testimonio con tanta sencillez y verdad. Que Dios te bendiga a ti y a tu familia, y que siga fortaleciendo tu fe y tu entrega cotidiana. Desde Perú Católico, nos unimos en oración por el Papa León, por tu familia y por toda la Iglesia, agradecidos por este momento de gracia que hemos podido compartir contigo.

Muchas gracias a ustedes y a ‘Perú Católico’ por el espacio y el respeto con el que han tratado mi testimonio. Me siento muy agradecida por poder compartir, desde la sencillez, un poco de mi historia y de mi fe. Que Dios los bendiga en su labor y que sigamos unidos en oración por la Iglesia y por el Papa León.