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Una Navidad inédita con la madre de Jesús

Una Navidad inédita con la madre de Jesús

«Fratelli tutti», escribía san Francisco de Asís para dirigirse a todos los hermanos y las hermanas, y proponerles una forma de vida con sabor a Evangelio… un amor que va más allá de las barreras de la geografía y del espacio. Allí declara feliz a quien ame al otro «tanto a su hermano cuando está lejos de él como cuando está junto a él». Con estas pocas y sencillas palabras expresó lo esencial de una fraternidad abierta, que permite reconocer, valorar y amar a cada persona más allá de la cercanía física, más allá del lugar del universo donde haya nacido o donde habite (n.1).

Este santo del amor fraterno, de la sencillez y de la alegría… que se sentía hermano del sol, del mar y del viento, se sabía todavía más unido a los que eran de su propia carne. Sembró paz por todas partes y caminó cerca de los pobres, de los abandonados, de los enfermos, de los descartados, de los últimos (n.2). Él no hacía la guerra dialéctica imponiendo doctrinas, sino que comunicaba el amor de Dios. Había entendido que «Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios» (1 Jn 4,16) (n.4)

La Iglesia es una casa con las puertas abiertas, porque es madre. Y como María, la Madre de Jesús, «queremos ser una Iglesia que sirve, que sale de casa, que sale de sus templos, que sale de sus sacristías, para acompañar la vida, sostener la esperanza, ser signo de unidad […] para tender puentes, romper muros, sembrar reconciliación» (n.276)

Para muchos cristianos, este camino de fraternidad tiene también una madre, llamada María. ella recibió ante la cruz esta maternidad universal (cf. Jn 19,26) y está atenta no sólo a Jesús sino también «al resto de sus descendientes» (Ap 12,17). ella, con el poder del resucitado, quiere parir un mundo nuevo, donde todos seamos hermanos, donde haya lugar para cada descartado de nuestras sociedades, donde resplandezcan la justicia y la paz (n.278)

(Carlos de Foucauld) Él fue orientando su sueño de una entrega total a Dios hacia una identificación con los últimos, abandonados en lo profundo del desierto africano. En ese contexto expresaba sus deseos de sentir a cualquier ser humano como un hermano, y pedía a un amigo: «Ruegue a Dios para que yo sea realmente el hermano de todos». Quería ser, en definitiva, «el hermano universal». Pero sólo identificándose con los últimos llegó a ser hermano de todos. Que Dios inspire ese sueño en cada uno de nosotros (n.287).

(Oración final) Señor y Padre de la humanidad, que creaste a todos los seres humanos con la misma dignidad, infunde en nuestros corazones un espíritu fraternal… Que nuestro corazón se abra a todos los pueblos y naciones de la tierra, para reconocer el bien y la belleza que sembraste en cada uno, para estrechar lazos de unidad … de esperanzas compartidas… Ven, Espíritu Santo, muéstranos tu hermosura reflejada en todos los pueblos de la tierra, para descubrir que todos son importantes… que son rostros diferentes de la misma humanidad que amas. Amén.

Con Cristo, clave de la historia, caminando con nosotros, entre luces y sombras:

“Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón… La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia” (Vaticano II, Gaudium et Spes, n.1). “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado … El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre” (Vaticano II, Gaudium et Spes, n.22)

“El Verbo Encarnado es, pues, el cumplimiento del anhelo presente en todas las religiones de la humanidad: este cumplimiento es obra de Dios y va más allá de toda expectativa humana. Es misterio de gracia” (S. Juan Pablo II, Tertio Millennio Adveniente, n.6).

«Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él » (1 Jn 4, 16)… Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva… poniendo el amor en el centro” (Benedicto XVI, Deus Caritas est, n.1).

La fecundidad apostólica de la contemplación y vivencia del misterio de Cristo:

En Belén, junto a la gruta donde la Virgen dio a luz al Verbo, consciente de que es … «dichoso aquel que tiene a Belén en su corazón, y en cuyo corazón Cristo nace a diario»… Un ejemplo luminoso es la Virgen María, evocada por S. Jerónimo sobre todo como madre virginal, pero también en su actitud de lectora orante de la Escritura. María meditaba en su corazón (cf. Lc 2,19.51) porque «era santa y había leído las Sagradas Escrituras, conocía a los profetas y recordaba lo que el ángel Gabriel le había anunciado y lo que se le había augurado por boca de los profetas. […] Veía a Aquel recién nacido, que era su Hijo, su único Hijo, acostado y dando vagidos, en ese pesebre… Hijo de Dios; y … comparándolo con cuanto había oído y leído». Encomendémonos a ella, que mejor que nadie puede enseñarnos a leer, meditar, rezar y contemplar a Dios, que se hace presente en nuestra vida sin cansarse jamás” (Papa Francisco, Carta Apostólica sobre San Jerónimo, 30.09.20)

«María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón» (Lc 2,19)… Con el corazón abierto a la Palabra de Dios, con el corazón silencioso, con el corazón obediente, con el corazón que sabe recibir la Palabra de Dios y la deja crecer como una semilla del bien de la Iglesia” (Audiencia General, Catequesis: La Virgen María, mujer de oración,18.11.20).

POR P. JUAN ESQUERDA BIFET

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