Homilías

XXIII Domingo del tiempo ordinario: “Lo que hace Jesucristo lo hace Dios”

XXIII Domingo del tiempo ordinario: “Lo que hace Jesucristo lo hace Dios”

Hoy te invito a hacer un profundo acto de fe en Jesucristo y en las maravillas de su obra. Piensa que todo lo que Él hizo lo hizo Dios. Las cosas más sencillas de los seres humanos las hizo Jesús como verdadero hombre pero también como Dios verdadero.

Esto lo sabes y repites pero es bueno que consideres que precisamente por ser Dios las acciones de Jesús tienen un valor infinito. Por eso resulta interesante la enseñanza de San Alfonso cuando afirmaba que una lágrima de Jesús hubiera salvado a toda la humanidad porque tenía un valor infinito.

Pero aunque ello hubiera bastado, la entrega del Señor fue total, hasta  la muerte y muerte de cruz. Así nos ha manifestado claramente que nadie amó más ni mejor que Él. Las lecturas de hoy nos presentan a Jesús cumpliendo las promesas que hizo Dios en el Antiguo estamento.

Isaías dice:

“No teman… Dios viene en persona, resarcirá y os salvará”. Esa presencia de Dios que viene en Persona es Cristo, que realizó los prodigios enumerados por el profeta: “Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará”. Incluso podemos descubrir en los últimos versículos de Isaías el gran regalo del que Jesús habla en el Evangelio, refiriéndose al Espíritu Santo, que nos convierte a cada uno de nosotros en “torrente de agua viva”: “Han brotado torrentes en la estepa; el páramo será un estanque, lo reseco un manantial”. 

El salmo (145) resalta que Dios en su fidelidad y justicia “da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos. El Señor abre los ojos al ciego…”

Todas estas maravillas las hizo realidad Jesús:

  • En la sinagoga de Nazaret confirma que el Padre “me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista, a poner en libertad a los cautivos” (Lc 4,18).
  • También “desata a la mujer que satanás tuvo atada dieciocho años” (Lc 13,16).
  • Da la vista a los ciegos de Jericó y al ciego de nacimiento.
  • Alimenta a la multitud con la multiplicación de los panes.

Por su parte Santiago nos advierte que no debemos mezclar las cosas y que si tenemos fe en Jesucristo no nos dejemos llevar del favoritismo, dando la preferencia a quien Dios no se la da:

“Veis al bien vestido y le decís: por favor, siéntate aquí en el puesto reservado. Al pobre en cambio: estate ahí de pie o siéntate en el suelo… ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que lo aman?”.

Según el verso aleluyático Jesús evangeliza y sana. Si nos fijamos en el versículo completo de Mateo (4,23) el evangelista nos presenta tres acciones de Jesús:

  • Recorría toda Galilea enseñando.
  • Proclamaba el Evangelio.
  • Sanaba toda enfermedad y dolencia.

El Evangelio nos habla detenidamente de uno de los milagros profetizados en el Antiguo Testamento, la curación de un sordomudo que Jesús realiza con unos signos externos distintos de lo acostumbrado:

“Apartándolo de la gente, a solas, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua…”. Hay algo que llama la atención en este milagro: Jesús solo evangelizaba en Israel, según dijo Él expresamente, pero este milagro y el de la hija de la cananea los hace en territorio de paganos. Resulta hermoso ver cómo los paganos siguen a Jesús e incluso nos enseñan a glorificarlo diciendo:
“Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos”. Hoy tú y yo admiramos cómo Jesús cumple la voluntad del Padre manifestada desde antiguo y con los paganos de la Decápolis repetimos:

“¡Jesús todo lo hizo bien!”.

 José Ignacio Alemany Grau, obispo

 

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