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101. Las Carmelitas Descalzas en el Perú y el criollismo

101. Las Carmelitas Descalzas en el Perú y el criollismo

Perú Católico, líder en noticias rumbo al Bicentenario de la Independencia. Este artículo es escrito por el Doctor e Historiador José Antonio Benito.

Me gustó escuchar a la Hna. Eleana Salas, salesiana, cómo de los carmelos de Lima (Nazarenas y Barrios Altos) brotó un aliento vital que ha cuajado en dos manifestaciones fundamentales de la identidad peruana como corresponden a la devoción al Señor de los Milagros y a la fiesta del criollismo del Carmen en Barrios Altos.

          La presencia de las Carmelitas Descalzas en el Perú podría prefigurarse en el Libro de las Fundaciones; aquí Teresa, luego de un encuentro con un misionero (1566), nos narra su anhelo de “salvar muchas almas” en este nuevo continente en el cual la fe recién empezaba a despertarse. Santa Teresa de Jesús, en su gracia y donaire inigualables, se hace portavoz de la benéfica influencia de misioneros que, como el P. Alonso Maldonado de Buendía, vienen a América y regresan a España renovados en su espíritu misionero. Grato es recordar que siete de los hermanos de Teresa vinieron a América: Hernando,  Rodrigo, Lorenzo, Antonio, Pedro, Jerónimo, Agustín

La presencia del espíritu carmelitano podría adelantarse con la llegada del cronista viajero P. Antonio Vásquez de Espinosa, carmelita de Jerez de la Frontera, quien recorrió el continente americano entre la isla Española y Chile estando por el Perú entre 1617 y 1619, realizó misiones entre los indios Tabalosos en la Amazonia, recorrió Cajamarca, Cuzco, Huamanga, Huancavelica, Arequipa, Huánuco Jauja y Lima en Arica aprendió el aymara y compuso algunos catecismos o cartillas en este idioma. Retornó a España en 1622 y murió en Sevilla en 1630.Como resultado de su viaje él escribió Compendio y descripción de las Indias Occidentales.

La génesis de la presencia carmelitana en el Perú está vinculada con una de las primeras imágenes de la Virgen del Carmen, traída hacia 1606 por Domingo Gómez o Sánchez de Silva, quien ofreció fundar un templo “a una legua de donde toque puerto”. Cuenta la tradición que al llegar a un punto en el camino entre Lima y el Callao las mulas no quisieron seguir avanzado y allí él y su esposa Catalina María Doria establecieron un templo bajo la advocación de Nuestra Señora del Carmen de la Legua. Los mismos esposos establecieron en Lima el primer monasterio fundado bajo la advocación de Nuestra Señora del Carmen en 1643. Le sigue Cuzco, que tiene como nombre Monasterio de San José y Santa Teresa, fundado el 22 de octubre de 1673; Ayacucho: Monasterio de San Francisco de Borja, fundado el 3 de diciembre de 1683. En la actualidad se encuentran en Lima, Nazarenas, Callao y en diversas provincias: Cañete, Ica, Tacna, Moquegua, Arequipa, Juliaca-Puno, Yurimaguas-Loreto, Lircay-Huancavelica, Chiclayo, el Cuzco, Trujillo.

Denisse Rouillon nos refiere que la iglesia tuvo la advocación de Santa María del Carmen y que, en la casa junto a la iglesia. Catalina María enseñaba a leer y escribir a algunas niñas de personas principales de la ciudad hacia 1643. Además, los Gómez de Silva no escatimaron en adquirir unos solares en la esquina de la acequia de Juan de Isla, en el pueblo del Cercado de Lima, para continuar la labor educativa de Doria. En ese mismo año los esposos edificaron a sus expensas el recogimiento o colegio de Nuestra Señora del Carmen, que tomó por patrona a Teresa de Jesús, por lo cual las niñas y doncellas debían vestir el hábito carmelita. La institución tuvo por finalidad acudir a niñas y doncellas huérfanas o pobres en la educación y enseñanza de buenas costumbres. Con la finalidad de aliviar el gasto financiero de las internas fue fundada el 21 de septiembre de 1620 la Confraternidad de Nuestra Señora del Carmen de Lima. La cofradía inició sus actividades con seis doncellas. Fue por este motivo, junto con la necesidad de una iglesia para las internas del recogimiento, que Catalina María Doria edificó un santuario de devoción popular de impacto social, pero de sello milanés. La iglesia contaba con siete altares: el mayor, donde estaba Nuestra Señora del Carmen; el de Teresa de Jesús, con la santa de bulto; el de Nuestra Señora de Loreto, con una Verónica; el de Santa Catalina Mártir; el de Santo Domingo; la Madre de Dios de la Concepción; y el de Nuestra Señora de la Candelaria. 

El templo se desarrolló como un espacio común a europeos, criollos, indios, negros y mestizos. En él, los fieles asistieron a misas que eran, además, puntos de partida para la procesión de la Virgen del Carmen. A partir de este momento,  la iglesia desarrollaría una ostensible influencia sobre los vecinos. De hecho, cuenta el  el virrey, la virreina, los señores de la Real Audiencia y el cabildo eclesiástico solían asistir a las fiestas en honor de la Virgen en julio, así como las de santa Teresa en octubre (Suardo 1936: 100, 103 y 147 – Vol. ii). Con el tiempo, el templo se mostraría elegante. A principios de 1642 estaba decorado con la platería de los oficios litúrgicos, cuadros de pintura, tabernáculos, alfombras, chuses (mantas) y alhajas con que seguramente Catalina María y las recogidas arreglaban a la Virgen cuando salía en procesión. Habría que señalar, por último, que sobre los solares que los esposos Gómez de Silva establecieron el recogimiento de santa Teresa de Jesús, se fundó el primer monasterio carmelitano de la ciudad de Lima el 17 de diciembre de 1643. Catalina María de la Santísima Trinidad tomó el hábito de novicia el 17 de diciembre de 1643, profesó como monja carmelita descalza el 29 de julio de 1646 y murió el 19 de febrero de 1648. 

Julio César Cosquillo Cuba, integrante de la 13 Cuadrilla de la Hermandad de la Santísima Virgen del Carmen de Lima, relata una de las anécdotas más acerca del de la devoción carmelitana en Barrios Altos. “Cuentan que en una oportunidad, hace muchos años, el niño, como todo niño travieso, se le escapó de la mano a la Virgen, así que la Virgen fue a buscarlo. Las madres de la iglesia cuando fueron a rezar se dieron cuenta que la Virgen no estaba en el altar; asustadas y desesperadas, por tal desaparición, empezaron a buscar por los alrededores y, de pronto, se encontraron con que de un solar de los Barrios Altos brotaba música criolla que alegraba el ambiente. Al entrar al solar se dieron con la sorpresa de que la Virgen y el niño se encontraban allí, estando la Virgen bailando una marinera… desde ese momento se supo que a la Virgen le agrada la música criolla y por ello todos los años le dan su serenata criolla en la víspera del día principal en que se le saca en procesión por las calles de Lima… le llevan música criolla para que la Virgen no se vuelva a escapar en busca de ella”.

En Lima, cuna de la música criolla, la Virgen del Carmen tiene el título de Patrona del Criollismo. Es realmente una de las fiestas más esperadas por la feligresía limeña. Así lo ha presentado Don Armando de Mendiguru, en el popular vals “La Carmelitana”:

De la noche a la mañana, cada dieciséis de Julio,
hay del Jolgorio un diluvio frente a la Carmelitana.
La Virgen de la Jarana, porque bailó marinera,
triunfante es la montonera con cajón y con guitarra.

El vals recrea el anterior relato que rescata la tradición criolla que ha ido marcando el ritmo de una devoción popular que, desde muchos años atrás, canta a la Madre de Dios. Las grandes voces de nuestra música criolla se han congregado siempre a cantar la serenata a la Virgen del Carmen en la noche del 15 de julio. Destacan Esther Granados, las hermanas Graciela y Noemí Polo, que nacieron muy cerca en la Plaza Italia, junto con Rafael Matallana inmortalizaron el vals “se va la paloma”. Además, el Centro Musical Unión siempre le tributó sentidos homenajes, mientras que varios cantantes contemporáneos siguen tributando sus mejores acordes criollos a la reina y Madre del Carmelo.

Foto del autor de esta sección y artículo: Doctor e historiador José Antonio Benito Rodríguez.

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