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TercerDomingoCuaresma_260216

Cuando tenía unos veinte años, alguna vez pensé que nunca se cobraría el agua.

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También me parecía imposible que alguien pudiera tener seis maridos, como leía en el Evangelio de la Samaritana.

Ahora sabemos que el agua se vende y hay personas con numerosos ¿maridos?

¿Tiene esto remedio?

El Evangelio del ciclo A, que preferiremos hoy, según lo permite la liturgia, nos dará la respuesta.

  • Éxodo

«En aquellos días el Señor pronunció las siguientes palabras».

A continuación, narra el decálogo o los diez mandamientos, como solemos llamarlos.

Por mi parte les permito recordar ese decálogo según aprendimos en el catecismo desde pequeños:

1° Amar a Dios sobre todas las cosas.

2° No jurar su santo nombre en vano.

3° Santificar las fiestas.

4° Honrar padre y madre.

5° No matar.

6° No decir ni hacer nada contra la castidad.

7° No hurtar.

8° No levantar falso testimonio ni mentir.

9° No desear la mujer de tu prójimo.

10° No codiciar los bienes ajenos.

Estos diez mandamientos se encierran en dos: en servir y amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo.

Cuando el ambiente se rebela contra el Dios legislador se pasa muy mal.

No es difícil demostrarlo cuando miramos la realidad social que ha marginado al Creador y su ley.

  • Salmo 18

El salmista se dedica a glorificar a Dios y alabar los decretos que nos ha dado para caminar con paz en el alma y en nuestro ambiente social:

«La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma. El precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante.

Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón… La voluntad del Señor es pura y eternamente estable».

  • San Pablo

El apóstol advierte a los corintios que los judíos exigen signos y los griegos buscan sabiduría. La respuesta para todos ellos es esta: «Predicamos a Cristo crucificado».

Esto resulta escandaloso para los judíos, y al resto de los pueblos les parece una necedad.

Sin embargo, para todos, el crucificado es el Mesías que es «fuerza de Dios y sabiduría de Dios».

  • Versículo de aclamación

El del ciclo B, nos invita a pensar en la generosidad del Padre Dios que nos ha entregado a su Hijo como Salvador y nos advierte que si lo aceptamos tenemos asegurada la vida eterna: «Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único».

  • Evangelio (Tomado del ciclo A)

Jesús comienza el diálogo con la samaritana que ha sacado agua del pozo con un balde: «Dame de beber».

Era la única forma posible de empezar un hombre el diálogo con una mujer que, además, era samaritana.

La mujer se admira, pero entra en conversación: «¿Cómo tú siendo judío me pides de beber a mí que soy samaritana?»

Jesús aprovecha para decirle: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber le pedirías tú y él te daría agua viva».

La samaritana se extraña de que Jesús pueda hablar de agua viva junto a un pozo profundo sin el cubo necesario para sacarla.

Cuando Jesús habla del agua viva que Él tiene y ofrece, la mujer le dice: «Señor, dame de esa agua y así no tendré más sed ni tendré que venir aquí a sacarla».

Resulta, pues, que el que tiene agua y es fuente, está ofreciéndola a la que tiene el cántaro recién llenado.

Jesús, que ha entrado ya en el corazón de la mujer, le pide que llame a su marido. Ella le contesta: «No tengo marido». Jesús le descubre su pasado: «Has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido».

La mujer se siente descubierta y Jesús aprovecha para enseñarle por dónde viene la verdad de Dios al pueblo de Israel, y termina descubriéndole su misterio personal:

«El Mesías soy yo, el que habla contigo».

La mujer olvida el cántaro y corre, como misionera inquieta, a decir a todos: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será el Mesías?»

Los hombres conmovidos llevan a Jesús al pueblo y se queda dos días con ellos.

La samaritana convertida, se convirtió también en apóstol de su propio pueblo.

Qué importante es, hermanos, adentrarnos en el corazón de Jesucristo para conocerlo y descubrir, después, a los demás dónde está la fuente del amor que todos buscamos.

José Ignacio Alemany Grau, obispo