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‘Navidad’, por el P. Johan Leuridan

‘Navidad’, por el P. Johan Leuridan

1.- Naturaleza y Cultura.

En nuestra época se entiende la vida como un triunfo de las armas o del dinero. Todos creen en las estructuras socio-económicas-políticas de su preferencia y de esta manera se sienten exonerados de cuestionar su propia vida. El gran desarrollo de las ciencias y de las tecnologías en la modernidad han creado un mundo externo que ha orientado al hombre de buscar la soluciones hacia afuera de él. La estructura, cualquiera que sea define la vida “externa” del individuo. El hombre actual se niega a reflexionar sobre sí mismo.

La reacción en la posmodernidad contra este predominio de la naturaleza muda ha llevado a entender la vida privada como ajena al sistema de la sociedad. El individuo es autónomo, e independiente.  Esta filosofía lleva al hombre encerrarse en sí mismo. No tiene criterios para tratar a los demás. Ya no distingue entre el bien y el mal. La persona se caracteriza por el individualismo en el sentido negativo del egoísmo. Estamos en un mundo de solos.

Las estructuras cualquieras que sean nunca pueden garantizar la felicidad de la persona. La historia nos lo ha demostrado. La ciencia sola no puede redimir al hombre. La ciencia descubre las relaciones necesarias dentro de la materia que se expresan en las leyes. El hombre, al contrario, es libertad. Siempre puede escoger entre el bien y el mal.  También las mejores estructuras funcionan únicamente cuando existen personas que quieren mantenerlas por sus decisiones libres o convicciones. Mantenerse en el poder por medio de encarcelamiento y asesinato, como hemos visto y vemos también hoy en día demuestran la deficiencia de la fe en un pensamiento que ve las estructuras como suficientes.

Es importante señalar que creyentes y ateos tienen una experiencia común sobre la finitud radical y la contingencia de su realidad. La necesaria relación entre las cosas que nos explica la ciencia no contradice que todas ellas en su conjunto tengan una necesidad intrínseca. Es la contingencia que no puede explicarse a sí mismo. Esta contingencia aparece en todas las cosas de este mundo. No se trata de un vacío horizontal, que podría recibir su explicación por parte de otra cosa en el mundo, sino de un vacío ontológico inherente a todas las cosas. Podrán también no existir. El hombre recibió la libertad para construir su propia vida, pero al mismo tiempo vive con la conciencia angustiosa y permanente de que no puede garantizar su propia vida. Hay una insuficiencia en todas las cosas que no puede encontrar una explicación. Este vacío ontológico se refiere a algo fuera del mundo. No es la conclusión de un razonamiento sino la exigencia de una explicitación de una exigencia ontológica. La afirmación de la existencia de Dios es solamente el reverso de la afirmación de la contingencia ontológica. Creer es pasar a otro nivel, entrar en un mundo con dimensión religiosa, una conversión. Se cuestiona la cultura dominante del éxito para buscar una cultura de amor y valores.

“O bien digo no a una meta principal de la vid humana, del proceso del mundo, y entonces las consecuencias son incalculables. En efecto, como dice Jacques Monod, ateo, premio nobel de biología, evocando con razón, el “Sisifo” de Camus: Cuando el hombre acoge este mensaje negativo con todo su significado, tiene que despertar por fin del sueño milenario y reconocer su total desamparo, su exilio radical. En este momento sabe que, como un gitano, tiene su puesto en la periferia del universo, del cual es sordo para su música e indiferente ante sus esperanzas, sufrimientos y delitos” (Hans Küng, ¿Vida eterna? Madrid, Ed. Trotta, 2011).

2.- El silencio de la noche.

El nacimiento del niño Jesús en un lugar insignificante, un establo pobre, nos lleva a

reconocer a nosotros mismos, también desamparados como niños. El silencio de la

noche en un lugar apartado es el único lugar donde podemos encontrar a nosotros

mismos mientras nuestro mundo extrovertido del pluralismo de ideas, escándalos, campeonatos deportivos, competencias del mercado, programas en función del rating, asesinatos, asaltos, accidentes de tránsito etc. no tiene espacio para el nacimiento de Dios en nuestro corazón. La oferta múltiple de los medios de comunicación le hace al hombre indiferente.   

Dios ha venido. Él ha transformado la vida humana. Su presencia da sentido definitivo a nuestra existencia.  “Y en la tierra paz a los hombres (Lucas, 2,13). La vida de la humanidad recibe cohesión y seguridad. “Dios es amor” (I Juan,4,8). “Yo los amo” es el mensaje que Jesús ha traído. La fe cristiana, poniendo el amor en el centro, ha asumido lo que era el núcleo de la fe de Israel, dándole al mismo tiempo una nueva profundidad y amplitud (Benedicto XVI, Deus caritas est,5).  

Se establece una comunión de corazón a corazón entre Dios y cada uno de nosotros. “Como el padre me amó, así también los he amado Yo: permanezcan en mi amor”” (San Juan 15: 9-10). La presencia de Cristo nos da la certeza que algo tiene sentido. Descubrimos una transcendencia que es fuente de amor, vida, bien, libertad y belleza. “Los llamo amigos. Porque he dado a conocer todo que aprendí de mi padre. Ustedes no eligieron a mí; he sido yo quien los eligió a ustedes” (Juan 15, 15-16).

“Como un joven se casa con su novia, así el que te reconstruyó se casará contigo; la alegría que encuentra el marido en su esposa, la encontrará tu Dios contigo” (Isaías, 621, 10-62,5).

“Pero Dios dejó constancia del amor que nos tiene: Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores (Romanos, 5,8). Dios no nos ama en función de lo que le damos o hacemos por Él, ni a causa de nuestra buena conducta; nos ama porque Él es amor” (I, Juan, 4,8).

El profeta Oseas, de modo particular, nos muestra la dimensión del amor de Dios por el hombre. Israel ha cometido “adulterio”; es decir, abandonó a Dios. Este debería juzgarlo y repudiarlo. Pero precisamente en esto se revela que Dios es Dios y no hombre. “Cómo voy a dejarte abandonado, Efraím?  ¿Cómo no te voy a rescatar, Israel?  Mi corazón se conmueve y se remueven las entrañas.  No puedo dejarme llevar por mi indignación y destruir a Efraím, pues yo soy Dios y no hombre. Yo soy el santo que está en medio de ti, y no me gusta destruir. El amor apasionado de Dios por su pueblo, por el hombre, es a la vez un amor que perdona (Oseas, 11,7-10).  

Sentimos que podemos vivir de una manera diferente. Todos sienten una mejor disposición de ánimo.  Se expresa en el día de Navidad también en el gesto sencillo de intercambio de regalos. El mensaje de Navidad ve la vida de otra manera.

Conclusión: Cambio de conciencia y seguimiento de Cristo.

El nacimiento de Cristo en Belén es también el nacimiento de Cristo en nosotros. Él nos invita al cambio.

Jesús nos indica en qué consiste una vida de paz. El método para lograrlo es el seguimiento de su ejemplo. Para entender a nuestra vida debemos compararnos con su vida. El tiempo se ha cumplido. “Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos y a los que convierten de corazón” (salmo 50). El encuentro con Él nos enseña la vida del amor. Por la fe reconocemos la presencia de Otro en nosotros. Todos mis actos serán consecuencia de la nueva conciencia que he adquirido. La conversión implica un cambio de conciencia. La presencia de Cristo en nosotros nos lleva a actuar con caridad a los demás. San Pablo explica en que consiste esta nueva conciencia que hemos aceptado: “Que el amor sea sincero. Aborrezcan el mal y procuren todo lo bueno. Que entre ustedes el amor fraterno sea verdadero cariño y adelántese al otro en el respeto mutuo. Sean diligentes y no flojos. Sean fervorosos en el Espíritu y sirvan al Señor.  Tengan esperanza y sean alegres. Sean pacientes en la pruebas y oren sin cesar. Comparten con los hermanos necesitados, y sepan acoger a los que esté de paso (Romanos 12, 9- 13).

La fe en Dios se expresa en lo ético, en los valores y leyes que son la prueba de la autenticidad de nuestro amor a Dios. El ejemplo de Cristo (Efesios, 5,1) demuestra que lo divino se expresa en la vida humana o bien el pecado nos aleja de Dios y de nosotros mismos. Las necesidades de otros son el lugar donde un privilegiado puede mostrar una experiencia de Dios. No se trata del “do ut das” sino de la colaboración gratuita con las exigencias éticas de servir a las personas que lo requieren. Esta actitud evangélica contradice la autonomía “sagrada” del ser humano de la modernidad. No hay conocimiento de Dios sin compromisos sociales. El necesitado muestra en su rostro la altura donde Dios se manifiesta.

Además, la convicción no existe de manera mecánica sino ha de ser conquistado siempre de nuevo. El hombre necesita permanentemente convertirse para adquirir la convicción que lo oriente hacer el bien.

La conversión hacia el bien no es simplemente hablar de un futuro mejor sino es un cambio de comportamiento que permite confiar en un futuro mejor. Ya Platón señaló que los políticos ofrecen más justicia, pero no tienen ninguna credibilidad porque es solo un discurso para conseguir más votos.  Una élite trata de reemplazar a otra élite.

En la Ilustración, la razón hizo desaparecer la teoría del ejemplo y la imitación. La ley abstracta reemplaza el ejemplo de las autoridades políticas. Se pierde el poder del ejemplo que añade el poder atractivo al poder directivo de la norma. Javier Gomá sostiene que los políticos gobiernen de dos maneras: produciendo leyes y produciendo costumbres. Una cosa es lo que los políticos ordenan (coacción) y otra lo que ellos son ejemplos (para del bien o para el mal). Las leyes coaccionan a los ciudadanos, pero los ejemplos entran en sus corazones y los reforman (Gomá, Ejemplaridad pública, Madrid, Santillana, 2009).

Por P. Johan Leuridan.

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