www.perucatolico.com

Hace poco un amigo sacerdote me pidió orar por él, suele suceder que es al contrario, somos nosotros quienes les pedimos una oración o una bendición. Surge una pregunta: ¿qué tanto oramos por nuestros pastores? ¿Si ellos oran por nosotros, quiénes oran por ellos? Las escrituras nos dicen una gran verdad: Heriré al pastor y se dispersaran las ovejas Zc 13,7. Cuántas veces hemos oído de sacerdotes que han caído en la tentación de la carne y han decepcionado a su feligresía, cuántos hermanos que tenían su fe puesta en el padre de la parroquia han dejado de asistir a ella. Nosotros tenemos gran responsabilidad cuando suceden estas cosas porque es nuestro deber orar, cuidar y velar por nuestros sacerdotes.

San Pablo en su epístola a Timoteo dice: «Así que recomiendo, ante todo, que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos, especialmente por los gobernantes y por todas las autoridades, para que tengamos paz y tranquilidad, y llevemos una vida piadosa y digna». 1Tim 2, 1-2. El apóstol no se equivoca al hacer esta petición. Un sacerdote es una persona como tú o como yo, tiene problemas, enfermedades, necesidades, preguntas, dudas y muchas veces está solo, se cansa, tiene miedo, se  estresa, le faltan las fuerzas y está pedido por el demonio para hacerlo caer y por el caerá toda la feligresía. 

Canal de WhatsApp de Perú Católico
Recibe gratis nuestras publicaciones en tu WhatsApp.

Orar por nuestros sacerdotes debe ser un hábito diario en la vida del cristiano, y de ahí debe movernos a la acción, hacerle una visita social, interesarnos por su salud, por su bienestar, hacerlos sentir que no están solos, que cuentan con nuestro apoyo, que nos interesa sus necesidades y si está en nuestra manos poderlas cubrir. Son tantas las cosas que se puede hacer, tantos detalles que podemos tener y así demostrar lo que Jesús pedía «ama a tu prójimo como a ti mismo» y qué más próximo que tú párroco.

Seguir a Cristo exige sacrificios, renuncias, radicalidad, conflictos. Es un ideal muy elevado y que el hombre por sí solo no podría mantenerse firme en este propósito, tanto así que amar más a la familia que a Dios no nos hace digno de ser sus discípulos. Ante tanta radicalidad Cristo promete una recompensa celestial, y no solo para sus  apóstoles sino también para quienes los ayuden. «Y todo aquel que dé de beber tan solo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa.» Mt 10,42. Si quieres un pedacito del cielo: ora, ayuda, reconforta, consuela al sacerdote de tu diócesis o parroquia.

Por José Andrés Alvarado

```html ```