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26.- Iglesia ante el Bicentenario: Francisco Javier de Luna Pizarro (1780-1855), Primer presidente del primer Congreso del Perú y Arzobispo de Lima

26.- Iglesia ante el Bicentenario: Francisco Javier de Luna Pizarro (1780-1855), Primer presidente del primer Congreso del Perú y Arzobispo de Lima

Perú Católico, líder en noticias.– Perú Católico, líder en noticias rumbo al Bicentenario de la Independencia. Este artículo es escrito por el Doctor e Historiador José Antonio Benito.

Nació en Arequipa el 3 de noviembre de 1780, de Juan Antonio de Luna Pizarro, teniente coronel de las milicias reales, granadino, y de la dama arequipeña Cipriana Pacheco de Chaves Araus. Con sólo once años obtuvo una beca en el Seminario de San Jerónimo de Arequipa, reformado por Monseñor Chávez de la Rosa,  donde estudia Latinidad, Retórica, Filosofía, Sagrada Teología, Derecho Canónico y Civil.  Fue tal su dedicación que el obispo le propuso ampliar sus estudios con Matemáticas, de tal manera que, al concluir  sus estudios, lo incorporó como profesor en el Seminario, donde enseñó Filosofía, Ética y Matemática.

De ahí pasó a la ciudad del Cuzco y en su Universidad recibió el doctorado en 1796. Siguió en su ciudad natal la práctica profesional en el bufete de Evaristo Gómez Sánchez, quien llegaría a ser Presidente de la Asamblea de Huaura, del Estado Nor-peruano, en agosto de 1836; e integró el Colegio de Abogados juntamente con Justo Figuerola, con quien también compartiría tareas en el primer Congreso Constituyente y que, como él, ocuparía hasta en dos oportunidades la Presidencia de la magna asamblea que diera las Bases de la Constitución (1822), y más adelante la primera Constitución Política del Perú (1823). Luna Pizarro y Figuerola formaron parte, en noviembre de 1818, de la junta del referido Colegio que evaluó el trabajo y admitió como miembro de este a José Faustino Sánchez Carrión, uno de los principales ideólogos de la independencia y, como ellos, diputado. Volvió al Cuzco donde se recibe como abogado ante la Real Audiencia el 28 de setiembre de 1801. Hizo lo propio en la Real Audiencia de Lima con fecha 25 de enero de 1802.

 En 1804 viajó a Lima como familiar de monseñor Chávez de la Rosa, quien en 1806 le ordena y lo nombra su prosecretario de Cámara y Gobierno. En 1807, de regreso en Arequipa, fue nombrado Vicerrector y Regente de estudios del referido Seminario y en 1808 obtuvo en concurso el curato de Torata.

 En 1809 pasó a España acompañando a Monseñor Chávez de la Rosa. Allí presenció la resistencia que el pueblo opuso a la invasión napoleónica. Fue nombrado Capellán de la Presidencia del Consejo de Indias, asistió a las sesiones de las Cortes de Cádiz, que aprobaron la primera constitución de la monarquía española y la libertad de prensa. En 1811fue designado examinador sinodal del arzobispado de Sigüenza.

El 22 de diciembre de 1811 regresa al Perú, llegando a Lima, justamente cuando la opinión del país se hallaba agitada por las elecciones de diputados a Cortes (1812), siendo elegido diputado suplente por Arequipa; aunque no volvió a Cádiz, defendió la obligación de los parlamentarios de ser fieles a la voluntad de los electores, inspirado en “el amor a la justicia y celo por el

bien del pueblo”. En Lima ocupó el cargo de medio racionero en el Cabildo Metropolitano, una modesta prebenda que le fue otorgada por intercesión de su protector Cháves de la Rosa. En 1816 fue promovido a la dignidad de racionero y ejerció, hasta 1822, la secretaría del Cabildo, en recompensa de su fidelidad y talento.

En 1818 fue uno de los miembros para el arreglo de los estatutos para las conferencias de Jurisprudencia del Ilustre Colegio de Abogados de esta capital. A solicitud de la Junta de Catedráticos, el Colegio de Medicina de San Fernando lo solicitó en marzo de 1819 para ejercer el cargo de rector,  puesto que ocupó con gran tino por cuatro años, debido a que mantuvo la regularidad de las clases, a pesar de los problemas políticos coyunturales por la gesta emancipadora.

En el momento de la Independencia, fue un gran soporte del general José de San Martín para la trasmisión de órdenes y el intercambio de mensajes previo al ingreso del Ejército Libertador a la capital. En este sentido, asistió a la sesión del Cabildo de Lima, del 15 de julio de 1821, que se pronunció por la independencia, y estampó su firma. Al proclamarse la independencia, fue asociado a la Orden del Sol, integrará la Sociedad Patriótica y la Junta Conservadora de la Libertad de Imprenta; además, fue designado miembro de la Comisión formada por el Gobierno para preparar un proyecto de Constitución Política que fuese visto en el Congreso Constituyente.  El 20 de setiembre de 1822, se reunieron, a las 10 de la mañana, en el Palacio de Gobierno, los representantes que conformarían el primer Congreso Constituyente del Perú, encontrándose Luna Pizarro entre ellos, como Diputado electo por el departamento de Arequipa. Desde allí se dirigieron todos a la Catedral de Lima para participar en la misa solemne con Te Deum.  Luna Pizarro no cesó de actuar de modo práctico en orden al imperio de la justicia, de la libertad y de la institucionalidad, como se vio en la parte activa tomada en la caída del ministro Monteagudo, cuya arbitrariedad, abuso y chantaje para con destacados limeños y patriotas, no pudo tolerarse más.

 Luna Pizarro ocupó la Presidencia del Congreso Constituyente y la Presidencia del Poder Legislativo en varias oportunidades. Cuando el mariscal José de la Riva Agüero provocó el motín de Balconcillo, consideró que se atentaba contra la soberanía popular y, fiel a su convicción institucionalista, se expatrió a Chile. A su regreso a Arequipa en 1825, luego de la batalla de Ayacucho que sellara la independencia del Perú, se incorporó a la Academia Lauretana de Ciencias y Artes.

Frente a Bolívar su postura es recelosa y cuestionadora, pues se identifica con La Mar, a quien procura encumbrar. Tras el retiro de Bolívar del Perú, y subsiguiente caída del régimen vitalicio, retornó al Perú y al desembarcar en el Callao, el 29 de abril de 1827, fue recibido triunfalmente por una multitud, lo que demostraba su popularidad.

Declarada la guerra entre Perú y la Gran Colombia, quiso prevenir la amenaza que veía asomar tras el creciente ascenso de Gamarra, pero sin lograrlo. Y cuando La Mar fue depuesto por Gamarra, Luna Pizarro marchó voluntariamente por tercera vez al destierro a Chile, para no otorgar su acatamiento al golpe de estado, mostrándose coherente con su prédica política.

Elegido senador por el departamento de Arequipa, alegó razones de salud para no incorporarse a la legislatura de 1832. No obstante, tuvo que reconsiderar su decisión. Los votos de su provincia natal, y de Tinta, lo llevaron a la Convención Nacional de 1833, una asamblea de representantes cuya misión era reformar la Constitución de 1828. Esta vez sí marchó a Lima para ocupar la diputación. El grupo liberal, entre los que se contaba otro célebre sacerdote, Francisco de Paula González Vigil, lo eligió Presidente de aquel cuerpo legislativo, por efecto de sucesivas elecciones mensuales, desde el 12 de diciembre de 1833 hasta el 12 de marzo de 1834. Es en esta oportunidad que Luna Pizarro deja de lado su posición pro federacionista y toma parte activa en la designación del mariscal Luis José de Orbegoso.

En 1829 pasó a la ciudad de Arequipa a tomar posesión del deanato, en cuya silla permaneció hasta mayo de 1836 en que fue promovido al deanato de Lima. Gregorio XVI lo instituyó Obispo de Alalia y Auxiliar de Lima. Vacante la silla arzobispal por muerte del Ilmo. Sr. Arrieta, fue nombrado vicario capitular en sede vacante en 1843. Dos años después será preconizado arzobispo de Lima, gobernando la arquidiócesis hasta su muerte acaecida en 1855.

En este tiempo promulgó edictos, conforme a los sagrados cánones, para restablecer la disciplina de la Iglesia. Infatigable en llenar su alto ministerio, abrió la santa visita pastoral, que él mismo hizo en esta ciudad, encomendándola a su auxiliar en las provincias de Ancash y Junín, en los años de 1848 y 1849. Restauró la labor del Seminario Mayor de Santo Toribio para religiosos y seglares dándole constituciones conforme al espíritu del santo Concilio de Trento, aumentando sus rentas de un modo portentoso, y para conseguirlo se sujetó a una vida pobre frugal, con el laudable objeto de donarle el sobrante de sus rentas, como lo verificó dejándole una suma considerable, con la que pudo proporcionarse un local más vasto por su sucesor, refaccionándolo de una manera decorosa y conveniente en provecho el clero. Trasladó a Lima la colección franciscana de Ocopa para beneficio de los sacerdotes. Próximo a su muerte donó a la Iglesia un órgano armónico que se compró en Europa al valor de diez mil pesos. Celoso defensor de los dogmas, y de la doctrina católica, procuró la condenación de varias obras heréticas e impías que vieron la luz pública en su tiempo. Sostuvo los derechos de la Iglesia con firmeza apostólica. En 1850, después de prestar a Su Santidad un sólido y erudito informe, practicó rogativas públicas para la declaración del Dogma Católico de la Inmaculada Concepción de María, en confirmación de la creencia universal de este dogma. Fue condecorado como prelado doméstico de Su Santidad y asistente al Sacro Solio. Falleció en Lima el 9 de febrero de 1855, y su cadáver yace en el sepulcro que él mismo en vida mandó formar en la bóveda o panteón arzobispal de la capital.

Carmen Villanueva, su biógrafa, compendia su perfil espiritual caracterizándolo como hombre que vivió para los demás; un liberal con un liberalismo que se funda en una verdadera concepción cristiana de la libertad, que confía en la necesidad del ser humano de hacer el bien frente a la tentación del autoritarismo, un hombre de principios, un hombre de su tiempo, pero con lo mejor de su tiempo, un hombre agradecido, grande y humilde

Foto del autor de esta sección y de este artículo: Doctor e historiador José Antonio Benito.

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