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Huancayo: Mons. Pedro Barreto dijo que nuestra Iglesia no puede vivir sin agua, pero sí puede vivir sin oro

Huancayo: Mons. Pedro Barreto dijo que nuestra Iglesia no puede vivir sin agua, pero sí puede vivir sin oro
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“Nuestra Iglesia no puede vivir sin agua, pero sí puede vivir sin oro”

Pedro Barreto: “Yo he visto llorar a las personas que vivían en La Oroya”

“La ‘Evangelii Gaudium’ no es para reflexionar; es para llevarla a la práctica”

José Manuel Vidal, 09 de junio de 2015 a las 19:14

(José Manuel Vidal).- Pedro Barreto es arzobispo de Huancayo, experto en Derechos Humanos y lleva la parte de Justicia y Paz en el CELAM. Incluso ha sido nombrado Premio Nobel alternativo por su defensa de los derechos de los indígenas frente a las multinacionales, que causan estragos en La Oroya. Por eso, sufrió amenazas de muerte y sigue en el punto de mira de la gente sin escrúpulos. En plena sintonía con Francisco, espera como agua de mayo su encíclica sobre el medioambiente, que seguramente “bendecirá” la lucha no violenta de este jesuita sin miedo, defensor de los pobres.

¿Qué es eso del premio Nobel alternativo?

Fue el Premio Nacional de Derechos Humanos. Mi madre era hija de españoles aragoneses. Mi abuela era de Zaragoza, y siempre tuve su testimonio de persona llena de fe y radical. Cuando decía no, nadie se podía mover. Mi madre falleció a los 94 años, y también era muy aragonesa. Siempre reconozco, al hablar con españoles, lo primero que tengo sangre baturra. Muchas veces me he preguntado por qué soy tan terco… Hasta que comprendí que era una cuestión genética.

Por otro lado, me crié en un ámbito familiar muy religioso. Mi padre murió cuando yo, que había nacido en el centro de Lima cuando no había más que cuatro árboles, era pequeño. Y siempre recuerdo con una importancia que me llena el alma cuando íbamos desde Lima hasta el centro del Perú, a dos horas en tren a través de paisajes maravillosos, todos los domingos para pasar el día al lado de las aguas limpias y caudalosas del río.

A su madre le recordaría al Ebro.

Imagino. Pero en realidad ella no conoció España, porque vino desde Buenos Aires a los nueve años: mi abuelo ya era constructor en Buenos Aires cuando le contrataron aquí en Lima. Pero murió a los 45 años. Mi abuela quedó viuda muy joven y mi madre se casó a los 22 años con mi padre.

El caso es que para mí la experiencia de buscar un encuentro con la naturaleza fue muy significativa. Yo no estudié en un libro que el ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, tiene una relación armónica con la naturaleza; yo lo experimenté. El aire puro, la tierra fértil… Cuando uno ve la producción de un fruto, se siente muy bien como persona.

Siendo ya arzobispo de Huancayo, el cinco de septiembre de 2004, me di cuenta, en el camino desde Lima hasta Huancayo, que está en el valle interandino más grande, de 77 km de largo y unos 30 de ancho, subiendo y bajando la zona pinera, de que las aguas del río estaban sucias. Me produjo rechazo. Pero, claro, la ciudad de al lado tiene una fundición polimetálica y ha contaminado enormemente el aire. Sentí un dolor en el esófago: la comunión de mi infancia se ha roto.

San Juan Pablo II, en una exhortación apostólica, Pastores de la grey, decía que uno de los deberes del obispo es la defensa rotunda de la vida, de los derechos humanos y también del entorno natural.

La ciudad de la que hablas era una de las más contaminadas del mundo. Las fotografías son impresionantes. ¿Ha cambiado eso?

Ha cambiado en parte. Porque la empresa norteamericana, que estuvo contaminando desde el 97 hasta el 2002, se declaró en quiebra para evitar seguir invirtiendo. Pero la fundición lleva ahí desde 1928, con tecnologías del siglo XIX. O sea que es un problema muy complejo.

Las consecuencias son fuertes.

Directas, contra la salud. También el vertimiento de los residuos, sólidos y líquidos.

Usted se jugó ahí el tipo.

En realidad sí porque, aunque siempre digo que ya en los años 30 el obispo más cercano a ese lugar hizo la primera denuncia pública. Dejó escrito que los polvos mortíferos que emitían las chimeneas de la fundición causaban grandes estragos en la vida de la población. Mi antecesor escribió una carta pastoral en la que dijo que ya era hora de actuar frente a este gravísimo problema que afecta a las personas. A los dos meses de llegar yo, murieron dos personas, porque habían bloqueado la carretera presionados por la empresa norteamericana, que quería hacer obras de ampliación. Tuvieron que caminar a tantos metros de altura durante ocho horas, y murieron de un ataque al corazón… Esto me impactó inmensamente, y ahí formamos una mesa de diálogo. Todos los actores sociales: empresa, Estado, población. Para ver cómo solucionábamos el problema humano y ambiental del valle. Casi tres mil trabajadores estaban ahí, conscientes de que les estaba afectando a la salud, pero lo necesitaban para comer.

Entonces le amenazaron. ¿Lo sigue estando?

Ciertamente, ahora puedo afirmar que no eran los trabajadores los que me amenazaban, pero fueron quienes me comunicaron que, si seguía hablando, me atuviera a las consecuencias. Una llamada por teléfono me anunció que mis horas estaban contadas. También me decían que en mis homilías entraba en el terreno político que no me correspondía. Hasta el 2010, casi siete años, me han amenazado con fuerza. Después, la empresa decidió parar la fundición.

Entonces, pudo comprobar que las amenazas no venían de los trabajadores, sino de alguien de la empresa que estaba por detrás.

Por supuesto. Con los dirigentes sindicales tengo una relación muy armónica aunque continúa el problema, porque ahora están recibiendo solamente el 40% de sus sueldos. Cuando se venda la fundición, tal vez en los próximos meses, les van a devolver todo lo que la ley les otorga.

¿A los trabajadores?

Claro. Tienen que indemnizarles. Y ahora yo sí puedo denunciar sin disimulos que la empresa que está aquí en Perú, filial del grupo rico del señor Ibarrera, era la que amenazaba al arzobispo y a la gente del entorno del arzobispado, que eran técnicos y biólogos, porque nosotros hemos hecho incluso análisis de sangre, con el apoyo de la Universidad de Misuri.

Universidad jesuita, también.

Sí. La Facultad de Salud. Hablé con el ahora cardenal, cuando era arzobispo, y me trató muy bien pero no hubo compatibilidad, porque yo me fui a quejar porque dos sacerdotes de Misuri habían venido aquí para enfrentarse a mí, traídos por la empresa. ¡Los sacerdotes eran emisarios de la empresa norteamericana!

¿Bendecían de alguna manera lo que estaba haciendo la empresa?

Por supuesto. A mí me querían convencer de que la empresa estaba muy bien. Entonces fui a Misuri y hablé con el obispo de la gravedad del asunto. Era falta de colegialidad episcopal.

Lo pasó mal.

En aquella época sí. Pero ahí sale, pues, la sangre aragonesa.

La tozudez.

Y la espiritualidad. Yo sentía miedo, lo tengo que reconocer, pero no me rendí. Tomaba precauciones, eso sí.

¿Apoyo del mismo arzobispado?

Al principio, los sacerdotes, sobre todo diocesanos, no entendían por qué el arzobispo se metía en eso. No tenían acostumbrada la mentalidad. Pero poco a poco fueron entendiendo. Los papas ya estaban siendo, además, muy claros en sus documentos, tanto Juan Pablo como después Benedicto XVI. Y ahora Francisco, que es la bendición.

¿Volvería a hacer lo mismo?

Creo que lo mismo y hasta mejor, por el impulso del Papa Francisco. Porque antes mucha gente creía que la Iglesia debía estar dentro del templo, totalmente encerrada en sí misma, puesto que el afuera le correspondía a los políticos. Y esto lo ha roto el Papa Francisco, hablando de la salida misionera. Una persona muy amiga me dijo “Monseñor, usted se adelantó unos años al Papa Francisco”. Me explicó por qué y yo le dije que no me estaba inventando nada, que simplemente me di cuenta del problema y tuve la resolución de paliarlo. Puse en práctica los documentos de Juan Pablo II y Benedicto XVI.

¿Algunos hermanos suyos del episcopado sí le apoyaron?

Muy pocos. La mayoría me dijo abiertamente que por qué me metía en ese problema tan complicado. Yo les dije que se leyeran el documento de la grey que ya he mencionado: el Papa Juan Pablo II nos decía que el desafío que el obispo tiene es responsabilizarse de la sociedad y su medio ambiente. En realidad era muy doloroso que dentro del episcopado hubiera quien dijera que algunos obispos del Perú parecíamos ingenieros forestales.

¿Públicamente?

En la Asamblea de obispos.

Qué despropósito.

Enorme. Después de haber sido amenazado, les tuve que decir que me denunciaran. Si es que lo estoy haciendo mal por meterme en política, denúncienme. Pero yo ahora quiero pasar página.

Para mí fue una conversión personal. Antes me decían ‘el arzobispo ecológico’ y yo no lo aceptaba, porque es la Iglesia la que asume la tarea de Cristo, de dar la vida por la propia vida (humana y el entorno natural; la tierra que ha dado Dios). Hay que pasar la mente al corazón. Yo he visto llorar a las personas que vivían en La Oroya.

Porque eso ocasionaba enfermedades, me imagino.

Claro. Hay personas que tienen plomo en la sangre. Y te dicen, con 70 años, que ya que sus hijos también lo tienen, no quieren que sus nietos tengan lo mismo que ellos.

O sea que se están envenenando físicamente.

Claro. Incluso hay un documental: Los niños de plomo. Creo que yo no estaba diciendo nada nuevo, porque el propio Estado, el Ministerio de Salud, en noviembre de 2004 emitió los resultados de análisis de sangre a niños menores de seis años que vivían en frente de la fundición, y fue que, de los 600 niños menores de seis años, el 99.9% tenía como promedio cuarenta microgramos de plomo por decilitro de sangre. Cuando la Organización Mundial de la Salud, por aquella época, decía que diez eran ya de altísimo riesgo. De diez a cuarenta… Ahora, a nivel internacional, lo han bajado: cinco ya es alto riesgo. Imagínese. ¿Cómo yo me iba a callar! No podía.

El tiempo le ha dado la razón: ahora ese tipo de cosas sí que se viven de otra forma. Están más en la agenda incluso eclesial.

Yo creo que eso es lo que percibe la gente: que la Iglesia tenía razón. Iglesia somos todos los bautizados y yo quiero despersonalizar el trabajo, porque yo no hice nada por mi cuenta; el Papa Juan Pablo II me inspiró y tengo que rendir cuenta por mi pueblo. Estoy convencido, en ese sentido, de que el Espíritu Santo va guiando a la Iglesia. Esto que antes era un deseo ahora es para mí un convencimiento mayor. Francisco ha hecho bajar a la Iglesia al corazón. Son acciones, claro, no vinculantes, y esto es lo más difícil para la Iglesia. Uno puede demostrar científicamente que es verdad el porcentaje de nivel de plomo, pero no hay que quedarse ahí. La Iglesia no solamente debe denunciar; debe anunciar, dar propuestas. En estos casi doce años de la mesa de diálogo sobre el ambiente, no ha habido una sola protesta. No hemos salido con cartulinas a decir ‘Abajo la minería’; no. pero hemos ofrecido alternativas, por supuesto. Tuvimos un proyecto que incluía también otras problemáticas ambientales, financiado por el fondo peruano y el gobierno italiano, con profesionales de la zona de altísimo nivel, claro. Para analizar el aire, el agua y el suelo. Fue la primera vez en la Historia que la sociedad civil organizó algo así y obtuvo evidencias científicas validadas por los laboratorios de la Universidad norteamericana, la de Misuri a la que ya he hecho referencia.

Nadie podía negarlo, y eso es lo que más rabia le dio a la empresa norteamericana. Se dio una propuesta muy grande pero, lamentablemente, han pasado más de seis o siete años desde el comienzo de la mesa de diálogo y las autoridades del gobierno central y del gobierno regional, así como de las municipalidades, tienen agendas ligeras: ven el río totalmente contaminado, porque a él llegan los pesticidas, los residuos…, y no les importa.

El problema medioambiental sigue en pie.

Sí. Aunque en La Oroya no hay en este momento contaminación en el aire; es más puro que el de Lima u otras ciudades, porque la fundición no está funcionando. Pero el problema sigue. Hay unos centímetros de partículas microscópicas que los humos tóxicos emitían y se han ido sedimentando. Si usted pone en Google maps ‘La Oroya, Perú’, va a ver, de lejos, blanco. No es nieve: es el asentamiento de esas partículas contaminantes. Cuando llueve, que llueve bastante, se va como una costra de otros cuatro o cinco centímetros, que es la acumulación de fundidos tóxicos, día y noche sin parar, durante todos estos años. Los niños normalmente juegan en el piso, y se llevan las manos a la cara y se tragan esta contaminación. Es mucho más que el hecho de que la fundición esté activa o deje de estarlo.

¿Cuánto tiempo calculan que tendría que pasar para que se descontamine el medio?

Si vuelve a emitir, nada. Si no, no puedo dar un dato exacto, pero he escuchado que tendrían que pasar más de cien años. Es bien complicado limpiar esos pasivos ambientales. Un especialista me dijo que es prácticamente imposible.

¿O sea que el río nunca va a recuperarse?

Siempre van a bajar por él esas partículas… Es un problema muy gordo desde el que hay que concluir que la irresponsabilidad del gobierno, de las empresas incluso peruanas, de las norteamericanas que contaminan sin límites, se ha cargado los estándares ambientales del Perú.

Por eso yo denuncié que la empresa norteamericana afectaba a las personas peruanas. En su país no lo pudieron hacer, porque recibieron un castigo económico muy fuerte.

¿Aquí no van a tener que hacer nada?

Hay un juicio que están llevando abogados norteamericanos en Estados Unidos. La ley contempla el derecho de los norteamericanos de denunciar a una empresa que esté violando derechos fundamentales.

¿El Papa le consultó algo sobre la encíclica ecológica que anuncia?

No. Pero estoy convencido de que la ha hecho con un grupo muy especializado (grandes teólogos argentinos nombrados públicamente, como el padre Fernández y el padre Galli, a quien conocí en 2007).

Buen tipo, acabo de estar con él en Barcelona.

Coincidimos en una conferencia en Aparecida. Es un excelente teólogo, inclusivo. Después, el Papa se ha servido mucho del Pontificio Consejo de Justicia y Paz. El cardenal presidente ha estado muy involucrado. Hace un año más o menos, este Pontificio Consejo convocó a los más altos empresarios mineros. Dialogamos con ellos para ponernos de acuerdo en una actividad minera socialmente responsable. Estado, empresa y sociedad, con la Iglesia dentro de ella. Fue muy importante para el intercambio de opiniones. Hay un obispo argentino que es especialista en ecología y muy amigo del Papa Francisco. En resumen, la realidad es que la problemática es común a África, Asia, América latina…

En algunos sitios, más dramática, pero generalizada.

En Honduras, Guatemala, Ecuador, Brasil mismo, es todavía peor. Empresas de hidrocarburo terroríficas. Ya hemos tenido conclusiones que se han presentado en Roma. Sobre el Amazonas, hace poco. Era una reunión para visibilizar la red eclesial amazónica, que no es una institución heroica, sino un espacio de intercomunicación. El diálogo es importante porque los problemas son similares, aunque cambian los contextos. Como Iglesia, tenemos que tener una red para apoyar esos seis millones de kilómetros cuadrados que es la Amazonía, que incluye nueva países, Brasil el mayor de ellos.

Nuestro querido cardenal Claudio Hummes, que es a su vez presidente de la Organización Episcopal Amazónica de Brasil, fue uno de los que tuvieron la iniciativa de crear este espacio de comunicación. El consejo panamericano se solidarizó y tuvimos un proceso de reuniones. Una fue en Ecuador, un mes después de haber sido elegido el Papa Francisco. Francisco, por cierto, porque el santo de Asís es el santo que cuida la naturaleza. Pude ver una red eclesial amazónica de Ecuador. Participó gente primero por su espiritualidad, y luego por su compromiso. Obispos, religiosos, laicos. Pero Ecuador tiene el 2% de la Amazonía.

A partir de esa experiencia, propuse, para asombro de muchos, lo de la red eclesial. Dijimos que caminaríamos por ahí, por la especialización, en pos de la justicia. No sabíamos exactamente qué pasaría, y en octubre el cardenal Hummes convocó a todos los obispos amazónicos. Sesenta obispos comprometidos, más los laicos. Yo le pedí al cardenal Hummes, al que no conocía personalmente, que juntara un grupo de la red amazónica de Ecuador y los que trabajan en Brasil. Y aceptó. A sesenta obispos se añadieron treinta más. La decisión de hacer la red fue encargada al departamento de Justicia y Sociedad de la Conferencia Episcopal Brasileña, con participación de un sacerdote y de una religiosa que es secretaria ejecutiva. Éramos cuatro. Entre ellos estaba el padre Alfredo Ferro, que se encargaba de la red amazónica jesuita.

Entonces, organizamos un evento con la única finalidad de que los participantes dijeran sí o no a la red eclesial panamazónica. Si salía sí, había que hacer una carta fundacional. Tomamos esta perspectiva el septiembre pasado, en Brasil. Realmente, fue una experiencia de paso de lo espiritual a la acción. Ya tenemos carta fundacional, donde manifestamos quiénes somos, cuál es nuestra realidad y cuáles los objetivos. Nos hemos dado a conocer en más de quince instituciones de Europa y Estados Unidos. Fue una experiencia fortalecedora y muy eclesial.

¿Bendecida por el Papa, que les recibe?

La decisión fue ofrecerle al Santo Padre una estructura pastoral eclesial para poner en práctica las orientaciones de su encíclica. Se lo presentamos con ilusión. Estuvo allí también el laico que es secretario en la red, mexicano-ecuatoriano, que también es el secretario ejecutivo de Cáritas.

La visibilización quedó ahí, pero todavía en marzo tuvimos una audiencia pública en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. La primera vez en la Historia de la Comisión en que la Iglesia se implicaba presentando su posición frente a las industrias. Presentamos algunos casos emblemáticos, como el de La Oroya.

¿Dónde está la sede de la organización?

En Washington. Allá fuimos a presentarlo. Lo más importante fue que conseguimos la visibilización eclesial, en Roma, y la latinoamericana, a través de estos movimientos. El obispo de Guatemala, muy sucintamente, precisó la posición de la Iglesia. Afirmó que nosotros no podemos vivir sin agua, pero sí podemos vivir sin oro. Hablamos, también, de cuál es la preocupación de la Iglesia en la Amazonía. Un abogado de la Pontificia Universidad Católica del Perú habló del informe que elaboramos sobre las industrias extractivas. Pero no nos quedamos en esos problemas, sino que un obispo de Brasil hizo las propuestas en nombre de todos: a los Estados, a la Comisión Interamericana, a las empresas y también a la Iglesia y a la sociedad civil.

Tras la presentación, fuimos aplaudidos. En nombre de todos le entregué a la presidenta de la Comisión una carta en la que le habíamos pedido al Papa que, en su viaje en septiembre a Estados Unidos, visite también la Comisión.

¿Y lo va a hacer?

No se sabe si está en la agenda. Nosotros le entregamos la carta pero le dijimos a los miembros de la Comisión que ellos tenían que formalizar la propuesta: no le podemos invitar nosotros a su Comisión. Tendrá que hacer la petición a la Santa Sede.

¿Cómo encontró al Papa Francisco?

Muy bien. Tuve la oportunidad de conocerle en el año 80, en Buenos Aires. Precisamente porque le dije que mi madre había nacido allí, y él tuvo la gentileza de preguntarme dónde. Yo, la verdad, no ubicaba el sitio, pero sí le dije una referencia. Después ya no nos volvimos a ver, hasta, ya siendo obispo, en el Sínodo de octubre de 2005, en el que él participó. Ya se había escuchado que era uno de los candidatos para ser Papa, aunque no nos lo creíamos: latinoamericano, jesuita… ¡era imposible! Pero llamó la atención que, en la comisión que siempre se conforma al empezar el Sínodo, que luego tiene que elegir a alguien que presida la comisión, fue el primero en ser elegido. Impresionante, porque después también fue directamente el primero elegido para presidirla.

A los dos años, le vi en la Conferencia de Aparecida. Distinto contexto, pero pasó lo mismo: al hacer la comisión, salió elegido el primero para la redacción del documento. Ahí me di cuenta de su peso específico, tanto en Roma como en América.

Pese a las polémicas, él siempre manifestó fidelidad a las inspiraciones de la Conferencia de Aparecida. Por eso nadie criticó el documento, ni siquiera los de ultraderecha. Ese documento es una propuesta muy especial y vigente.

¿Por eso lo regala?

Sí. Y por eso, si uno lee la Evangelii Gaudium habiendo tenido la experiencia de Aparecida, encuentra muchas coincidencias. La diferencia es que una es la redacción de una asamblea y la otra es su estilo auténtico.

El hecho de ir a Lampedusa, de implicarse con la inmigración… ha hecho que la Iglesia dé un vuelco. Se ha puesto en los zapatos de los últimos. Por tanto creo que es importante que su Pontificado siga siendo “La alegría del Evangelio”. La Evangelii Gaudium tiene mucho que ver con la de Pablo VI. Lo que más me gusta de ella es que el Papa insiste en que es una exhortación programática. Lo otro, sus numerosas citas de las conferencias episcopales; la eclesialidad. Ha hecho aparecer Aparecida, y a los cinco continentes. El Espíritu Santo guía a la Iglesia y, por eso, el que fue responsable de Aparecida ahora es el sucesor de Pedro.

¿Las resistencias que se está encontrando en algunas partes, son más de vida que doctrinales?

No soy un perito, pero percibo que, cuando algo cambia, la Iglesia tiene que reformarse con ello. No puede quedarse atrás, porque entonces entra la autorreferencialidad. Tenemos que caminar, como ya lo dijo el Vaticano II: la Iglesia que peregrina. Porque los gozos y tristezas de la sociedad son también los de la Iglesia. Eso es el sueño que Juan XXIII tuvo. Él fue el primero que habló de una Iglesia de los pobres en su homilía.

Yo recuerdo, todavía ahora, la homilía del inicio del Vaticano II. Fue impresionante. Juan XXIII dijo que sus oídos se herían al oír que todo en la Iglesia camina mal. La idea es que los intelectuales se dieron cuenta de que la Iglesia iba a la deriva, y se comprometieron con el cambio.

El Papa Juan XXIII sufrió. Pablo VI, muchísimo. Y más tarde entramos ya en la época de Juan Pablo II y Benedicto XVI. De alguna manera, el Vaticano II se difuminó, pero a Juan Pablo II hay que agradecerle sus encíclicas sociales. Es indudable que en el interior de la Iglesia hubo una involución. Volvió la Iglesia del poder, no la social. Y Benedicto XVI, con sus encíclicas sobre la caridad, logró joyas teológicas con compromiso social.

Iniciada en el Pontificado que sea, la tendencia está ahí. ¿Hay posibilidad de marcha atrás? Que, por lo que sea, se trunque la revolución de Francisco.

Hay que confiar en el Espíritu Santo y pedir, como él mismo dice, por su salud. No nos gusta que se diga que al Papa le queda poco tiempo, porque estamos gozosos con él. Pero yo creo que ya no consiste en los años; ya no hay retroceso. Él dijo públicamente que su Pontificado será corto y algunos piensan que, cuando se sienta mal, renunciará. Una golondrina no hace revolución. Pero dos, ya, sí. Debemos prepararnos para tener dos papas eméritos y un Papa nuevo, aunque antes fuera impensable.

Dios apostó por él y yo estoy convencido de que el Espíritu va a ir soplando esperanza en la Iglesia. Todo cambio no es de una sola persona; es de una comunidad. Si hay apoyo de la comunidad, la Iglesia triunfa.

El cambio está cuajando en la comunidad.

En las bases. Hay resistencias e intereses ideológicos, pero no se puede hablar objetivamente mal de este Papa. Ni siquiera en Alemania o España. Ha conquistado a todos los medios sociales. Se le escapa lo de la mexicanización de Argentina, pero no pasa nada, porque lo dice de forma amigable.

Se le perdona todo.

Al día siguiente, Lombardi, que es una joya, salió con el comunicado donde el Papa se explicaba. Así de sencillo. Está en estado de gracia. Su gesto de salir a lavar los pies el jueves santo, como cada año es precioso. Uno puede decir que lo hace por los flashes, pero lo hacía también en Buenos Aires, ¡y no había periodistas!

Yo sí tengo esperanza: hay un compromiso de la Iglesia con el mundo. El compromiso es ser Iglesia. El papa no va a cambiar la Iglesia; la Iglesia va a cambiar en la medida en que todos cambiemos, enfocándonos en los pobres. Siempre recuerdo una frase de Juan Pablo II: si no hay esperanza para los pobres, no la habrá para nadie. Aquí está la opción por los pobres. Antes se decía preferencial y no excluyente. Ahora ya, directamente, se quiere una Iglesia pobre y para los pobres. Todos tenemos que trabajar por la justicia social, comprometidos desde nuestro credo y nuestra fe, en la busca de un desarrollo alternativo al actual, que prescinde de la ética.

 

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