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73.- La carmelita Josefa González Vigil (1817-1878)

73.- La carmelita Josefa González Vigil (1817-1878)

Perú Católico, líder en noticias rumbo al Bicentenario de la Independencia. Este artículo es escrito por el Doctor e Historiador José Antonio Benito.

En el contexto de la Independencia del Perú la vida cotidiana no interrumpe la acendrada religiosidad de los peruanos, mucho menos sucede con las comunidades religiosas como la de las Madres Carmelitas de Arequipa. En este “palomar” teresiano vive la Madre Josefa González Vigil, hermana del célebre prócer de la Independencia, Francisco de Paula. Los dos naturales de Tacna, en una etapa en la que esa ciudad sureña crecía en importancia y gozaba de cierta prosperidad económica, sobre todo porque su ubicación geográfica la convertía en punto de paso en diversas rutas comerciales, principalmente en lo referido a la producción minera y textil. Sus padres Joaquín González Vigil, administrador de correos y tabacos, y de María Micaela Yáñez, perteneciente ella a una familia de antigua raigambre tacneña.

Nació en Tacna el 17 de junio de 1799, siete años después que su hermano. Fueron sus padres, el asturiano Joaquín González Vigil de Molina (1749 – 17/4/1819) y la tacneña María Micaela Yáñez. Su padre fue dueño del fundo Piedra Blanca y administrador de las Reales Rentas de Correos y Tabacos en Tacna. Sus abuelos por línea paterna fueron José González Vigil y María Luisa de Molina. Sus hermanos fueron:  José Joaquín, Miguel, María del Carmen Micaela, Juan Antonio Laurencio María Andrea Catalina Ana Joaquina José María Carlos y María Teresa González Vigil Yáñez.

La figura de su hermano es una de las más polémicas del siglo XIX peruano. Además de considerar la brillantez de su pluma, la erudición mostrada en sus libros, la capacidad dialéctica como político, hay que valorar las incertidumbres y sufrimientos por los que pasó, que le llevó a aceptar el sacerdocio por no contristar a su madre y a dejarlo por ser fiel a su conciencia, seguido de un apartamiento de la misma fe católica. Este episodio fue sin duda el que más afectó a su hermana carmelita, que, enterada de las opiniones de su hermano contrarias al dogma de la Inmaculada Concepción, le dirigió una comunicación sugiriéndole que se arrepintiera; su hermano, que valoraba y quería a la Madre Josefa, le contestó señalándole que le resultaba imposible mentir, ya que estaba seguro de estar defendiendo los principios auténticos del cristianismo y los más profundos valores humanos. Sin embargo, manifestó su preocupación por la inquietud de su hermana, insistiéndole en que viviera en paz y en que rezara por él. El sabio Vigil murió en Lima el 9 de junio de 1875 sin retractarse de las afirmaciones que le habían significado la excomunión, y repitió en sus últimos momentos que moría en los brazos del “buen Jesús”.

Con respecto a sus características personales, e independientemente de los aciertos o de los errores salidos de su pluma, debe destacarse en Vigil su sentido del deber y de la disciplina, así como su valentía en la defensa de sus posiciones. Las enfermedades y la estrechez económica lo acecharon permanentemente, y para la publicación de sus obras tuvo que afrontar graves dificultades. Además de hombre austero, fue caritativo. Como director de la Biblioteca Nacional destinó buena parte de su remuneración a ayudar a personas necesitadas El propio Vigil se pronunció contra los ateos y los escépticos, afirmando que “no puede dejar de haber Dios”   Como concluye su biógrafo José de la Puente “fue una persona consecuente con sus ideas, lo cual es sin duda una cualidad digna de ponerse de relieve”[1].

Ingresó al Carmelo como “religiosa corista de velo negro” a los 18 años, un 15 de junio de 1817, siendo priora la Madre Melita de la Purísima Concepción; su profesión solemne la hizo en 1818, tuvo como compañeras de claustro a las Madres María Manuela y Juana María Martínez y Orihuela, hermanas de don Andrés Martínez, secretario de Salaverry, y panegirista del prelado Chávez de la Rosa. Dotada de gran sensibilidad. Parece que, de niña, se confidenció con su hermano don Francisco: “Si tú, hermanito del alma, abrazas la carrera eclesiástica, yo seré monja”. [2]. Será uña y carne con su hermano. Y si celebró su sacerdocio, sufrió hondamente por su secularización y alejamiento de la práctica religiosa. De modo especial sintió la impugnación a los dogmas de la Inmaculada Concepción de María y la infalibilidad papal.

En una carta transparentará el dolor de su alma: “Hermano de mi corazón: ¿Hasta cuándo hermano mío traspasas con la espada de dos filos mi corazón? ¿Cuándo te cansas de atormentar mi alma que está penetrada del mayor dolor? Me has enfermado, me tienes convertida en una bestia, mi alimento y mi sueño son las lágrimas que es en lo único que hallo algún desahogo… ¿Es posible que el hermano más amado me ocasione este martirio? Por la sangre de Jesucristo da una satisfacción pública a lo presente y pasado”. La respuesta del hermano será contundente: “mentiría si mi retractara, porque estoy profundamente convencido de que hecho bien defendiendo la causa de la religión cristiana y de la humanidad …Nada me importan sus odiosas palabras…lo que me llega y afecta en sumo grado es que te molesten estos santos para encarnizarse con el malvado que los perdona. Viven en paz, querida hermanita y ruega al Padre de todos los hombres por Francisco”[3]. Fue priora de la comunidad y falleció el 16 de octubre de 1878 a los 79 años de edad.


[1] https://ec.aciprensa.com/wiki/Francisco_de_Paula_Gonz%C3%A1lez_Vigil

[2] GONZALEZ MARÍN, C.A. Francisco de Paula González Vigil, Lima, 1961, p.113.

[3] Ibídem. Pp.305-306

Foto del autor de esta sección y artículo: Doctor e historiador José Antonio Benito.

*No olvides de ingresar a este enlace en donde encontrarás todos los personajes que forjaron nuestra independencia: https://perucatolico.com/c/la-iglesia-ante-el-bicentenario/

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