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«La agónica muerte de Jesús de Nazaret», por Francoscomentarios

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Sus últimos momentos.
El mundo lo ha matado,
el mundo domina;

Jesús suda ante la hora de su muerte,
y le está costando gotas de sangre.

Todo está culminado,
la esperanza parece estar derrotada,
la sentencia está dada:

«sufrir para morir
y morir para vivir».

Se acerca el momento de satanás;
las tinieblas cubren el cielo
y se apoderan del mundo.

Jesús sabe que la salvación
está en sus manos,
comienza a saborear amargamente su muerte,
y los suyos están entre sueños.

Ya llega el lobo vestido de cordero
entre luces que emanan por el camino,
para dar inicio a su pasión.

Ya llegaron,
ya está el cordero preparado
para juzgarlo,
para blasfemar,
escupir,
azotar,
para matar.

Jesús padece,
sufre hasta lo más profundo de sus entrañas;

corazón rajado por el hombre,
maltratado como un ladrón,
condenado como un asesino
y muerto como un gusano.

Todos a una sola voz:
“crucificadlo, crucificadlo”.

Rechinan los dientes de Jesús;
el mundo recae sobre él.

Él que perdona al malvado,
que sana al enfermo,
el dulce Jesús sufre,
y va a morir.

Cargar con la cruz
es sin duda
cargar con la malicia de los hombres.

¡Cuán pesada, amigo!

Dos clavos para las manos
y una para los pies del maestro.

¿Si al bueno le hacen esto,
qué no harán con el malo?

Su sangre recorre su cuerpo;
la cruz y Dios establecen
el amor y el sufrimiento
que llevaría al padecimiento.

Alzan la cruz
con el Dios muriendo
a los ojos del mundo,

el mundo aclama,
pero sus corazones gimen;

las tinieblas están en su hora
y el mundo agoniza.

Dios está muriendo.

La sonrisa de Jesús ya no está,
su mirada perdida en sus párpados,
su barba pegada por la sangre,

sus manos de amor moradas,
bañadas en sangre,

el rostro del buen Jesús
está trastocado,
está destrozado,
y él está muriendo.

Sus cabellos enterrados por su sangre,
que brota de su frente
por las heridas de la corona de espinas;

el viento va y viene,
volando sus cabellos
de un lado a otro,
haciendo salpicar su sangre
en rostros de fieras.

Alza la mirada al cielo,
y es el encuentro con su Padre;

una mirada de amor
de Jesús hacia su Padre;

sus ojos están en la tierra,
pero su mirada está en el cielo;

su boca está en la tierra,
pero sus palabras en el cielo.

Jesús es irreconocible,
baja la mirada;

agua y sangre brotan
de sus ojos muertos al mundo,

estremecen los templos,
se parten uno por uno.

Jesús traga su saliva,
sus dientes están de color sangre,
abierta la boca,
llantos hasta del alma.

Jesús entrega el alma a su padre
en un grito de llanto
que hace parar su corazón.

Su alma se eleva
hasta las profundidades del cielo.

Dios padre grita de dolor,
llora
y pareciera que él también va a morir.

Maldice al mundo
en un grito que llega
hasta el principio de la creación
y que retumba hasta la eternidad;

su hijo ha muerto,
lo han matado.

Contar las heridas es absurdo.

Dios ha dejado de existir,
Dios ha muerto.

Su cuerpo está expuesto
para todos los tiempos.

Hemos crucificado al amor,
hemos matado a la vida.

Cabeza caída,
cuerpo desvanecido
y brazos extendidos,
así está Dios.

La cruz se ha vuelto
la escalera al cielo,
siempre está
para los que quieran seguirlo.

“Te espero con mi corazón traspasado
y brazos abiertos
para mis amigos”, Jesús.

Por: «Franco…el que se quedó mirando la cruz en silencio y reflexión».

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