¿Por qué orar a Dios a través de un intercesor?

¿Por qué pedir a los que ya están en el cielo? Porque mucho pueden sus vigorosas oraciones…

“Por tanto, confesaos unos a otros los pecados y orad unos por otros para que seáis sanados: mucho puede la oración vigorosa del justo.”

– San 5,16

San Pablo nos manda a interceder unos por otros…

“orando siempre en el Espíritu con toda suerte de oración y plegaria, y velando para ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos”

– Ef 6,18

La visión de Onías, donde vio a Jeremías, fallecido hace siglos, orando por Israel…

“Éste es el amante de sus hermanos y del pueblo de Israel; éste es Jeremías, profeta de Dios, que ruega incesantemente por el pueblo y por toda la Ciudad Santa”

– 2 Mac 15,14

Las oraciones de los santos son perfumes que llenan copas presentadas al Señor…

“Y cuando hubo tomado el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron ante el Cordero, teniendo cada cual una cítara y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos.”

– Ap 5,8

Desde el principio la Iglesia ha perseverado en la oración, siempre con María…

“Todos ellos perseveraban unánimes en oración, con las mujeres, con María, la madre de Jesús, y con los hermanos de Éste.”

– Hch 1,14

«¡Es mejor ir directamente a Dios, sin intermediarios!» Si eso fuera cierto, entonces es inútil que pidamos a Dios por las necesidades de los demás. Y los pasajes en las Escrituras, donde se nos manda a pedir unos por los otros, también saldrían sobrando. San 5,16; 1 Tim 2,1; Ef 6,17-20. Hay más pasajes donde no nos dicen que cada quien ruegue directamente a Dios, sino que se nos manda a todos (militantes, purgantes y triunfantes) a rogar los unos por los otros. Esto es así porque somos un pueblo, en comunión con Dios. La Iglesia que Cristo fundó no es una masa de individuos incomunicados, sino que es una inmensa Comunión de Santos, que trasciende la barrera de la muerte corporal, porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. Para Él, todos viven (Lc 20,38).