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La virtud es una actitud adquirida para hacer el bien, por Johan Leuridan Huys

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La virtud no es natural o espontánea.  La virtud no es una acción sino una actitud relacionada con una elección del bien.  Esta disponibilidad no se hereda, sino que se forma por esfuerzo de uno mismo y por influencia de los otros. El fin de la ética, a diferencia de otras tendencias, es mantener una inclinación al bien como elección. Jean Baptist Gourinat dice: “Aristóteles no deja de repetir que la moral y la virtud consisten en la capacidad de elegir el bien”. En contra de Platón y Sócrates, Aristóteles insiste en que nadie tiene la virtud por naturaleza. El hábito o la virtud no son un estado de inercia o tradición negativa sino la exigencia de la presencia de la inteligencia por elección. Aristóteles decía que la virtud es un hábito selectivo, consistente en una posición intermedia para nosotros, determinada por la razón y tal como lo determinaría el hombre prudente.

Aparte de la libertad se necesita el hábito o la costumbre de escoger el bien. La virtud moral necesita el hábito. La elección de pasar de la tendencia al acto no es suficiente.  La naturaleza nos ha dado la capacidad de recibir las virtudes y esta capacidad llega su madurez por el hábito. La virtud no es, por tanto, una tendencia sino una disponibilidad adquirida. Finalmente, dícese que somos movidos por las pasiones, mientras que por las virtudes y vicios no somos movidos, sino que estamos de tal o tal modo dispuestos.

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Aristóteles decía: Las virtudes presuponen un ejercicio previo, así como lo hacen nuestras facultades artísticas. En la virtud, el acto precede a la posibilidad o tendencia, tal como tocando el violín el artista se realiza como artista. Es la repetición de un acto lo que produce la adquisición de una virtud o de un vicio. En el proceso de la virtud entran los factores del ejercicio y la ascesis.  No es solamente cuestión de hacer, sino de hacerlo bien. El que no toca bien un instrumento será un mal músico. El hábito lleva a ser un buen o mal músico, a ser una buena o mala persona, al vicio o a la virtud.

El interés actual por la ética de la virtud no está solamente en la insistencia de la decisión libre para el bien sino por su carácter de hábito. Se pasa fácilmente de preferencia razonable a la idea de la virtud mediante los hábitos o costumbres. Las virtudes como hábitos del bien son los apoyos indispensables para escoger el bien en una sociedad actual pluralista, donde las ciencias sociales de la sociología y de psicología nos han enseñado que existen mecanismos que condicionan el comportamiento del ser humano. Los hábitos de las virtudes son los mecanismos libremente establecidos que permiten al ser humano mantener un comportamiento de valores dentro de la gran variedad de presiones antivalores en el mundo actual.

Javier Gomá considera que la crisis de los valores y de las costumbres, la crisis de la educación en las familias, en los colegios y la corrupción en las altas esferas de los países nos obligan a crear costumbres nuevas, no hay más remedio que redefinir la virtud. Normalmente es la costumbre la que transporta al “yo” a la virtud cívica, pero ahora, en el presente falto de costumbres, es la virtud, inversamente, la encargada de crearlas y, con la ayuda de ellas, socializar colectivamente al ciudadano. Solo la virtud de los ciudadanos es apta para sostener una civilización. La virtud es lo único que poseen los ciudadanos para combatir la corrupción y la barbarie. La virtud no es un acto aislado sino un modo de ser, un estado permanente que predispone al ser humano a realizar su función en el mundo.

Si la comunidad democrática quiere responder válidamente a la cuestión “como vivir juntos”, debe abocarse a encontrar la manera de producir sus “buenas costumbres”. Estas han de ser en primer lugar “buenas”, lo que implica una fuerza innovadora que mueve el yo hacia el uso cívico de su libertad; en segundo lugar, esa fuerza ha de concertar una energía para crear “costumbres”.