Homilías

Segundo Domingo después de Navidad: Constancia y fe de los Reyes Magos

Segundo Domingo después de Navidad: Constancia y fe de los Reyes Magos

De una manera u otra los Reyes Magos nos traen recuerdos muy especiales.

A mí me recuerda enero de 1940. Terminada la guerra civil española, tuvimos la libertad y pudimos celebrar la Cabalgata de los Reyes Magos.

El día 6 entró por la puerta de nuestra casa un rey, trayendo una maleta forrada de blanco que se quedó con nosotros; en ella venían los regalos para esa fiesta familiar. Era la primera oportunidad en que celebramos los Reyes Magos.

Si los Magos traen juguetes para los niños, a los grandes les traen profundos misterios de fe.

¿Cómo sabios inteligentes y con dinero, pudieron prepararse y caminar, quizá año y medio, buscando a un niño recién nacido y cómo no perdieron la fe cuando después de tanto sacrificio se encontraron con un niño, como otro cualquiera y una familia sencilla y pobre, en una casita alquilada de Belén?

Veamos lo que nos dice la liturgia sobre ellos.

  1. Isaías

El gran profeta nos habla de cómo inundarán Jerusalén “una multitud de camellos y de dromedarios de Madian y de Efa. Vienen todos de Saba, trayendo incienso y oro y proclamando las alabanzas del Señor”.

De ahí el regocijo del santo profeta que dice: “Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti”.

Evidentemente se trata de un anuncio profético que la Iglesia aplica a esta fiesta.

  • Salmo responsorial 71

Es un salmo mesiánico. Posiblemente se refiere a David y la tradición judía refiere al Mesías, que es el motivo de gozo en este día:

“Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes… Que los reyes de Tarsis y de las islas le paguen tributo. Que los reyes de Saba y de Arabia le ofrezcan sus dones; que se postren ante él todos los reyes y que todos los pueblos le sirvan”.

Quiera Dios que algún día la humanidad se pueda postrar ante este Dios, ahora tan desconocido para gran parte de la humanidad.

  • San Pablo

Nos habla de una revelación especial que Dios ha hecho al apóstol y que ha sido un gran “secreto”, incluso para el pueblo de Israel durante todo el Antiguo Testamento.

En efecto, los judíos pensaban que solo ellos eran el pueblo escogido, en cambio Pablo agradece a Dios por haberle dado a conocer por revelación “que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa de Jesucristo por el evangelio”.

Precisamente una manifestación de ese secreto la encontramos en estos gentiles que vienen de lejos para adorar al Mesías, Salvador de todos.

La fiesta de los Magos es, por consiguiente, la fiesta de toda la humanidad que se siente salvada por Jesucristo, sin distinción de razas, de poder económico, de culturas…

  • Verso aleluyático

Nos recuerda gozosamente las palabras de los Magos que justifican su visita al pequeño Jesús:

“Hemos visto su estrella y venimos a adorar al Señor”.

  • Evangelio

San Mateo nos habla de unos Magos, que posiblemente eran astrólogos, que daban culto a los astros y al advertir uno muy especial fueron leyendo los distintos libros religiosos, hasta que en la Escritura, encontraron la estrella de Jacob que profetizaba la llegada del Mesías y Salvador.

Admiramos la constancia de aquellos personajes que la Tradición llama Reyes Magos, primero para descubrir el misterio de aquella luz y segundo, hacer los preparativos nada fáciles, para organizar una gran caravana y superar los riesgos y peligros y  llegar al lugar, desconocido por ellos, y ofrecer sus presentes simbólicos al nuevo rey.

Herodes pretende engañarlos para descubrir dónde está el pequeño y, lógicamente no para adorarlo, sino para acabar con su vida. Pero es entonces cuando los Magos van a Belén y en el camino la estrella los acompaña hasta que descubren, en una casa sencilla, posiblemente alquilada, al pequeño con María y cerca de ellos, trabajando, a San José.

Constancia, mucha constancia, pero también mucha fe para “caer de rodillas, adorarlo y después, abriendo sus cofres le ofrecieron regalos, oro, incienso y mirra”.

Después, seguramente llenos de la gracia del Señor, y “de inmensa alegría”,  se regresaron a su tierra por otro camino.

José Ignacio Alemany Grau, obispo

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